Esther Jiménez: pasión por la inclusividad

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María Esther Jiménez Márquez, exdirectora de un colegio de Educación Especial, es la cabeza visible de FSIE Nacional, un sindicato que tiene muy a gala su independencia. Pero si he de calificar a la persona detrás del cargo con una sola palabra, la primera que me viene a la cabeza es: llana. Esther Jiménez transmite llaneza en el mejor sentido del sustantivo, ése que hace bueno el refrán: «A más grandeza, más llaneza». Y la suya es una llaneza contagiosa. Tanto, que me cuesta tratarla de usted, como obligan a hacer las convenciones de Prensa Social con los entrevistados de cualquier edad o condición. Y el que ella me invite constantemente a apearle al tratamiento no fortalece precisamente mi determinación… Supongo que esta llaneza suya casa perfectamente con la peripecia vital de una mujer tan decidida a allanar obstáculos a la inclusión social, que desde edad temprana hizo de este empeño su vocación. También imagino que su jovial simpatía conlleva naturalmente esa empatía que en otros requiere un aprendizaje previo.

Prensa Social: ¿Qué la impulsó a decidir consagrar su actividad profesional a la Educación Especial desde su primera juventud?

Esther Jiménez: No fue impulso, fue el destino. Al acabar la EGB [Educación General Básica], me quedaron dos asignaturas pendientes, con lo que no podía acceder al BUP [Bachillerato Unificado Polivalente], así que entré en Formación Profesional, rama Artes Gráficas. Cuando obtuve la titulación de Técnico Especialista, ofertaron una plaza de Maestro de Taller en el colegio de Educación Especial de la Asociación Asprogrades, en Granada. ¡Y me tocó! [Ríe]

P.S.: ¿…La china?

E.J.: [Ríe de buena gana] …O la lotería. A saber.

P.S.: En una entrevista anterior, fechada este año, afirma que los intereses de un niño con discapacidad son similares a los de otro sin ella, pero que en la adolescencia esto cambia, como si el tránsito a esa edad fuera diferente en un caso u otro. ¿En qué consiste la diferencia?

E.J.: En la etapa preescolar apenas se aprecia la diferencia de intereses, pues la prioridad es el juego. Después, dependiendo de lo que se le inculque al niño, en todos los ámbitos (familiar, escolar, social), éste aceptará a su compañero con discapacidad o se distanciará de él, pues los intereses ya no son compartidos: el niño con discapacidad tiene más limitación para salir de casa, moverse por las redes sociales, empezar a conocer chicas o chicos… Lo típico en la edad preadolescente. De ahí nuestro lema: «La inclusión es compromiso de toda la sociedad».

P.S.: También parece establecer distinciones entre educación e instrucción. ¿Podría desarrollar un poco este punto?

E.J.: Lo enlazo con la pregunta anterior: si desde pequeños instruimos en la diversidad, todos nos aceptamos tal cual somos, con nuestro ritmo personal y único, como ocurriría en el ámbito escolar de la instrucción. Pero si extendemos éste al ámbito más amplio de una educación que abarque a toda la sociedad [se apasiona], conseguiríamos que el alumnado haga participar a los compañeros con discapacidad, a su vez respetando su ritmo y su capacidad. Y eso tendría sus inicios en el patio del colegio, seguido del ámbito extraescolar: salir por la tarde y pasar a recoger al compañero, que es mi vecino, e integrarlo en el grupo de amigos.

Nos obsesionamos con que los niños con discapacidad asistan a los colegios ordinarios; y yo me pregunto: ¿y si lo hiciéramos a la inversa? También sería inclusión, ¿no?

Esther Jiménez

P.S.: LGE, LODE, LOGSE, LOCE, LOE, LOMCE… y ahora, la LOMLOE. Cuanto más reforman la Educación los políticos, ¿peor la dejan?

E.J.: ¡Sí! En tu pregunta está la respuesta. Cuanto más reforman la Educación, peor la dejan… El único sentido que le veo es que cada partido quiere presentar Su Ley Particular; y el resultado es un baile de máscaras donde nadie conoce a nadie. Si los políticos fueran especialistas en el sector, sabrían de qué están hablando y serían operativos. Y en el caso de la Educación Especial, no se basarían en el informe de dos «especialistas» que manda la ONU a España, y que visitan dos centros para concluir que en España no hay inclusión.

P.S.: El recién iniciado curso 2021-2022 es el primero completo en el que se aplicará la nueva LOMLOE o ‘Ley Celaá’. ¿Qué cabe esperar de su aplicación en general y para los centros de Educación Especial en particular?

E.J.: Cabe esperar conflictos en lo que se refiere a la libre elección de centros. Para matricular a un alumno en un colegio de Educación Especial específico, los EOE [Equipos de Orientación Educativa] deben reflejar en su Dictamen de Escolarización: «Modalidad D», ¡siendo por lógica a petición de los padres! Ahora, con la Ley candente, los EOE deben derivar a estos alumnos a colegios ordinarios. ¡Directamente, sin preparar antes recursos materiales ni humanos ni educar antes a la sociedad! Lo que lleva al alumno al fracaso, pues son sus padres quienes lo conocen y quienes solicitan un centro específico; la mayoría, porque ya vienen rebotados de la ordinaria.

P.S.: La ‘Ley Celaá’ ¿conculca «el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones» (art.º 27.3 de la Constitución)?

E.J.: Lo que acabo de responderte referido a la Educación Especial se cumple igualmente para la ordinaria en lo que concierne a los valores morales y religiosos, sí.

