A los niños, niñas, niñes de catorce años se les ha arrebatado de golpe y porrazo la infancia. Día a día, gota a gota, cuestión a cuestión, ya no pueden ser pequeños. Esa edad inolvidable —cuando la evocas en otras décadas—, que te permite asir el juego y la vida desde un lugar grandioso en donde se forjará todo o casi todo cuando ya seas de mayor, de repente se esfuma y no volverá.

La ley trans garantizará a partir de ahora los derechos de las personas LGTBI; un texto legal que se deposita en las manos de los menores, que podrán decidir si pueden ir al parque de atracciones u otras cosas más serias: la autodeterminación del genero y la despatologización de la transexualidad; nada más y nada menos.

Entre chuches, cates y otros problemas de fondo, el joven, la joven, le joven —no sé ya ni hablar— que nunca estuvo enfermo aunque algunos lo determinaran, podrá cambiar su sexo al igual que los cromos del Atleti, porque los del Madrí —sin d— ya los ha completado. Ahora los niños ya no juegan a las canicas ni tampoco saben qué significa el rescate, se adentran en la madurez sin preámbulo ni más conocimiento que el que les brinda la ESO —siempre y cuando no les hayan aprobado— y por eso, cuando compren el abono transporte joven, podrán acudir al registro civil más próximo para cambiar su sexo y también su nombre. Casi nada.

La llamada disforia de género, contemplada en psiquiatría en el DSM V, pasa a ser un diagnóstico hueco, porque la Organización Mundial de la Salud ya no lo considera. En la intimidad de esos niños —repito: niños— existe la necesidad de saber quiénes son, para lo cual tendrán que formarse como adultos y con ello decidir su futuro sin necesidad de ser señalados por padecer un trastorno. Pero no, esto no es así. Ellos no saben hacer nada sin sus padres; no son responsables a la hora de quedarse solos; no pueden ir al circo sin permiso; no pueden hacer las cosas que corresponden a los adultos, pero sí saben, mire usted, qué son, qué sexo tienen, cómo se quieren llamar a partir de este verano, aunque les hayan quedado seis asignaturas y no sepan dónde desembarcó Colon.

Que se garantice y se promueva el derecho a la igualdad real y efectiva de las personas lesbianas, gais, trans, bisexuales e intersexuales no está mal; lo que sería necesario es darles a conocer, una vez que sean adultos, la posibilidad que les da esta ley, no antes, porque aún son pequeños para todo; y para esto, entiendo que también. La madurez no supone cumplir años, aunque esto supuestamente es así. Los hay que con 40 no saben ser responsables de sí mismos. De ahí a considerar que por el mero hecho de tener 12 o 13 años ya sabes qué sexo tienes, me resulta chocante, dado que en este supuesto, la ley contempla la reversión de la misma, por si figura Diego donde dije digo.

Lo que en otro tiempo se llamara terapia de conversión realmente supone y llama de nuevo a la consideración de la madurez psíquica del menor, que sigue pidiendo permiso porque no sabe ni dónde se encuentra, pero ya no habrá sanciones y no se podrá aconsejar en estos términos.

Me resulta llamativo que se puedan congelar tanto el tejido gonadal como las células reproductivas si, por lo que fuere, veinte o treinta años después usted, joven criatura, se hubiera equivocado. ¡Ojo al dato!

El Orgullo es no esconderse; no ser vapuleado; no ser insultado; no ser vejado por una sociedad inculta en donde solo caben unos pocos. Todo lo demás pasa por la serenidad y sobre todo por el conocimiento. Aunque la demanda histórica de ese movimiento LGTBI haya dado luz verde a esta ley: recapacite, eduque y espere, porque esto ha de ser para siempre y la vida es larga y esos niñas, niños, niñes, le necesitan más que nunca a usted, padre, madre, tutor, tutora, o lo quien sea responsable de firmar la autorización para ir al zoo. Ellos, ellas, elles, piden saber y no saben ni por dónde empezar. A los que se han cebado con ellos a lo largo de la vida, ya no cuela. Tienen derechos y deberes, como todos los ciudadanos y nunca jamás han de ser pisoteados. Eso sí, ténganlo claro.

Aun así parece que faltan cosas, según la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales, Intersexuales y demás, dado que se impide a los menores de 14 años cambiar su sexo y no existe una casi en el DNI en donde figuren las personas trans no binarias. No sé si llegaremos a esto. Quizá cuando nazcas, aunque tengan que cambiarte los pañales, alguien te aconseje elegir qué sientes y cómo te quieres expresar, aunque sea con el agugutata.

Lo único que sé es que nunca se hablar de instruir, formar, enseñar; porque eso supone que las personas puedan pensar y por tanto ser críticas al decidir y con ello equivocarse como hacemos todos. Denles alas para volar y que su destino sea el que verdaderamente elijan, no ese que decidan otros en un texto, texta, texte, que parece muy goloso pero que es entregado cuando usted, menor, aún no sabe si quiere pasta o arroz para comer. Algo estamos haciendo bien, pero muchas cosas las seguimos haciendo rematadamente mal.

Si además de esto, el menor tiene una discapacidad, la cosa se complica más, si cabe. Normalizar la vida sería demasiado simple; educar en el respeto y con valores, un deseo; aprender para poder elegir bien, no está en ninguna hoja de ruta. Aprobemos, que tengan buenas notas y pasen de curso sin saber nada. Eso sí les hará libres y no lo demás. Libros y más libros, y luego que hagan lo que decidan en libertad. Sin ira, libertad.

Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!; / cuando quiero llorar, no lloro; / y a veces lloro sin querer, decía Rubén Darío.

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