Sin haberlo planeado, acudimos al fin de un año pero desgraciadamente no al final de la covid. Envueltos en la niebla de la «no sé qué ola», nos dejamos llevar por la inercia del momento y pertrechados en nuestro hogar —los más listos— para no contagiarnos en los saraos de cotillones, obviamos lo que dicen «los expertos» para terminar el 22 sin saber siquiera por dónde se adentra el bicho; ese que regula nuestras respectivas vidas hace ya tanto.

Tras casi tres largos años de distanciamientos, confinamientos, lavado frecuente de manos, gel hidroalcohólico a gogó, dolor, muerte e inseguridad, nos lanzamos al precipicio de lo desconocido; ese que se atisba cuando lentamente tomamos las uvas y pedimos —una a una— los mismos deseos que aquella misma noche en el año 22 —maldito déjà vu— y que quisiéramos que este año se hicieran realidad.

Y es que la nuestra no es otra que una que se desdibuja en el entramado de la ensoñación, porque todos pensamos, de uno u otro modo, que la larga pesadilla que rodea a la covi —sin d— no tiene visos de terminar. Y entretanto movemos las hojas del calendario recordando que hubo un tiempo en el que nunca se hablaba de pandemias; pero en un segundo todo se esfumó para siempre y empezó a llamarse COVID-19 y ya vamos por el 23, oiga.

Luego se hiló con la inflación; las subidas imposibles de carburantes, alimentos y la vida en general y mientras tanto, los españolitos, haremos por una vez, algo a la vez como decía Mecano. Tomarnos las uvas esta noche para pedir doce deseos que se quedaran en emociones contenidas porque echaremos de menos a quienes no tenemos a nuestro lado porque solo de amor vive el hombre.

Ya hablamos del año 23; y en nuestro haber, todos y cada uno de nosotros hemos vivido a trancas y barrancas sensaciones inmensas, eventos únicos e irreparables mientras nos contamos, los más y los menos, cómo hemos perdido instantes, secuencias, vivencias, personas; tantas cuestiones que son difíciles de descifrar cuando nos referimos a nuestra vida, a nuestra propia vida. Y en el recuento de estos años aciagos, recordamos que alguna vez vivimos sin esto y éramos ostensiblemente más felices.

Por eso, en este año —de nuevo distinto— una Navidad más prevemos el final de la agonía, pedimos un milagro y el fin de esta pandemia para meternos de lleno en la esperanza de tener, quizá, tal vez, todo por hacer. Tras el recuento de lo que no hemos hecho, eso que echamos de menos sin conocerlo, atisbamos mejores días en ese llamado a ser el 23.

Espero por tanto, que podamos contar estas historias de un tiempo pasado y que las llenemos de momentos del presente para dibujar e hilar un futuro lleno de emociones y vivencias perdidas, quizá esas que nos hacen ser hoy lo que somos.

En el interim entre el 22 y el 23, el santo padre, Benedicto XVI se ha despedido con la paz y la calma de haber dejado un legado inmenso y un ejemplo de vida y sabiduría a sus fieles. Uno de los grandes teólogos se apaga para siempre. Figura docta y recta defendió hasta la extenuación el Concilio Vaticano II así como sus reformas fue conocido por abrir la puerta de la renovación. Joseph Ratzinger criticó la Teología de la liberación por su deriva marxista y su subversión. En aquel entonces consideraba que los teólogos eran clasistas y defendían su verdad, no la verdad.

Aunque no supo justificar la homosexualidad fue firme y pidió que los obispos condenaran las acciones violentas y las palabras malévolas contra estos porque la dignidad de las personas estaba por encima de la legislación y ellos eran también de la iglesia.

Ratizinger siempre pregonó el orden justo en la sociedad y promovía el bien común a través de cuanto pudieran hacer los gobiernos.

Siempre será recordado por sus tres encíclicas escritas entre 2005 y 2009, textos que culminaron con su gran labor teológica, siempre dando respuesta a la actualidad y a los problemas derivados del amor, la esperanza y la justicia social.

El hombre de los zapatos rojos y el camauro ha fallecido con serenidad, tras vivir la última Natividad del Señor entre muros y en silencio. Sin hacer mucho ruido nos deja en el último día del año 22. Qué grande.

Requiescat in Pacem, santo padre.

Feliz Año Nuevo, queridos lectores.

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