Corrían tiempos de cambio. Quizá una España que emergía desde aquella otra que hoy tanto renombran los que nada saben. Y en ese espacio, José Luis Balbín se adentró en los cuartos de estar de cada casa, juntando a las cabezas sesudas de la época; esas que dejaban el poso de la sabiduría y destilaban inteligencia.

Raro era aquel viernes en el que no veíamos La clave. En mi casa era un ritual, como esos que se adoptan de manera casi obscena, porque perderte el espectáculo del conocimiento era, cuanto menos, un pecado. Allí se instalaban esos hombres vestidos de negro en esa televisión en blanco y negro y fumando casi todos, iniciaron un formato televisivo que dista tanto del actual, que será un referente para los que mamamos de los mimbres de aquello que sí era periodismo.

Lo que aparentemente hoy, fue un programa de otro tiempo, el suyo, marcó —con el sello del prestigio y la calidad— esa televisión en donde solo los que sabían o tenían algo que contar, entraban. Más de cuatrocientos programas y casi tres mil hombres y mujeres procuraron que La clave fuera lo que fue. Con él, la película elegida por Carlos Pumares y a posteriori, el debate; un formato único, el suyo, hasta que el que fuera presidente del Gobierno de entonces, Felipe González Márquez le cortara la cabeza para dar voz a otros.

Su programa, cuál fórmula magistral hacía que las grandes conversaciones se produjeran sin sobresaltos. Ni interrupciones ni improperios, solamente palabras que a conciencia se vertían para ser enmarcadas. El periodismo fue eso y con él, hoy desaparece parte de la Transición que también sucedió en la tele pública.

Desde la mítica sintonía hasta la disposición de la sala, esos programas nos evocan hoy, cuarenta años después, la realidad de una España que desgraciadamente, no existe.

Tuvo imitadores, pero ni la pipa ni su barba pudieron repetirse porque Balbín solamente era José Luis. Cuando yo era estudiante de periodismo le pedí una entrevista y le hice una foto en donde se veía el puño y la pipa. La enmarcó y yo he querido colgarla en este texto pero no sé dónde la tengo, ¡qué cabeza la mía!

Quizá entre barbas y pipas se encuentren el conocimiento y las palabras. Sé de más de uno que atusándose la misma puede enredarte como el maestro José Luis Balbín, para siempre.

Descansa en la paz de Asturias —patria querida— compañero.

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