Autismo: así es el nuevo modelo que explica qué factores lo desencadenan

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Vinculado al desarrollo del cerebro, a la interacción y a la comunicación, el autismo influye en la manera en que la persona afectada percibe su entorno.

Hay tantos tipos de autismo como personas que lo padecen, si bien un nuevo modelo ha intentado explicar, con la ciencia en la mano, las diferencias y los factores que lo constituyen. ¿El resultado? Una visión más fácil de cómo entender qué clarifica a un trastorno con carácter de neurodesarrollo.

Las nuevas pautas con las que el autismo se deja rastrear

El modelo, presentado recientemente en una tesis de la Universidad de Gotemburgo, en Suecia, es bastante explicativo, a decir verdad; y en su desglose aporta nuevos conocimientos sobre cómo diversos factores de riesgo conducen al autismo, primero, así como el por qué hay tanta variabilidad entre las personas que lo sufren, después. Y es que existen grandes diferencias entre los individuos con TEA, al menos en cuanto a los rasgos personales y manifestaciones de la afección se refiere, razón principal por la que este trastorno suele describirse como un espectro, gracias a sus numerosas variaciones sutiles.

Entrando en materia de este nuevo modelo, teórico en su explicación y práctico en su aplicación, simultáneamente, se puede decir que se describen varios factores contribuyentes, especificando cómo se combinan para dar lugar a un diagnóstico de autismo, causando a la par otras afecciones del neurodesarrollo.

Ahora bien, ¿cuáles son esos factores, exactamente?

La personalidad autista, antes que nada, reconocida por unas variantes genéticas comunes hereditarias que dan lugar a una personalidad autista, según este modelo; después vendría la compensación cognitiva, caracterizada por la inteligencia, sí, aunque también por funciones ejecutivas como la capacidad de comprender a los demás, aprender y adaptarse a las interacciones sociales.

Y ya por último estaría la exposición a factores de riesgo, desde infecciones hasta variantes genéticas perjudiciales, pasando incluso por acontecimientos aleatorios sufridos durante la gestación y la primera infancia, los cuales afectan negativamente a la capacidad cognitiva.

Se trata, en suma, de tres factores contribuyentes y medibles mediante cartografía genética, cuestionarios y pruebas psicológicas, por ejemplo; y que, al unirse, mismamente, componen un patrón de comportamiento que, a su vez, cumple los criterios que permiten diagnosticar el autismo.

En palabras de Darko Sarovic, autor de la tesis y médico e investigador postdoctoral de la Academia Sahlgrenska de la Universidad de Gotemburgo, «la personalidad autista se asocia tanto a puntos fuertes como a dificultades en la cognición; pero no significa, como tal, que se cumplan los criterios diagnósticos. Aun así, la exposición a factores de riesgo que inhiben la capacidad cognitiva de las personas puede afectar a su capacidad para afrontar las dificultades, lo que contribuye a que los individuos sean diagnosticados de autismo».

A juzgar por lo que apunta este modelo, son los múltiples factores de riesgo combinados los que provocan la aparición de las principales diferencias entre las personas que conviven con el espectro del TEA. Componentes que, por cierto, se apoyan en los resultados de anteriores estudios.

Cuando el diagnóstico del TEA se presenta como un ámbito de uso concebible

Sin ir más lejos y teniendo en cuenta esta premisa, la baja capacidad cognitiva, más que ser parte de la personalidad autista, es un factor de riesgo que lleva a cumplir los criterios diagnósticos del TEA. Por lo que unas altas capacidades de funcionamiento ejecutivo pueden dar pie a que las personas con autismo puedan compensar su deficiencia, mitigando en el proceso los síntomas del trastorno, por un lado, y reduciendo el riesgo de cumplir los criterios diagnósticos de dicha afección, por otra parte.

«La personalidad autista está asociada a varios puntos fuertes», indicó Sarovic. «Por ejemplo, los padres de niños autistas están sobrerrepresentados entre los ingenieros y los matemáticos. Es probable que los propios padres hayan podido compensar sus rasgos de personalidad autista y, por tanto, no hayan cumplido los criterios para un diagnóstico de autismo. El impacto del trastorno se ha hecho entonces más notable en sus hijos debido, por ejemplo, a una exposición a factores de riesgo y a una capacidad cognitiva relativamente baja».

En cuanto a la diferenciación por sexo entre el perfil de la gente con TEA, si bien se sabe que el autismo es más frecuente entre los niños que entre las niñas, éstas suelen recibir su diagnóstico mucho más tarde, en cambio, llegando algunas incluso a la edad adulta sin ninguna detección profesional que detecte y explique sus difusos años de dificultades personales.

«Los síntomas de las niñas suelen ser menos evidentes para otras personas», aclaró Sarovic, afirmando a renglón siguiente que «es bien sabido que las niñas suelen tener habilidades sociales más avanzadas, lo que probablemente significa que compensan mejor sus propias dificultades». A su parecer, «las niñas también suelen tener menos rasgos autistas y ser menos susceptibles a los efectos de los factores de riesgo. En consecuencia, el modelo puede ayudar a responder preguntas sobre la brecha de género».

Cabe añadir, asimismo, que este nuevo modelo de detección sobre los factores que desencadenan el autismo también propone formas de estimar y medir los tres factores arriba explicados, lo que permitiría recurrir a esta dinámica a la hora de utilizar una planificación de estudios de investigación, así como a la interpretación de sus resultados, según el autor del trabajo.

De esta manera, la personalidad autista, la compensación cognitiva y la exposición a factores de riesgo podrían incluso llegar a explicar el inicio de otros trastornos del neurodesarrollo, como es el caso de la esquizofrenia.

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