Braille, letras grandes, accesibilidad visual… ¿y a mí qué, si veo bien?

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Accesibilidad visual… y a mí ¿qué? Tiene que llegar un día mundial para que caigamos en la cuenta y —con suerte— nos preguntemos si todo está hecho para todos. Solo hace falta salir a la calle y cerrar los ojos para comprobar que probablemente nos daría miedo enfrentarnos a la realidad si hemos perdido la vista. Braille, accesibilidad visual… eso ¿para qué?

Cuando dejamos de ver lentamente, las escenas se tornan turbias, acaso se llenan de masas con color sin forma. Lo que identificábamos deja de existir porque vamos perdiendo la memoria visual lentamente. Si a eso le sumamos que ya no podemos leer carteles, imaginemos por tanto, cómo pueden vivir esas personas que no tienen lo mismo que yo. Si quisieran acceder a un portal —en donde los botones no son accesibles—, ¿cómo pueden saber qué piso es? Si tienen que buscar la cerradura para abrir, tocar la puerta, reconocerla sin ningún dato y pasar.

¿Cómo lo hacen? ¿Cómo se puede aprender a ver si ya eres mayor?

Esa acción que dura menos de un segundo si ves, puede ser una empresa compleja si estás dejando de ver —no digamos si no ves nada—. Una realidad que sigue sin ser obligatoria y que vemos que aún falta en el día a día de las personas que no pueden leer porque no ven. De la misma manera, vemos que este alfabeto llamado Braille por su inventor, no está dispuesto en los carteles, ni en los productos, ni tampoco podemos saber cuál es la composición de un medicamento, distinguir el brik de leche frente al de un zumo, saber cuál es la camisa verde o estudiar la lección que nos han pedido.

Alfabeto Braille.

Para una persona con discapacidad visual vemos que cualquier elemento de accesibilidad, contraste, forma, icono, dibujo, cartel, etcétera es muy importante; cuestiones que nosotros despreciamos porque podemos leer. No digamos si hablamos del pavimento podotáctil del suelo que sigue estando dispuesto según cae la loseta o según Manolo —el operario que le comenta a Antonio— «p’allá, debe ser p’allá…» y lo deja como le parece porque para qué.

No es que no haya ningún interés por hacerlo bien, por mantener al menos la norma arquitectónica descrita para ser cumplida, tampoco por completar la casilla de la accesibilidad, aunque estemos obligados por la Convención Internacional de Personas con Discapacidad desde hace más de una década, simplemente, no se ve la necesidad porque no es para todos, solo para algunos que ven poco, ven mal o no ven.

La accesibilidad, los accesos, los semáforos sonoros, los carteles con contraste, las losetas en el suelo con redondeles o rayas de color rosa o gris oscuro, todo ello, sigue siendo una asignatura pendiente como recogemos en este periódico siempre que nos llega una queja o en la recién estrenada plaza de España de Madrid que llegados al caso, y tras varias denuncias, al parecer, van a empezar a remodelar por segunda vez, (porque en la primera nadie se preguntó para qué servían esas plaquetas para ciegos).

Pavimento podotáctil de acera.

Y así y todo, llegamos al día mundial de este lenguaje que permite identificar con puntos las letras del alfabeto y con ello, enseñar a leer a las personas que de otro modo, nunca tendrían acceso a los contenidos que nosotros leemos. La accesibilidad visual —que sigue siendo una materia que no importa— solo llegará a preocuparnos si algún día al tener un texto delante, vemos que hay letras pero no sabemos qué pone. Entonces echaremos la mano a las gafas de presbicia y caeremos en la cuenta que tiene solución. Cuando no ves, o empiezas a ver poco —pero no se soluciona con lentes ni operaciones— las cosas cambian y tu aislamiento comienza a ser una realidad. Con baja visión no se aprende bien braille porque existen restos visuales —pequeños— a los que nos agarramos hasta que desaparezcan. Y por tanto, estos pequeños puntos, solo le servirán a los ciegos pero no sabemos cuánto.

Caja de medicamento con alfabeto Braille que indica nombre del mismo y cantidad en miligramos.

No costaría nada que todos los productos de consumo: carteles, folletos, cajas, prospectos, medicamentos, etcétera, tuvieran impresos esos puntos que despreciamos porque «p’a qué servirá esto, oye…».

Es tan útil que ayudaríamos a los cuarenta millones de personas que no tienen la dicha de ver. Gracias a Louis Braille*, esto no sería un problema, aunque ya se encargan las empresas de no hacer las cosas accesibles ni tampoco de imprimir esos molestos puntos, como he llegado a escuchar alguna vez.

Como rezaba Carmen Martín Gaite en su obra Entre visillos: «Señora, concédeme la dicha de seguir mirando». Pues eso… ¿Y a mi qué si veo bien?

*Louis Braille fue un pedagogo francés que perdió la vista e inventó un sistema de lectoescritura táctil en el siglo XIX.

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