Cada mañana se levantan algunas personas pensando que quizá, con su conocimiento, voluntad y atención, esas otras que han escogido ese día para suicidarse, llamen y haya alguien al otro lado de la vida. Son los voluntarios de los diversos teléfonos privados contra el suicidio que existen en España, entidades que no llegan a atender toda la demanda que existe. Salvar la vida, salvar su vida.

Y es ésta la que está comprometida y no tiene edad. Niños de 14 años que no saben bien por qué deben seguir aquí; multimillonarios a los que no parece no faltarles de nada pero no saben cómo seguir; parados abandonados al quedarse en paro, personas aparentemente felices que no quieren seguir sufriendo, y suma y sigue.

«A lo largo de las próximas semanas…», decía usted hace más de catorce. El sábado 9 de octubre, víspera del Día por la Salud Mental. Del año pasado, señor Sánchez.

Al otro lado el esperado Teléfono contra el Suicidio aparecerán esos y otros perfiles; porque, señor presidente del Gobierno, una cosa es hablar del suicidio en abstracto, sin saber nada de él, y otra conversar con un suicida sin tener ni idea de quién es ni por qué realmente no encuentra otra salida. Y hete aquí que usted, con todo en su mano para hacer, un sábado de octubre prometió aliviar tanto sufrimiento.

Ya sé que habilitar un simple Teléfono contra el Suicidio no va a solucionar sin más el problema, pero quizá deje entrar un rayo de luz entre las tinieblas. Por la especialidad de psiquiatría infantil y adolescente, que también avanzó como novedad a bombo y platillo, ni le pregunto.

En esa pieza escuchamos todos: «El jefe del Ejecutivo informó de la puesta en marcha de un teléfono de información 24 horas, gratuito y confidencial, de atención profesional y apoyo ante la conducta suicida, con capacidad de derivación rápida a los servicios de emergencia correspondientes ante una situación de crisis. Pedro Sánchez subrayó la importancia de no estigmatizar los trastornos mentales como signo de debilidad de quienes los padecen. Visibilizarlos es un ejemplo de valentía y de coraje. Porque nadie está a salvo de ellos. Y porque una sociedad fuerte es la que está más cohesionada, la que no excluye, la que integra».

En la misma comparecencia afirmaba también:

«Que el 10,8% de la población española haya consumido tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir y el 4,5% haya tomado antidepresivos o estimulantes en las últimos días dice mucho del estado de salud de nuestra sociedad y de sus problemas estructurales. Tenemos que analizarlos y hacerles frente con toda la responsabilidad y el poder que tiene el Estado, y también con el apoyo de las sociedades científicas. Nuestra responsabilidad es actuar».

Según nos apunta H.V.L. psicólogo voluntario de la asociación La Barandilla, el llamado «Escucha» que sí tiene operativo un teléfono, las llamadas han aumentado exponencialmente en estos años de pandemia, «y este asunto no entiende de edades», añade. Que toda esta situación en mayor o menor medida esté afectando tanto a jóvenes como a personas de edad madura, no es baladí.

«Decidir quitarte la vida va contra natura», añade el psicólogo. «No es tan fácil, además. ¿Qué haces? ¿Te tiras de un sexto piso? ¿Te envenenas? ¿Te cortas las venas? No acertar y quedarte herido es un riesgo pero en el leve instinto de supervivencia que aún queda, llamas».

En la metáfora del poder, entiendo que usted cuando tiene el zumo de naranja recién exprimido y desayuna con vistas a la bodeguiya, con y, de sus antecesores, difícilmente pueda encajar que en ese mismo momento, con el café soluble de bote y la galleta María flotando en esa taza —que me regalaron comprando tres— pueda usted situarse en un escenario que le ponga en semejante tesitura.

«Terminar con nuestra vida es un acto que traiciona nuestro impulso más primitivo, sobrevivir; para que este acto se consume, el suicida debe sobreponerse al cerebro reptiliano, la parte más instintiva y primigenia de nuestra cognición. Para ello, no tiene que haber otra salida, y el contexto emocional de la persona ha de exceder la capacidad de gestión de la misma», decía este psicólogo en una entrevista que nos concedió el pasado 13 de diciembre.

—La llamada es la que permitirá que hables de lo que te pasa durante el tiempo necesario, así que animo a todos aquellos que hoy han decidido quitarse la vida que nos llamen antes —comenta.

Esto, señor Sánchez —un teléfono, el 024, le recuerdo—, lo iba a habilitar usted en unas semanillas. Las próximas, no dijo cuántas. Pues 2020 fue el año con más suicidios en la historia de España desde que existe el registro (1906): once al día; y ¿cuántos días han pasado desde aquel discurso suyo del 9 de octubre de 2021? ¿Cómo sigue leyendo esto en vez de poner el dichoso teléfono?

España es un país de personas mayores, dependientes, con discapacidad; y muchas de ellas no saben cómo seguir. No digamos esos jóvenes en paro; y no tan jóvenes, como tantas personas mayores de 45 años sin horizonte; empresarios que han entrado en quiebra técnica; desesperación, desolación, falta de motivación. Hay para todos, porque también, repito, hablamos de gente que aparentemente tienen dinero y todas las comodidades a su disposición.

¿Cuántos de ellos decidirán quitarse la vida?

¿Cuántas «próximas semanas» más se va a hacer esperar el teléfono 024 de marras? ¿Hasta 2024? Es por calcular. Deduzca usted las consecuencias de perder compatriotas a chorros allí donde mire; ya sea en residencias, porque no sabe contar los que verdaderamente fallecieron en la primera ola de la covi, sin d, o porque ahora, en la sexta, seguimos contando de cien en cien los que nos abandonan. No es una broma, no es algo pendiente. Es su prioridad, o debería serlo. ¡Nomás fíjese cuán breve ha sido Pepito Grillo!

Atentamente,

Ana De Luis, directora.

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