*Nuria del Saz

Moverse por las ciudades sin ver es una carrera de obstáculos. Uno detrás de otro. Más o menos todos tenemos en nuestro imaginario colectivo qué son las barreras arquitectónicas, pero caminar guiándose con la ayuda de un bastón blanco va mucho más allá de salvar un socavón en la acera o unas escaleras. Las barreras nos atacan por tierra, mar y aire. Así lo veo yo.

Caminar con un bastón conlleva activar el modo hiperalerta y estar atento a todos nuestros sentidos. Motos aparcadas donde no deben, árboles mal situados, sillas y mesas de bares que te obligan a perder la referencia segura de las paredes de los edificios dejándote en el vacío más absoluto… Personas absortas en el teléfono móvil, el patinete que se te cruza sin emitir ningún ruido y el más difícil todavía: bajarte de la parada del bus y darte de bruces con el carril bici , que pasa detrás de la marquesina, porque la acera no da para más. Cada vez que me toca esta parada en concreto, pienso que, cualquier día, me lleva por delante una bicicleta o un patinete.

Por otro lado, en las últimas décadas se han ido implementando sistemas que contribuyen a que las ciudades sean un poco menos hostiles, en este sentido. Los cambios de textura normalizados en las aceras son una realidad en muchísimas ciudades. Con el bastón podemos  detectar que la acera deja de ser lisa cuando nos aproximamos a un paso de peatones. También el pavimento indica mediante cambio de textura cuando hay una parada de bus. Muchos escalones van desapareciendo en favor de rampas. Por normativa los árboles no pueden estar en medio de las aceras sino al borde. Medidas que se llevan adoptando desde hace años y que, sin duda, nos permiten cierta calidad de vida a las personas que lidiamos con la falta de vista, que no de visión. Aún insuficientes, sí; mejorables, por supuesto.

*Nuria del Saz en periodista y escritora.

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