Parece que fue ayer, pero no. La vida corre delante de nosotros y ya han pasado 365 días. En su afán nos hace comprobar que quedan pocos ratos para que comamos las uvas de nuevo. Las nuestras, las de Prensa Social, se plantaron allá por marzo del año pasado. Todo giró en torno a un lugar en donde los viñedos imponen la fuerza y la tenacidad de una humilde planta que da sus frutos indefectiblemente.

No fue hasta septiembre, mes de recolección, tal día como hoy, cuando inauguramos este periódico: humilde, pequeño, sin grandes pretensiones, pero con un bagaje y una carga importantes detrás de profesionales de los medios. Los frutos de esta vendimia, del lugar en donde nacieron —acaso el mejor del mundo para mí, uno que jamás podré olvidar—, se llama Prensa Social, «el periódico que nos une». Quizá, porque entre el amor de las personas cuando las cosas se tuercen, solo nos reste apoyarnos, salir adelante con la enfermedad y seguir. Era el final del verano y el fruto es este.

Cuando conoces la discapacidad de cerca, cuando naces y tu padre no se puede levantar; cuando eres mayor y tus hijos pierden la vista; cuando amaneces con alguna enfermedad cualquier mañana; cuando eres mayor y notas los efectos de la edad y un día cualquiera pasas a ser dependiente —porque ya no puedes hacer las cosas por ti solo—, no encuentras que en la prensa se recoja esa información necesaria para que tú —ser invisible de esta sociedad de luz y color— conozcas esas ayudas que están dando; esa obra de teatro que tiene bucle magnético o el ascensor que han instalado para que puedas subir.

En este proyecto que don Albert Campabadal me confió entraron a trabajar muchos amigos de décadas que apostaron por él como si fuera suyo y dieron todo cuanto tenían para ayudarme. «¿Qué tengo que hacer, qué necesitas?» es la frase que recuerdo y hoy resuena, porque fueron muchas las conversaciones con periodistas de elite, que me conocían desde que yo empezara en este oficio, los que dijeron que sí con los ojos cerrados.

El barco —como así lo llamé— estaba en el puerto de Barcelona, pero logramos sacarlo remando, empujando, queriendo con mucho esfuerzo, que tras trescientos sesenta y cinco días fuera un referente dentro de este área abandonada. Quiero también recordar y agradecer a todos los periodistas con discapacidad que pasaron por aquí, ésos que ayudaron a soltarlo de ese amarre. No quisiera dejarme a ninguno y por eso no nombro a todos, pero ellos saben de mi agradecimiento, ya que sin su inestimable ayuda, esto no hubiera sido posible.

Desde el logo hasta el diseño, el lema, la navegación; pequeños detalles que están ahí por algo, este modesto periódico, Prensa Social es ya un referente en el panorama periodístico español, sin más aspiración que prestar un servicio público a los colectivos vulnerables y sus respectivas familias.

No quiero dejar de citar a quienes a diario reman sin descanso y sin pedir nada a cambio. Miguel Porres, nuestro viñetista; Luis de Luis, crítico de teatro; Miguel Díez R. (a) el Viejo Profesor y nuestros colaboradores: Luis María Mirón, Concha Moreno, Salomé Martín, Alejandro R. Guerrero, César Rojo, José Manuel Dolader, entre otros, así como la ayuda de Mar Ugarte. No quiero dejar de nombrar a todos los miembros de los comités editorial, de expertos y de asesores.

A los redactores (por orden de antigüedad): Marisa Bishop, David Valle, Rubén Hernández, Álvaro Cuevas: gracias por seguir remando con afán cada día.

Y a mi editor, don Albert Campabadal. sin cuya paciencia, ilusión y esfuerzo esto no hubiera sido posible. Para un periodista dirigir un periódico es lo más significativo en su carrera, porque hay algo intangible que tiene lugar cuando llevas muchos años de oficio en el lomo.

Algo de mí quedará en este pequeño lugar en donde se gestó; en cada detalle, por pequeño que este sea, y solo espero que quienes estuvieron cerca sonrían. La discapacidad, cuya presencia me acompaña desde niña, me ha permitido desde siempre valorar lo único que es importante en esta vida: el amor. Y es para mí un honor poder decir que he procurado pensar en todas las personas que sufren, que han sufrido, que han llegado a ser vulnerables por la edad u otra circunstancia; porque todos, sin dejar uno, pasaremos por tener años, por la dependencia y todos, no lo olvidemos, tendremos al menos una discapacidad al escribir cada una de las letras de cada texto. En todos ellos están los colectivos vulnerables.

La otra prensa, esa que pocas veces habla de esos sujetos invisibles para esta sociedad, aplaude y convive con la belleza efímera de las cosas, con la juventud —divino tesoro— y con los reels de idioteces que no nos hacen prever que lo bueno se acaba pronto. Nosotros, en cambio, tenemos mucho que contar porque las experiencias amargas se tornan en buenas cuando hablamos de superación y de historias de personas únicas e irremplazables.

No quiero dejar de agradecer el trabajo constante, firme, eficaz, tenaz, sin horario y en el silencio entre bambalinas donde permanece Moisés Ramírez, sin cuyo apoyo esto no hubiera sido lo que es. Buscar la excelencia en el lenguaje y tener tantas cosas en común hizo que esta ilusión pudiera materializarse. Las personas son las que hacen las cosas; una cosa es el dicho y otra el hecho; y confirmando el refrán «obras son amores; palabras, buenas razones», este barco está ya navegando a pesar de mis desvelos, que también los acogió como propios. Gracias por aguantar mis tensiones, mi carácter firme y duro a la hora de trabajar. No quiero dejar en el tintero mi eterno agradecimiento y la inestimable ayuda de don Fernando y doña Juana, quienes con sus dos expertas manos y un cariño sin fisuras permitieron que en aquellos días de trabajo intenso todo esto lo pudiéramos llevar a cabo.

Y a mis hijos, sin cuyo ejemplo de constancia, alegría y fuerza nunca hubiera conseguido hacer de la discapacidad la razón de mi existencia. Pelear por vuestros derechos y hacer que esto solo fuera un pequeño bache de la larga y fructífera vida que os auguro. Les he robado muchos días y mucho amor, que es lo que nos queda como seres humanos. Sin amor nada es posible, y ellos siempre estuvieron ahí apoyando el proyecto desde el principio.

Gracias a todos por leernos; ser mejores cada mañana nos hace estar vivos y sentir la belleza de lo que nos es dado. Casi nada. «La vida es dura y contradictoria pero estamos en lo mejor de lo que nos queda», que decía mi querido padre.

Pues eso: carpe diem, queridos lectores. A por ello, oé…

Ana De Luis, directora.

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