«¿Por qué no te apuntas a un gimnasio adaptado?» Así inicia el nuevo capítulo de la discriminación social, cuando le niegan apuntarse a un gimnasio por no ver añade David.

El pasado 16 de julio, el monumento público del Palacio de Vistalegre asistió a un episodio de discriminación social en sus entrañas, cuando una de las responsables del gimnasio de Altafit, asentado en sus dominios, se negó en redondo a permitir que una persona con discapacidad visual pudiera apuntarse al gimnasio.

Responden a sus ganas de apuntarse al gimnasio con una bofetada de discriminación a su discapacidad

Invidente y usuario de bastón. David fue esa mañana al gimnasio Altafit del Palacio de Vistalegre para solicitar información, vestido y preparado incluso para empezar a entrenar, si lo que veía le convencía. Pero las puertas estuvieron abiertas durante apenas horas, porque cuando llegó el momento de inscribirse, una de las mandamases le citó en el despacho y le dijo que no podía apuntarse al gimnasio. ¿Y por qué? Por el delito de ser invidente.

La discriminación sigue escribiendo capítulos en su libro de segregación

Fue como a las nueve de la mañana. Le atendió una chica muy simpática que le estuvo informando sobre los precios, la promoción del verano y demás.

«Le pregunté si se podía empezar ese mismo día y me dijo que sí», cuenta David a este periódico digital, explicando que, de hecho, le propusieron tener ese día como un primer día gratuito, en calidad de prueba. Bien atendido por dos de las trabajadoras del establecimiento, David no lo pensó dos veces y se animó a comenzar en aquel mismo momento.

Una vez dentro del gimnasio, primero una y después otra trabajadora, le fueron explicando todo muy bien, dónde estaba cada cosa, la distribución del gimnasio, la localización de las máquinas, etc. De modo que hizo cardio, elíptica, un poco de remo y pesas… y todo muy bien. Pero cuando ya estaba terminando, se acercó la primera de las dos chicas que le estuvieron atendiendo y le preguntó qué tal le había ido.

Satisfecho de todo y también por el clima de tolerancia y normalidad que, creía, reinaba en el gimnasio, y motivado por el bienestar que había sentido, se interesó por los horarios, las horas en que venía menos gente… y fue entonces cuando le dijeron que debía hablar con la responsable, porque tal vez no podía apuntarse al gimnasio, después de todo.

Al preguntar por qué no, le remitieron enseguida al despacho de dicha responsable, a la que presentaron con el nombre de Rocío. Y una vez en el despacho, las explicaciones de Rocío versaron diciendo que era un gimnasio; un gimnasio con máquinas; un gimnasio con máquinas y pesas; un gimnasio con máquinas y pesas en el que a lo mejor se podía caer, que no estaba adaptado, que sus trabajadores no tenían ninguna formación para atender a la gente con discapacidad.

«Apoyo mucho el deporte en vuestro colectivo», le dijo Rocío con una voz llena de esa cortés sonrisa política llena de rigidez y distanciamiento y en absoluto empática; «me gusta que la gente como tú haga deporte», aseguró, usando el «como tú» para pasar de puntillas sobre su ceguera. «Pero en mi gimnasio no puedes», concluyó, soltando esas últimas palabras con tono de ligereza y conducta de dictamen. «En mi gimnasio no puedes, porque no vaya a ser que te pase algo porque no ves».

Apuntarse al gimnasio es un voto a la salud que nadie debería negar a nadie

Aun así, David trató de hacerle entender que eso no tenía ningún sentido, señalándole que había estado allí más de tres horas, haciendo su deporte y entrenándose como otro usuario más sin que por ello sobreviniese una catástrofe ni a él ni al gimnasio.

«A ver, yo no exijo nada. Cuando puedan echarme un cable, bien. Si están ocupadas me espero y ya está, no pido más. Es más, me iré haciendo con el gimnasio en unos días hasta que me lo aprenda, y luego ya iré por mi cuenta, sin necesidad siquiera de preguntar».

Sin embargo, la conducta de la responsable Rocío continuó siendo igual de tajante y de discriminatoria.

«Tiene que venir alguien contigo y apuntarse», fue su requisito reiterado; «alguien que se haga cargo de ti; de lo contrario, aquí no puedes apuntarte», le soltó una y otra vez, en todas las ocasiones que él protestó por una exigencia tan descabellada. «¿Por qué no te apuntas a un gimnasio adaptado?»