P.S.: Vuelvo a citarla: «Nos obsesionamos con que los niños con discapacidad asistan a los colegios ordinarios; y yo me pregunto: ¿y si lo hiciéramos a la inversa? También sería inclusión, ¿no?». Aparte de nociones elementales de inclusión social y respeto a la diversidad, ¿qué beneficios educativos/instructivos aportaría a los alumnos sin discapacidad cognitiva su escolarización con alumnos que sí la tienen, y viceversa?

E.J.: Todos gritamos ¡inclusión! ¿Quién es nadie para definir la normalidad o no? ¡Imagino un mundo así! [Se apasiona] Libertad, empatía y respeto. Pero como todo en la vida, ha de tener un buen pilar desde sus inicios. Los niños sin discapacidad lo verían normal y ofrecerían su apoyo incondicional para una inclusión verdadera.

P.S.: Perdone, pero no me ha contestado. Algún malpensado podría interpretar que su propuesta aboga por incapacitar a los alumnos sin discapacidad, obligándolos a rebajar su capacidad cognoscitiva.

E.J.: Sí, llevas razón. Me refería a que los centros de Educación Especial también son colegios donde se imparten asignaturas en función de niveles y ritmos dispares. Así que ¿por qué no matricular en ellos a unos pocos niños sin discapacidad? Unos pocos nada más. Puede que parezca inconcebible, pero sé de centros en España que lo están implantando; y es un buen pilar para iniciar la inclusión social.

P.S.: Sostiene que la inclusión debe abarcar todas las etapas de la vida; sin embargo, limita esta propuesta suya de «inclusión inversa» a la educación primaria. ¿Por qué? ¿No le parece factible más allá del primer ciclo de enseñanza?

E.J.: Insisto en la inclusión desde la sociedad en general. Si se ha compartido la etapa de primaria, ya tendríamos una buena base, otra visión desde la que aceptar la diversidad, como también aceptaríamos otro ritmo diferente para continuar la etapa escolar; pero llegados a este punto, el grupo seguiría contando con el compañero o compañera con discapacidad para compartir sus ratos de ocio y que éste se sienta integrado socialmente. Pero… la realidad actualmente es muy distinta; el ritmo de vida que llevamos hace que estas dinámicas pasen desapercibidas.

P.S.: ¿Qué convierte a una consideración de «discapacidad» en otra de «capacidad diferente»?

E.J.: El concepto en sí. ¡Es que tenemos que ponerle nombre a todo!

P.S.: Sin nombre, no hay concepto…

E.J.: Eso es. Pero yo iría más allá: las personas con discapacidad realmente son personas con altas capacidades. Y no lo digo por empatía; lo digo por mi experiencia. Son personas que llevan al límite su capacidad para igualarse o ponerse a la altura de lo que se considera «normalidad».

P.S.: Muchos ciudadanos del común identifican el concepto de ‘política social’ con el reparto de partidas presupuestarias entre entidades afines al Gobierno de turno. ¿Aciertan? Y si se equivocan, ¿cómo demostrárselo? ¿Pueden la empatía y la imaginación sustituir, siquiera parcialmente, al dinero cuando se trata de implantar políticas sociales eficazmente duraderas? El laberinto burocrático ¿no engulle estérilmente gran parte de la inversión pública?

E.J.: El peso del esfuerzo —incluido desde luego el económico, porque la LOMLOE destina cero euros a la instrucción— lo llevan las asociaciones y entidades, como los Centros de Atención a Personas con Discapacidad, fundadas hace cincuenta años por padres y familiares afectados, que continúan creciendo por la necesidad de dar un futuro a sus hijos. Estas asociaciones construyen el edificio, cumpliendo con toda normativa; y después, a esperar a que les concierten la plaza… Así que sí, lidiamos con un laberinto burocrático.

P.S.: ¿Qué mensaje enviaría a quienes trabajan todos los días por mitigar las consecuencias de la discapacidad, ya sea desde el movimiento asociativo u otros ámbitos de la sociedad?

E.J.: Que no dejen de hacerlo ¡nunca! Actualmente, liberada por el sindicato FSIE, mi prioridad es dar visibilidad a la labor vocacional de los profesionales del sector, lo que a su vez conlleva hacer visibles a los centros y a las personas que conviven en ellos. Para eso organizamos jornadas a nivel nacional bajo el lema «La inclusión desde el movimiento asociativo», así como un boletín digital mensual cuya principal finalidad es presentar los centros a la sociedad. Que se difunda y se conozca la calidad del compromiso que han contraído con las personas con discapacidad.

P.S.: No le pediré nombres, claro; pero a lo largo de su dilatada trayectoria ¿ha tropezado con muchos de los que podríamos llamar ‘vividores de la discapacidad’? Me refiero a quienes, más que preocuparse por ella, han hecho de ella su fuente de ingresos.

E.J.: Con alguno he tropezado, sí [sonríe, como recordando algún caso en concreto]; pero por fortuna son muy pocos. Me quedo con lo mucho de bueno que predomina en el sector. Trabajamos con personas sin prejuicios; y eso, en los tiempos que corren, es un lujo.

P.S.: ¿Quiere hacerse a sí misma una pregunta que le gustaría que le planteásemos, y contestarla?

E.J.: No. Creo que ha quedado patente mi empeño en dar visibilidad a los centros de atención a personas con discapacidad. Sólo aprovecharía para dar las gracias a FSIE, que como sindicato me ha dado la oportunidad de realizar mi sueño. Y gracias también a ti, Moisés, por contribuir a cumplir mi finalidad y propósito con esta entrevista para Prensa Social.

P.S.: No, muchas gracias a ti, Esther, por tu tiempo y tu compromiso con la discapacidad.

Al final, ya ven, no he podido evitar que se me escapara tutearla…

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