En aquella fría mañana, cuando apenas era una joven aspirante a periodista, me pidieron que entrevistara a Antonio Gala. Obviamente como cualquier muchacha de la época había leído alguna cosa, pero realmente no reparé en quién era. Delante de mi, con un bastón con la empuñadura de plata, estaba el hombre que me marcó de por vida. Aquella casa cerca de Pio XII.

En la galería en donde me recibió había muchas flores; plantas de todas las clases y su perro. Como soy muy perrera inmediatamente se me subió encima.

«No se crea, que no es hacer amigos, apostilló, se llama Troylo».

Entretanto, yo movía los folios y ponía la grabadora mientras su asistente me decía si quería leche con el té. Eran demasiados datos, una desbordante juventud y una inexperiencia absoluta. Hablamos de la vida, de aquellas pequeñas cosas que él me mostraba cuando recorría la estancia y me decía en dónde obtuvo cada una de ellas. Me contaba que o bien lo tenía allí o en La Baltasara, en Alhaurín El Grande, el que fuera su refugio y su verdadero hogar durante más de treinta años.

Su incondicional amor hacia los perros hizo que fuera todo mucho más distendido. Sus palabras se volcaron en estrofas y esos versos, los primeros que le condicionaron a ser escritor fueron los que también le permitieron ser conocido en aquellos años 50. Junto a Caballero Bonald o José Hierro, Antonio Gala emergió como poeta. Posteriormente fue novelista, dramaturgo y orador; acaso uno distinto, agudo y eficaz; sórdido cuando tuvo que serlo y tenaz en aquellos breves espacios en la prensa diaria.

Su casa natal me confesó que no era Andalucía a pesar del deje arrastrao (sin d) que pudiera intuirle.

«No hija no, soy de Ciudad Real, de Brazatortas».
¿De Braza dónde? «A ver hija, soy andaluz». Ahí me quedé del revés pero tampoco era cosa de preguntar de nuevo. A esa edad te basta con que te reciban.

La elegancia me hizo entender que era parte de su ADN. Daba lo mismo si lucía unas pantunflas o si Troylo se subía encima de sus pantalones de lino perfectamente planchados. Gala era un escritor en el amplio sentido de la palabra; un escritor elegante en sus párrafos espesos, porque algunos eran densos como bien saben. Después vinieron otros: Mambrú, Rampín, Ariel, Zaira…un amor incondicional que le acompañó toda su vida. Los lastimados ojitos de Troylo le hicieron cuidarle como si de un hijo se tratara y ahí comprendí que teníamos algo más en común. Yo tenía dos perros Setter inglés, Lord y King; uno de ellos sordo, mi querido King. Tener perros con alguna discapacidad te hace sentir algo distinto y protegerlas para que aprendan como los demás. «No todos son bonitos, esos no los quiere nadie», apostillé yo, y él asintío.

Empecé a preguntarle por sus éxitos editoriales, por aquellos libros —tan caros entonces—, que podías leer si llegabas a tiempo a reservarlos en la bibloteca de turno. Desde su idealización por la cultura árabe hasta su devoción inmensa por la figura de Jesús, Antonio Gala se daba a los demás; tanto en la forma como en el contenido.

Sobrevivió a muchos célebres escritores y mucha gente —en este retiro de casi una década— le daba por muerto; y no, su vida repleta de libros y hazañas le hizo retirarse a tiempo para no ser uno más. Y uno que daba pena. Y en todos estos años, su novela mejoró a la anterior por su lenguaje lleno de sensibilidad y destreza con las letras.
Sus facciones cuasi árabes y su nariz afilada me llamaron la atención casi igual que esa elegancia innata y esa educación sin precedentes. Hasta Troylo se cuadraba. En la estancia respiré paz; paz llena de sobresaltos por si metía la pata; ya saben lo que es ser novel e inexperto.

«Adiós, joven; le irá bien…».

Hoy le escribo porque sé que me lee desde donde estará tras esos noventa y dos años de vida llena de cultura. En su fundación, casa-museo en Córdoba ha sido despedido por propios y extraños pero a nadie le ha sido indiferente. Con Gala se cierra el círculo de esos escritores nacidos antes de la contienda que hoy tantas veces nombramos.

Y allá donde esté, le recuerdo que en su librito «La casa sosegada», uno que está en mi mesilla desde tiempos inmemoriales, quise imaginarme la mía cuando fuera mayor que acaso se pareciera a esos párrafos que ahora describo. Una casa no es un hogar si no sucede todo esto:

«Aquí podrá hacerse todo lo que se sienta de verdad; cuanto se desee decir de verdad podrá ser dicho. No hay precios, no hay ofensas: en consecuencia, todo es bueno. Dentro del hogar, al anochecer, habitamos en el ojo del huracán. Persisten alrededor la ambición, las tormentas, las corrupciones, los duros fantasmas del día y de la noche; pero aquí hemos obtenido la serenidad. Una serenidad empapada de vida, que es movimiento interior: no quietud, no pasividad. De ahí que sea imprescindible, antes o después de cenar, antes o después de ver un poco de televisión o de leer un libro, reflexionar un rato, dar un momento gracias, detenerse a cambiar impresiones, a renovar las fuerzas, a beber un largo sorbo de agua limpia. Se ha hecho el silencio. Apenas percibimos las sonoras esquirlas de otras vidas. Por fin se hizo el silencio. Por fin está la casa sosegada».

Hace un año que se fue, don Antonio. Requiescat in pacem.

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