*Miguel Díez R. para Prensa Social

Carpe diem es una locución latina para expresar un tópico literario, un tema recurrente en la literatura universal que cobró especial importancia en el Renacimiento y en el Barroco, pero que, desde las más antiguas manifestaciones literarias, llega fresco hasta nuestros días.

La expresión está tomada de la oda a Leuconoe del poeta latino Quinto Horacio Flaco (65-8 a.C) y es una incitación a gozar de la vida y la juventud (“coge, agarra el día”; “aprovecha la ocasión o el momento”, “vive a tope la vida”) ante la certidumbre de que pronto llegarán la vejez y la muerte. Este es el texto de Horacio:

Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi / finem dii dederint, Leuconoe, nec Babilonios / temptaris numeros. Ut melius quicquid erit pati! / Seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam, / quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare / Tyrrhenum, sapias, vina liques et spatio brevi / spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit invida / aetas: carpe diem, quam minimum crédula postero.

[No pretendas saber —es peligroso— / qué fin, a mí y a ti, los dioses nos reservan, / ni consultes, Leucónoe, las tablas babilonias. / ¡Será mejor sufrir lo que viniere! / Ya Júpiter te dé muchos inviernos / o el último sea éste, que fatiga / el mar Tirreno, ahora, entre las rocas, / ten sensatez, filtra tu vino y ciñe, / a este tan breve espacio, una larga esperanza. / Huye, mientras hablamos, envidiosa la edad: / agarra el día, no te fíes apenas del dudoso mañana (Trad. Paz Díez Taboada)].

Este tema horaciano tuvo una importante recreación en el poema De rosis nascentibus del poeta latino-galo cristiano Décimo Magno Ausonio (310-h.393 d.C.), que en su última parte dice así:

“...La rosa que hacía poco brillaba con el fuego intenso de su corona, perdía el color al caerse los pétalos. Yo estaba sorprendido de ver el robo implacable del tiempo huidizo, de contemplar cómo envejecen las rosas apenas nacidas. He aquí que la purpúrea cabellera de la flor orgullosa la deja mientras hablo y es la tierra la que brilla cubierta de rubor. Tales bellezas, tantos brotes, tan variados cambios un único día los produce y ese día acaba con ellos. Lamentamos, Naturaleza, que sea tan breve el regalo de las flores: nos robas ante los mismos ojos los obsequios que muestras. Apenas tan larga como un solo día es la vida de las rosas; tan pronto llegan a su plenitud, las empuja su propia vejez. Si vio nacer una la Aurora rutilante, a esa la caída de la tarde la contempla ya mustia. Mas no importa: aunque inexorablemente deba la rosa rápida morir, ella misma prolonga su vida con los nuevos brotes. Coge las rosas, muchacha, mientras está fresca tu juventud, pero no olvides que así se desliza también tu vida” [“Collige, virgo, rosas, dum flos novus, et nova pubes, / et memor esto aevum sic properare tuum”] 

Desde entonces, el carpe diem quedó ligado al tema de “la brevedad de la rosa”; pues si Horacio exhortaba a aprovechar el presente y, sobre todo, el tiempo feliz de la juventud, éste encontró su mejor metáfora en la efímera belleza de la rosa, de tan breve vida. Y de esta manera los dos tópicos, complementarios y con un mismo motivo, quedaron unidos para siempre.

                                                                          Antecedentes del tópico

Pero, como ya indicábamos, este tema-tópico, formulado con exactitud y definitivamente en la expresión horaciana del carpe diem, ya se apunta o se vislumbra  en textos literarios muy antiguos.

