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FactorEnergía

Queridos Reyes Magos:

Me recuerdo alzando a alguno de mis hermanos para que echara la carta en ese buzón gualdo y rojo —grande y muy español— en donde depositábamos algo más que una corta descripción de la repartida selección de juguetes para todos, entre las babas de quien pegaba el sobre y la ilusión de sentirnos unidos.

Y es que en tiempos de Maricastaña, cuando en las familias numerosas te pedían que escribieras esa carta, tenías que condensar los deseos de todos para finalmente jugar con alguno de los juguetes que les caían a los demás. No andábamos con problemas de género, entre otras cosas, porque jugábamos juntos, niños y niñas, a los indios y a las muñecas, si se terciaba la cosa. Utilizábamos las chapas con plastilina para hacer los equipos de fútbol o con el tambor del detergente Colon teníamos organizado un grupo de música con dos palos.

Y en esos minutos entre narrar los porqués y pedir con una emoción contenida, las razones por las cuales habías sido bueno —buena, buene—, todo ello era más importante que el regalo en sí. Sólo tenías regalos ese día; regalo, para ser más exactos.

Jugar, que es acaso aquello que nos falta cuando nos dicen que ya somos mayores, nos permite crear un universo paralelo a éste. Meterte en un charco y llenarte de barro, subir una montaña sin rumbo ni agua, pasar un frío intenso y partirte de risa, divertirte conduciendo sin destino o comer ostras en un banco de un parque mientras la gente pasa de largo puede no sonar muy de adulto, pero es que ése es el problema. Dejamos de soñar el día que acatamos el famoso qué dirán y nos encorsetamos en las normas de lo que debe hacerse para parecer no sé bien qué; y nos perdemos el regalo que nos da el mero hecho de estar vivos.

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[Queridos lectores: como recordaba hace escasos siete días con aquello de atesorar momentos —quizá unirlos todos en la película de la vida, que no es rutinaria, y ponerlos en bucle para sonreír—: refresquen el alma, y que esas emociones que guarda la memoria sine die les alimenten el corazón. Eso que alguna vez hicimos con la película —en singular— de Cinexín que nos hacía pasar tardes deliciosas porque veíamos juntos esas escenas. Ay…]

Y en estos días cuando no pasa nada, cuando analizamos que es el tercer año de pandemia, nos damos cuenta de que vivimos en una jaula en donde hoy Ómicron y mañana Omega nos mantienen bajo el temor a lo desconocido, con el terrible escenario de la muerte delante; y evitamos vivir porque andamos de puntillas, por si nos toca de cerca. Los afortunados que hemos sobrevivido tantas veces a un momento parecido, siempre distinguimos el trigo de la paja; y verdaderamente el mejor regalo es aquello que se tiene, y no está bajo un árbol un 5 de enero por la noche.

Las perspectivas de este país hundido, lleno de personas mayores atemorizadas, que siguen cobrando una pensión ridícula, jóvenes con carrera años enteros en sus casas viendo Netflix, personas maduras sin futuro y un nación que se desvanece por la inutilidad manifiesta de los que se hacen llamar políticos, nos hace creer, querido Melchor, que no hay regalo que nos permita volver a ser lo que éramos.

Gaspar, no me diréis que el panorama no se presenta negro; os lo digo a vos porque si se lo comento a S.M. el rey Baltasar me denuncian por mis palabras; y es que al caminar en esta permanente crispación les hemos arrebatado la infancia a los niños haciéndoles creer que si triunfan, son influencers, cantan o cocinan como mayores, serán felices. Y no. Ese regalo que se llama infancia, que se prolonga —pocos años— en la juventud y luego se esfuma —divino tesoro, te vas para no volver— se lo debemos y nos lo debemos. Y lo mismo sucede con los mayores. Perder días, años, instantes para regalárselos al pasado nos hace creer que ya es el final, y no.

Quizá en mi carta sólo pida una caja llena de salud para todos los que siento cerca y seguir como hasta ahora sin hacer demasiado ruido en esta España nuestra; y que verdaderamente se terminen el hambre, la pobreza y las guerras. El otro regalo supone amar sin fisuras y encontrarse entre la paz y el sosiego, en cualquier parte en un lugar que yo llamo «el mejor sitio del mundo» y casualmente lo trajeron ustedes, por más señas. Tan sólo eso.

Gracias, Majestades.

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2 COMENTARIOS

  1. Estimada directora, gracias por «escribirme» esa carta, eso es escribir con estilo, respeto y RIGOR periodístico. Una voz que clama en este desierto de incapacitados que se olvidan de los discapacitados y miran para otro lado, pero que se acicalan y ponen carita de solidarios en cuanto aparece un móvil de última generación para hacerse un selfie. En fin, yo que no soy nada monárquico ni mago, me siento muy feliz por este regalo que hoy he recibido de usted.

    • Estimado rey:
      Le agradezco profundamente sus palabras de este texto que solamente reproduce esas pequeñas cosas que aludía Serrat; esas, que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel o en un cajón.
      Espero que le colmen de dicha con los regalos de la vida. Una vez que uno los identifica no deja nunca de ser feliz.
      Felices Reyes, querido lector.

      Ana De Luis, directora.

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