¿Acaso un gimnasio se puede adaptar? Tanto como una tienda de ropa llena de prendas en sus correspondientes perchas, o de un restaurante con mesas y sillas. ¿Que es un gimnasio que tendrá máquinas y pesas? Bueno, es que de lo contrario no sería un gimnasio, para empezar. ¿Qué se puede caer? Como se puede caer y tropezar cualquiera, vaya, tenga discapacidad o no. ¿O es que acaso la ceguera predispone a las caídas? Lo decimos desde ya: ¡¡¡No!!! Claro y rotundamente no.

Lo curioso es que minutos después, fue ella misma quien comenzó a contarle que uno de los clientes ya inscritos se había caído precisamente ayer dentro del gimnasio. ¿Era invidente? no. ¿Se mató o hirió de gravedad? Se levantó y siguió con su vida.

Así que, si alguien sin problemas en la vista puede caerse porque, ¡vaya, accidentes tiene cualquiera! y ello no le ha acarreado una expulsión inmediata del centro (obviamente) ¿por qué discriminar a una persona invidente que ha llegado solo y de forma independiente hasta allí, demostrando con ello que tiene la movilidad y autonomía suficiente?

«Puede haber accidentes, evidentemente», le concedió David, «pero eso es en todas partes», trató de hacerle ver. ¿Cuál fue la réplica? Ingeniosa y divertida y muy tolerante:

«Cualquiera puede tener accidentes, pero tú más, porque no ves».

«Vale. Entonces, si viene alguien conmigo, ¿quién se hace responsable?» Quiso saber David. Ellos no, desde luego, y en esos mismos términos de rechazo lo aseveró la responsable Rocío. «Si consigo que alguien me acompañe, ¿podrá pasar como acompañante, entonces, ya que no va a usar la maquinaria?» ¿La sorprendente respuesta? «NO; tendrá que pagar como los demás».

Nunca hay que callarse ante la discriminación

A su confesión de sentirse frustrado por su tajante negativa, con malestar porque se le esté negando hacer una actividad de salud a causa de su ceguera, de decirle que es la primera vez que intenta apuntarse a un gimnasio y que le responden con una actitud tan discriminatoria, la respuesta consiguiente fue:

«No podemos hacer nada». ¿Ah, no? Y no obstante sí están haciendo algo; le están discriminando. «Yo llevo 25 años; yo ya he visto de todo; así que prefiero que no», fueron las concluyentes palabras de la responsable Rocío al respecto.

A pesar de ello, David intentó luchar una vez más por la oportunidad de quedarse, inscribirse y entrenar, explicándole el modo en que vive su discapacidad visual, matizándole que ello no le condiciona a llevar una vida normal, salir, trabajar, ser uno más en la sociedad.

«Sí, sí, si yo sé que tú serás muy inteligente y que podrás hacer todo bien… pero aquí no podemos aceptarte».

David nos cuenta que le explicó a la responsable Rocío que, si fuese por el riesgo de caerse, él ni siquiera podría salir a la calle.

«Ya, pero es que la calle es pública, y nosotros, no», fue su contrarréplica.

El silencio no es la solución

Puede haber accidentes; siempre existe el riesgo de los accidentes; pero eso existe vaya uno a donde vaya, haga lo que haga, y tenga ese uno discapacidad o no. ¿Quiere decir entonces que debemos dejar de hacer las cosas por miedo a tropezar o caer? El mundo estaría parado, entonces.

Y eso no se debe hacer, porque una sociedad parada es una sociedad que no avanza; una persona parada es una persona que no se integra; y una mentalidad parada es una mentalidad que no vacila en poner trabas a todo lo que no se mantiene igual de estática, que ve con malos ojos los progresos y los cambios, que no duda en discriminar y en fomentar la discriminación, sin pararse a pensar siquiera en el perjuicio que ello puede conllevar.

«Me hizo sentir fatal», admite sin tapujos David. «Me hizo sentir que mi ceguera es un lastre, que yo soy un lastre, y que la culpa es mía por ser ciego».

Desde Prensa Social hemos intentado reiteradamente ponernos en contacto con este gimnasio en cuestión, pero ni han contestado a las muchas llamadas ni han respondido a los correos donde les invitábamos a explicarse y a compartir la causa de este acto tan poco tolerante.

Dar la callada por respuesta no es dar la cara. Y dar la cara es lo mínimo que es de esperar cuando alguien mete la pata, más siendo una empresa.

«A pesar de todo, le di las gracias a las otras dos chicas, ya que sí me habían atendido bien y sí habían sido muy amables conmigo».

David ha querido hablar de lo sucedido para acabar con las situaciones de discriminación a las que muchas veces se exponen las personas con discapacidad, cuando los demás sólo ven su discapacidad, desdeñando sus aptitudes y capacidades.

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