Un ejemplo señalado se encuentra en la Epopeya de Gilgamesh, considerada la primera gran manifestación literaria de la humanidad de la que se tiene noticia, y cuya versión asiria, que data del siglo VII a.C., recoge una tradición sumerio-babilónica de muchos siglos atrás. Siduri, la misteriosa tabernera que vive en los confines del océano, le dice al héroe estas palabras con las que le incita al placer y al gozo cotidiano para disuadirle de la búsqueda de la inmortalidad que nunca nadie había alcanzado jamás:

“Gilgamesh, ¿por qué vagas de un lado a otro? / No alcanzarás la vida que persigues. / Cuando los dioses crearon la humanidad, / decidieron que su destino fuese morir / y reservaron la Vida para sí mismos. / En cuanto a ti, Gilgamesh, llena tu vientre, / diviértete día y noche, / cada día y cada noche sean de fiesta, / el día y la noche gózalos. / Ponte vestidos bordados, / lava tu cabeza y báñate. / Cuando el niño te tome de la mano, atiéndelo y regocíjate / y deléitate cuando tu mujer te abrace, / porque también eso es destino de la humanidad”.

También en la Biblia se lee un texto muy parecido al de Gilgamesh:

…lleva siempre vestidos blancos y no falte el perfume en tu cabeza, disfruta la vida con la mujer que amas, todo lo que te dure esa vida fugaz, todos esos años fugaces que te han concedido bajo el sol; que esa es tu suerte mientras vives y te fatigas bajo el sol”. Y, más adelante: “disfruta mientras eres muchacho y pásalo bien en tu juventud […]. Rechaza las penas del corazón y rehúye los dolores del cuerpo: niñez y juventud son efímeras”.

A Buda (Siddhartha Gautama, 563 a.C-486 a.C.), el legendario y sabio personaje indio, se le atribuye el siguiente consejo:

“El secreto de la salud, mental y corporal, está en no lamentarse por el pasado, preocuparse por el futuro ni adelantarse a los problemas, sino vivir sabia y seriamente el ahora”.

En la literatura clásica griega, ya Anacreonte (entre los años 574 y 485 a.C.) resume el tema con estas palabras:

           «La muerte es inevitable, con ekla termina para nosotros el placer y la belleza de las cosas: la alegría del amor y del vino que ahora gozamos, coronados de rosas, es nuestro único patrimonio, que debemos aprovechar todo lo que podamos.»

Si volvemos a la literatura latina,  además de Horacio y Ausonio, otros muchos autores se acercaron al tema del Carpe diem, como es el caso de Catulo (87 a.C.-h. 54 a.C.) o el de Tibulo (55 a.C.-19 a.C) y Propercio (50 a.C.-15 a.C.):

Vivamos, Lesbia, amemos; / que nos importe un bledo / el cuchicheo de los carcamales. / Puede morir el sol y renacer, / mas, una vez que muere nuestra breve luz, / una y eterna noche para dormir nos queda”.

   “Pero tú, mientras te florece la época de la vida joven / disfrútala…”.

“Mientras nos permiten los hados, saciemos en el amor nuestros ojos: / ya viene una larga noche, y no ha de volver el día”.

En la lápida de una tumba romana perteneciente al siglo I de nuestra era, encontrada en la antigua Abdera (Adra, Almería), se lee este epitafio, impresionante síntesis del carpe diem: 

        “No fui nada, y ahora nada soy. / Pero tú, que aún existes, bebe, goza de la vida… / y luego ven”.

Pero, como decíamos, es en los siglos áureos —Renacimiento y Barroco— cuando el tema del carpe diem cobra una preeminencia destacada.

                                                                                           Un soneto francés

Para muchos estudiosos, uno de los más hermosos y originales sonetos sobre este tema es el del poeta renacentista francés Pierre de Ronsard (1524-1585). Este sorprendente poema produce una extraña sensación de modernidad por su palpitación cordial y por la inclusión en él, tan directa y personal, del propio poeta. Lo podemos leer en esta buena traducción a nuestra lengua:

