Sin haberlo planeado acudimos al fin de un año pero desgraciadamente no al final de la covid que resurge cual ave fénix. Envueltos en la niebla de la «no sé qué ola», nos dejamos llevar por la inercia del momento y pertrechados en nuestro hogar —los más listos— para no contagiarnos en los saraos de cotillones, obviamos lo que dicen «los expertos» para terminar el 23 sin saber siquiera por dónde se adentra el bicho; ese que regula nuestras respectivas vidas hace ya tanto. Qué sería de nosotros sin el bicho; que se lo digan a Mónica García, alías mema.

Tras casi tres largos años de distanciamientos, confinamientos, lavado frecuente de manos, gel hidroalcohólico a gogó, dolor, muerte e inseguridad, nos lanzamos al precipicio de lo desconocido; ese que se atisba cuando lentamente tomamos las uvas y pedimos —una a una— los mismos deseos que aquella misma noche en el año 23 —maldito déjà vu— y que quisiéramos que este año se hicieran realidad.

Y es que la nuestra no es otra que una que se desdibuja en el entramado de la ensoñación, porque todos pensamos, de uno u otro modo, que la larga pesadilla que rodea a la covi —sin d— no tiene visos de terminar. Y entretanto movemos las hojas del calendario recordando que hubo un tiempo en el que nunca se hablaba de pandemias; pero en un segundo todo se esfumó para siempre y empezó a llamarse COVID-19 y ya vamos por el 24, oiga.

Luego se hiló con la inflación; las subidas imposibles de carburantes, del aceite, nuestro aceite; de alimentos y de la vida en general y mientras tanto, los españolitos, haremos por una vez, algo a la vez como decía Mecano. Tomarnos las uvas esta noche para pedir doce deseos que se quedaran en emociones contenidas porque echaremos de menos a quienes no tenemos a nuestro lado porque solo de amor vive el hombre.

Ya hablamos del año 24 y en nuestro haber, todos y cada uno de nosotros hemos vivido a trancas y barrancas sensaciones inmensas, eventos únicos e irreparables mientras nos contamos, los más y los menos, cómo hemos perdido instantes, secuencias, vivencias, personas; tantas cuestiones que son difíciles de descifrar cuando nos referimos a nuestra vida, a nuestra propia vida. Y en el recuento de estos años aciagos, recordamos que alguna vez vivimos sin esto y éramos ostensiblemente más felices.

Por eso, en este año —de nuevo distinto— una Navidad más prevemos el final de la agonía de la guerra, pedimos un milagro y el fin de esas otras pandemias para meternos de lleno en la esperanza de tener, quizá, tal vez, todo por hacer. Tras el recuento de lo que no hemos hecho, eso que echamos de menos sin conocerlo, atisbamos mejores días en ese llamado a ser el 24 que comenzamos hoy. Que nuestros doce deseos, esos de las doce uvas se vayan cumpliendo y que atesoremos esos ratos felices para ser quizá un poquito mejores.

Espero por tanto, que podamos contar estas historias de un tiempo pasado y que las llenemos de momentos del presente para dibujar e hilar un futuro lleno de emociones y vivencias perdidas, quizá esas que nos hacen ser hoy lo que somos. Gracias por seguirnos.

Feliz Año Nuevo, queridos lectores, a por ello, oe…

Artículo anteriorIctus: así beneficia el canto a su rehabilitación
Artículo siguienteEl día D
Directora de Prensa Social. Periodista. Doctora en Ciencias de la Comunicación. Máster en Dirección Comercial y Marketing y Gestión de RR.HH.. Profesora Universitaria Ciencias de la Información. Estudios de Psicología y Derecho. Miembro de The Geneva Global Media United Nations, Presidente de DOCE, Miembro del Comité Asesor de la Fundación López-Ibor, Miembro del Comité de Ética Sociosanitarios EULEN, Consultora de Comunicación loquetunoves.com. Autora libros: Actos sociales y familiares, fotografía social. Junio 2012. Coautora: El cerebro religioso con María Inés López-Ibor. Enero 2019.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí