La vida transcurre entre personajes de una realidad que es palpable. Acaso, vernos inmersos en los suyos nos hizo en otro tiempo sentirnos uno de esos que viven otra vida. Y en esas novelas nos tradujo cómo era la España que emergía. Transgresora y capaz, se hizo un hueco entre las novelistas españolas en los años ochenta y hoy deja muchos libros sin escribir.

Almudena Grandes se ha ido pronto entre la emoción y el sufrimiento porque cuando te dan el boleto de salida, debes situarte en el último tramo con la debida aquiescencia. Y es ahí, en donde ya no puedes seguir jugando a este parchís.

Ser mayor con 61 años, como dicen los que pregonan a las cuatro vientos que ya todo es silver (plateado), es morir joven, porque en esta vida de éxitos, premios, títulos, amigos, trabajo, no tener salud es sinónimo de no tener nada. Una novela única que sólo pueden relatar los que de un modo u otro, han perdido algo de vida por la enfermedad. Porque tener un diagnóstico fatal no es otra cosa que quedarte con las manos vacías y el corazón hueco. Días que vas viviendo con la salvedad de que ya sabes que no hay nada que rascar.

Excavar en nuestra memoria es recordar que en sus libros encontramos a esas familias, esos barrios, esos lugares en donde en otro tiempo, cualquier época pasada fue necesariamente mejor. El Madrid retratado en Los Madriles; los personajes, lo que acontecía en cada una de sus páginas se queda para siempre impreso con nosotros.

Almudena, según narran los que la conocieron, sabía querer porque lo demostraba con una alegría desorbitada; una persona extremadamente generosa con las escritoras jóvenes que vivió siempre entre la fortaleza y la ternura. Acaso tenía una pasión por la vida que hoy le ha sido arrebatada.

A sus títulos también se unen las columnas que a lo largo de veinte años envió cada semana a esa Escalera Interior y esas intervenciones cortas en radio en donde situaba a las personas en la historia de España.

«Cada vida es una consecuencia del lugar en el que se han barajado las historias generacionales y las fugas de los destinos» cerraba su última columna que hubiera sido publicada el cinco de diciembre. No llegó a suceder, está aquí, entre el recuerdo, el silencio, la emoción, la incongruencia, el impacto, el dolor, el miedo y la gran pregunta que nos hacemos siempre: ¿cómo ha sido posible?

Generosa, cordial y cariñosa, era una mujer comprometida con la literatura —«esa vida de más» como siempre refería— y con las personas, esas a las que defendía en sus letras. Grandes fue la curiosidad, la amabilidad y una referencia de muchas mujeres que empezaron a escribir por ella, dicen hoy sus amigas.

«La vida es injusta y contradictoria» me enseñó mi padre, qepd, y ciertamente, cada vez que sucede algo así, le recuerdo, asiento, reflexiono y me siento desarmada. Qué triste y qué verdad… ¡Ay, la salud! Ese inmenso tesoro en el que jamás reparamos. Llega, nos fulmina, nos arrebata esos días y llega el adiós.

Descansa en paz, Almudena.

«Aunque tú no lo sepas», decía Luis García Montero, tu viudo, poeta y director del Instituto Cervantes, en un poema alguna vez. Hoy, en tu marcha, te ha escrito estos versos. Casi nada:

Como el cuerpo de un hombre derrotado en la nieve,
con ese mismo invierno que hiela las canciones
cuando la tarde cae en la radio de un coche,
como los telegramas, como la voz herida
que cruza los teléfonos nocturnos
igual que un faro cruza
por la melancolía de las barcas en tierra,
como las dudas y las certidumbres,
como mi silueta en la ventana,
así duele una noche,
con ese mismo invierno de cuando tú me faltas,
con esa misma nieve que me ha dejado en blanco,
pues todo se me olvida
si tengo que aprender a recordarte.

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