«Cuando seas muy vieja, a la luz de una vela / y al amor de la lumbre, devanando e hilando, / cantarás estos versos y dirás deslumbrada: / “Me los hizo Ronsard cuando yo era más bella”. // No habrá entonces sirvienta que al oír tus palabras, / aunque ya doblegada por el peso del sueño, / cuando suene mi nombre la cabeza no yerga / y bendiga mi nombre, inmortal por la gloria. // Yo seré bajo tierra descarnado fantasma / y a la sombra de mirtos tendré ya mi reposo; / para entonces serás una vieja encorvada, // añorando mi amor, tus desdenes llorando. / Vive ahora; no aguardes a que llegue el mañana: / coge hoy mismo las rosas que te ofrece la vida» 

                                                                                                        Un soneto italiano

Si nos centramos en España, muchas de las versiones poéticas del tópico tienen su origen en un soneto de Bernardo Tasso (1493-1569) que, por su importancia, reproducimos en italiano, seguido de una magnífica —y la única conocida— traducción libre española realizada por mi mujer:

Mentre che l’aureo crin v’ondeggia intorno / a l’ampia fronte con leggiadro errore; / mentre che di vermiglio e bel colore / vi fa la primavera al volto adorno. // Mentre che v’apre il ciel puro il giorno, / cogliete, o giovinette, il vago fiore / de vostri più dolci anni; e con amore / state sovente in lieto e bel soggiorno. // Verrà poi’l verno, che di bianca neve / soul i poggi vestir, coprir la rosa / e le pioggie tornar aride e meste. // Cogliete, ah stolte, il fior, ah siate preste, / che fugaci son l’ore, è’l tempo lieve / e veloce a la fin corre ogni cosa.

[Mientras vuestro áureo pelo ondea en torno / de la amplia frente con gentil descuido; / mientras que de color bello, encarnado, / la primavera adorna vuestro rostro. // Mientras que el cielo os abre puro el día, / coged, oh jovencitas, la flor vaga / de vuestros dulces años y, amorosas, / tened siempre un alegre y buen semblante. // Vendrá el invierno, que, de blanca nieve, / suele vestir alturas, cubrir rosas / y a las lluvias tornar arduas y tristes. // Coged, tontas, la flor, ¡ay, estad prestas!: / fugaces son las horas, breve el tiempo / y a su fin corren rápidas las cosas (Trad. Paz Díez Taboada)].

Los dos más importantes poemas españoles sobre el Carpe diem pertenecen a Garcilaso y a Góngora.

                                                        El soneto de Garcilaso de la Vega

En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

Garcilaso parece claro que tiene como modelo e “imita” el soneto arriba indicado de Bernardo Tasso, pero es importante a este respecto hacer una aclaración. El concepto clásico de la imitatio, vigente en el Renacimiento, no significaba una mera copia y, ni mucho menos, un plagio. Era un principio, comúnmente aceptado, de continuidad y permanencia en la tradición clásica, emulando a los grandes maestros y tratando de superarlos, y esto es lo que sucede con el soneto del poeta toledano.

En los dos cuartetos y en el primer verso y mitad del segundo de la tercera estrofa, todos los elementos descriptivos, con destacada riqueza de adjetivos e imágenes, aluden a la primavera: el color de rosa y azucena, el mirar ardiente juvenil, el cabello dorado, el hermoso cuello blanco y enhiesto y el dulce fruto primaveral… En los versos restantes lo que predomina es el invierno: el tiempo airado, el viento helado, la vejez…

En cada uno de los cuartetos, se expresa una proposición, la conclusión en el primer terceto y la generalización justificadora en el último. En el ritmo pausado del poema no hay urgencia ni ansiedad, sino que parece ser una tranquila invitación a disfrutar de la juventud y de la belleza mientras duren. La angustia ante la muerte, al contrario de lo que sucederá con el poema de Góngora, está ausente aquí. La serenidad y la invitación a vivir en un gozo equilibrado y moderado corresponde a una época, el Renacimiento, mesurada y optimista, en absoluto angustiada y desengañada como sucedería en el Barroco.

Tras la lectura de este soneto, que, como escribió Blanca González de Escandón (la más imortante estudiosa del carpe diem en las letras españolas) , es “en conjunto una graciosa pintura, delicadamente convencional, maravillosamente luminosa”,y olvidada la seria, aunque serena y natural reflexión del último terceto, permanece en nosotros una impresión de delicada frescura juvenil que se corresponde con aquella “primavera” de la cultura europea que fue el Renacimiento.

La imagen de la bella muchacha a la que se alude, cumple el canon renacentista de la belleza —piel blanca, rostro sonrosado, cabello rubio, cuello esbelto; y, en torno a él, revolando, el cabello suelto—; y, así, la imagen de la muchacha guarda clara semejanza con la figura de la diosa del amor, nacida de la espuma del mar, a la que el viento agita la dorada cabellera en torno al albo cuello, tal y como la representó el pintor italiano Sandro Botticelli en el cuadro El nacimiento de Venus (entre 1478 y 1486), uno de los hitos de la pintura universal.

                                                                El soneto de Luis de Góngora

Mientras por competir con tu cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello,

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o viola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

El poema de Góngora se inserta en la larga y fecunda cadena de reelaboración del soneto de Bernardo Tasso y a la que hay que sumar la del de Garcilaso. El tema es el mismo: “Goza, muchacha de tus encantos, antes que se marchiten”, pero introduce un cambio notable al no estar presente la rosa. Las imágenes de la hermosura son aquí otras flores, el lirio y el clavel, y otras materias como el oro y el cristal, y estas bellas metáforas destacan engastadas en una artificiosa estructura, resultado de una cuidadosa elaboración que en Garcilaso apenas estaba esbozada.

El poeta cordobés desarrolla una serie de correlaciones o paralelismos léxicos que se van organizando con una complicada simetría cuaternaria determinada por las palabras “cabello, frente, labio, cuello” metaforizados en “oro, lilio, clavel, cristal”, que se repiten desordenados en el primer terceto. El tema del carpe diem parece quedar aquí reducido a un mero pretexto que, como ya hemos indicado, le permite al poeta desarrollar toda una serie perfectamente trabada de bellas imágenes. Además, de acuerdo con la estética y sensibilidad barrocas, Góngora ha tratado el tema de muy distinta manera a como lo hizo el renacentista Garcilaso. El poeta toledano, como dijimos en su momento, hace una llamada a gozar de la vida, sin angustia, tranquila y serenamente, antes de que lleguen, como algo natural, la vejez y la muerte; en cambio, el poeta andaluz pone el acento en la caducidad de la belleza y la juventud, en la muerte que todo lo destruye y en el goce desesperado —angustiado, podríamos decir— de una vida tan precaria y fugaz. Por todo ello se puede afirmar que es este uno de los textos que mejor revelan el paso de la plenitud risueña y vitalista del Renacimiento al desengaño del Barroco.

Carballo Picazo resumió los rasgos esenciales del barroco que hay en este poema: “La violencia, la tensión, el dinamismo, el ensombrecimiento de la visión del mundo y la complicación en el artificio. La violencia y la tensión surgen al enfrentarse la belleza de la mujer y la hermosura del mundo; el dinamismo, del ritmo rápido; el artificio, de las correlaciones, de los paralelismos; el ensombrecimiento de la visión del mundo, de la actitud del poeta, atento a un colorido sombrío y entregado a un vocabulario negativo, nihilista”.

Pero lo realmente estremecedor del poema gongorino es el final: la luminosidad e imaginería colorista de los versos anteriores y el desasosegado y frenético ritmo precedente se derrumban y aniquilan en el violento contraste del último endecasílabo, uno de los más famosos de toda la lírica española y, además, el lento y dramático desfile: “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada” es absolutamente fiel a la conclusión del Collige virgo, rosas: “Goza de la vida, muchacha, antes que toda tu belleza se convierta en nada”.

Es un final de amargo desencanto, de absoluto pesimismo, en el que los cinco elementos nominales se dirigen, como nuestra vida, en gradación descendente hacia la nada. Muerto el hombre, es enterrado; en tierra, el cuerpo expele el humo de la descomposición orgánica; de ella, sólo quedan cenizas, polvo; luego, la sombra del nombre o quizá el recuerdo en la memoria de algún ser querido; y, tras ello, absolutamente “nada”. Un verso que proyecta toda su magia sobre el resto del soneto y lo deja marcado con su sello y que es imposible imaginarlo en un autor que no fuera un barroco español.

Del acierto de este verso da testimonio el largo desfile de poetas que lo imitaron, como, entre otros muchos, Lope de Vega (…polvo, humo, nada, viento y sombra); el portugués Francisco Manuel de Melo (es tierra, es polvo, es humo, es sombra, es nada); Antonio Mira de Mescua (es polvo, es rosa pisada, / es viento, es humo y es nada) o Diego de Torres Villarroel (la tierra, el polvo, el humo, en fin, la nada).

Si volvemos la vista atrás, se pueden rastrear antecedentes del famoso verso de Góngora en la Biblia. Recordemos la conocida fórmula litúrgica:Memento homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris (“Recuerda, hombre, que eres polvo, y que al polvo regresarás”) que el sacerdote católico pronuncia cuando impone la ceniza sobre los fieles, el llamado Miércoles de Ceniza (primer día de la Cuaresma)Esta fórmula recoge un versículo del Génesis (3, 19) que en la versión latina de la Biblia Vulgata diceIn sudore vultus tui vesceris pane, donec revertaris in terram de qua sumptus es: quia pulvis es et in pulverem reverteris (“Con el sudor de tu rostro te alimentarás de pan, hasta que regreses a la tierra de la que fuiste formado: porque eres polvo y al polvo regresarás”).

Si volvemos al mismo Horacio, nos encontramos con esta expresión categórica: Pulvis et umbra sumus (“Somos polvo y sombra”),y estas palabras y las de Góngora nos llevan a una tumba de la catedral de Toledo en la que yace enterrado, en pleno período barroco, el cardenal Portocarrero, uno de los españoles más poderosos e importantes de su tiempo. Sobre la lápida de bronce hay una inscripción en letras doradas que dice: Hic iacet pulvis, cinis et nihil (“Aquí yace polvo, ceniza y nada”); lo cual, sin que indique una relación directa con el verso del poeta andaluz, responde a un mismo pensamiento de aquella época que decía desdeñar el oropel de la gloria humana, tan exaltada en el Renacimiento.

                                          Otros poemas renacentistas y barrocos sobre el “Carpe diem”

Ya hemos dicho que el carpe diem es uno de los temas más tratados en el Renacimiento y el Barroco; veamos algunos ejemplos.

Este primer soneto, que sigue los pasos de Garcilaso, pertenece a Bernardo de Balbuena (1561-1627):

“Mientras que por la limpia y tersa frente / ese cabello de oro ensortijado / al fresco viento vuela enmarañado / sobre las tiernas rosas del oriente, // mientras la primavera está presente, / de este clavel, sobre marfil sentado, / coged las flores y alegrías del prado, / que el tiempo corre, huye y no se siente. // ¿De qué fruto os será la hermosura / cuando el invierno vista de su nieve / la cumbre de oro y encarnadas rosas? // Si la edad pasa, el tiempo la apresura, / las hojas vuelan y en su curso breve / hallan y tienen fin todas las cosas”.

No podemos olvidar otro soneto del mismo Góngora que comienza “Ilustre y hermosísima María” —verso tomado, por cierto, de la Égloga III de Garcilaso— también sobre el tema del carpe diem, y que, como un frenético grito de ansia por la más luminosa belleza, de incitación al rápido goce de todo lo que esplende y refulge, finaliza con este terceto en el que se podría condensar toda la poesía barroca: “…antes que lo que hoy es rubio tesoro / venza a la blanca nieve su blancura, / ¡goza, goza el color, la luz, el oro!”.

Otro de los grandes hitos poéticos del carpe diem, con un tratamiento típicamente barroco,es un soneto de la gran poetisa mexicana Juana de Asbaje —llamada en religión sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), nombre con que ha pasado a la literatura—:

“Miró Celia una rosa que en el prado / ostentaba feliz la pompa vana, / y con afeites de carmín y grana / bañaba alegre el rostro delicado; // y dijo: “Goza sin temor del hado / el curso breve de tu edad lozana, / pues no podrá la muerte de mañana / quitarte lo que hubieres hoy gozado. // Y aunque llega la muerte presurosa / y tu fragante vida se te aleja, / no sientas el morir tan bella y moza: // mira que la experiencia te aconseja / que es fortuna morirte siendo hermosa / y no ver el ultraje de ser vieja”.

  El  siguiente comentario fue  escrito  por Paz Díez Taboada (1942-2020)

El tema del Carpe diem en el poema que comentamos es uno de los grandes hitos barrocos pero con un tratamiento muy original al romper la tradición del tema  y  transformarlo totalmente en tres aspectos. En primer lugar,  porque pone en boca de una mujer, Celia,  el imperativo  (“goza sin temor…”), al contrario de toda la tradición anterior en la que se da por supuesto que es, en su mayoría, -hay una excepción digna de referencia: en un hermoso poema de la poeta uruguaya Juana de Ibarborou (1892-1979), Tómame ahora que es temprano…, la voz que habla es la de una mujer- un personaje masculino o una tercera persona el protagonista. Una segunda novedad es que Celia apostrofa directamente a la rosa, aunque en ella esté simbolizada la propia autora y todas las jóvenes hermosas, al contrario de los poemas tradicionales en los que predomina el “collige virgo...”dirigido directamente a una joven. Y por fin, el enfoque más novedoso y original es que exhorta a todas las bellas muchachas a gozar en su mocedad, y así  afrontar el destino aciago que espera a todo ser vivo, porque, si el tiempo huye (Tempus fugit) y “llega la muerte presurosa”, más vale morir en la plenitud de la edad y la belleza que conocer el ultraje de la vejez, idea en la que parece latir el verso 45 de la Sátira XI del poeta romano Juvenal (finales del siglo I y comienzos del siglo II): “la vejez es peor que la muerte” (morte magis metuenda senectus), sin olvidar la conocida frase del comediógrafo griego Menandro (342 a.C.- 292 a.C.): “Muere joven el amado de los dioses”.

Esta última es pues la profunda novedad, el sello del poema que Sor Juana nos proporciona en el tema del carpe diem, lo que le da una característica propia y distintiva: la muerte no es una injuria; ser vieja sí lo es, es un ultraje, por eso es preferible gozar en plena juventud y morir antes de que venga la vejez.

Ningún otro poema anterior en lengua española había tratado de esta manera el tema del Carpe diem.  En palabras de García Berrio: “En lo que Sor Juana parece empeñada en sobrepujar toda medida prudente, es en la proclamación del componente epicúreo de la concepción del tópico. El “goza mientras seas bella” va mucho más allá en esta fina y valerosa poetisa: la muerte, si llega en la plenitud de la belleza, no importa; el goce de tanta hermosura es tan remunerador en sí mismo, que hasta las tinieblas de la vejez pasan a segundo término”.

Evidente relación con el Mientras por competir con tu cabellode Góngora presenta el soneto “A una dama” de Diego de Torres Villarroel (1693-1770):

“Nace el sol derramando su hermosura, / pero pronto en el mar busca el reposo; / ¡oh condición inestable de lo hermoso, / que en el cielo también tan poco dura. // Llega el estío, y el cristal apura / del arroyo que corre presuroso; / mas ¿qué mucho si el tiempo codicioso / de sí mismo, tampoco se asegura? // Que hoy eres sol, cristal, ángel, aurora, / ni lo disputo, niego, ni lo extraño; / mas poco ha de durarte, bella Flora, // que el tiempo, con su curso y con su engaño, / ha de trocar la luz que hoy te adora / en sombras, en horror y en desengaño”.

                                               El “carpe diem” en el siglo XX

Si de los siglos áureos damos un salto hasta tiempos más recientes de las literaturas hispánicas, quizá la expresión más dramática y lapidaria del carpe diem en todo el siglo XX la acuñó el “Divino Rubén” en una estrofa de “Poema del otoño”:

“Gozad del sol, de la pagana / luz de sus fuegos; / gozad del sol, porque mañana / estaréis ciegos”.

Con sones especialmente eróticos, lo recreó también la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou (1892-1979) en su poema “La hora”, dirigido a su amante:

“Tómame ahora que aún es temprano / y que llevo dalias nuevas en la mano. // Tómame ahora que aún es sombría / esta taciturna cabellera mía. // Ahora, que tengo la carne olorosa / y los ojos limpios y la piel de rosa. // Ahora, que calza mi planta ligera / la sandalia viva de la primavera. // Ahora, que en mis labios repica la risa / como una campana sacudida aprisa. // Después… ¡Ah, yo sé / que ya nada de eso más tarde tendré! // Que entonces inútil será tu deseo / como ofrenda puesta sobre un mausoleo. // ¡Tómame ahora que aún es temprano / y que tengo rica de nardos la mano! // Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca / y se vuelva mustia la corola fresca. // Hoy, y no mañana. Oh amante. ¿No ves / que la enredadera crecerá ciprés?”.

En fin, el tema pervive en nuestros días. En tono tierno y delicado lo ha tratado Francisco Brines (1932-2021) en un poema titulado precisamente “Collige, virgo, rosas”:

“Estás ya con quien quieres. Ríete y goza. Ama. / Y enciéndete en la noche que ahora empieza, / y entre tantos amigos (y conmigo) / abre los grandes ojos a la vida / con la avidez preciosa de tus años. / La noche, larga, ha de acabar al alba, / y vendrán escuadrones de espías con la luz, / se borrarán los astros, y también el recuerdo, / y la alegría acabará en su nada. // Mas aunque así suceda, enciéndete en la noche, / pues detrás del olvido puede que ella renazca, / y la recobres pura, y aumentada en belleza, / si en ella, por azar, que ya será elección, / sellas la vida en lo mejor que tuvo, // cuando la noche humana se acabe ya del todo, / y venga esa otra luz, rencorosa y extraña, / que antes que tú conozcas, yo ya habré conocido”.

Expresión sencilla y directa de experiencia de vida es el poema de Paz Díez Taboada (1942-2020) Un consejo discreto, dedicado “A Guillermo Solana, en el alba de enero»; tan sereno y tenue en su melancolía:

Porque el alba es delgada / como una jabalina / y la noche aún nos muestra / sus estrellas lejanas; / porque el día se quiebra, / sonrosado, en tu rostro, / quiero dejarte en prenda / un consejo discreto; / vive, goza la luz, / aprende la mañana / y olvida que a las rosas / las mustia su belleza”.

Y de tono crudamente coloquial y directo es el soneto en alejandrinos de Luis Alberto de Cuenca (1950), también titulado “Collige, virgo, rosas”:

Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana. / Córtalas a destajo, desaforadamente, / sin pararte a pensar si son malas o buenas. / Que no quede ni una. Púlete los rosales // que encuentres a tu paso y deja las espinas / para tus compañeras de colegio. Disfruta / de la luz y del oro mientras puedas y rinde / tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico // que va por los jardines instilando veneno. / Goza labios y lengua, machácate de gusto / con quien se deje y no permitas que el otoño // te pille con la piel reseca y sin un hombre / (por lo menos) comiéndote las hechuras del alma. / Y que la negra muerte te quite lo bailado”.

*Miguel Díez R, el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí