Esta es la historia de la Inglaterra que empieza a asomar la cabeza de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial mientras los Estados Unidos reconstruyen la vieja Europa.
Esta es la historia de los discos importados con música afroamericana en los surcos. Esta es la historia de veinteañeros hechizados por el jazz, el blues y el R & B, músicas, en aquel entonces, tan exóticas como fascinantes.
Esta es la historia de cómo esos veinteañeros tomaron al asalto las plateas y los escenarios de los clubs londinenses y empezaron a formar grupos para tocar y recrear la música más negra con los músicas más blancos, para después extenderla por todo el mundo; incluso en el país más reacio a ello: los U.S. of A.
Esta es la historia de Charlie Watts.
A Watts le embrujaron de por vida los mimbres de hard bop con intensidad rayana en la devoción con la que aprendió a tocar la batería desde niño. Ya en Londres, Ian Stewart (un electricista y pianista fascinado por el boogie woogie) y Brian Jones (un fracasado escolar embrujado; a su vez y a partes iguales, por la guitarra slide y el blues más puro) le propusieron entrar en el grupo que estaban formando bajo la advocación de una canción de Muddy Waters: «Rolling Stone», al que no tardaron en unirse algunos de los habituales del circuito de música negra: un exmilitar con un amplificador de lujo, Bill Wyman; un desharrapado sin futuro, Keith Richards y un pijo de la London School of Economics, un tal Mick Jagger.
El ésto es historia.
La química entre los seis estalló y, por un lado, hicieron propios los grandes clásicos del blues (que nunca sonaron igual) y por otro , emulando a los Beatles empezaron a componer canciones propias que el tiempo ha convertido en legendarias y, en algunos casos, hímnica.

Trabajadores incansables (a pesar de lo que pudiera parecer) los Stones no solo propagaron su música a través de capas sociales y todo tipo de país o cultura, sino que se convirtieron en ídolos de la poderosa, excesiva e invencible juventud de los años 60, cuyos modelos (sabia y convenientemente mercantilizados) aún perduran: empezando por el propio grupo; pero ésta es otra historia.
Como era de esperar – dado que no eran, ni mucho menos – ajenos a la condición humana los excesos de la abundancia, hicieron mella en los egos del grupo menos en el de Charlie Watts, que siempre fue el fiel de la balanza de gusto y decisiones impecables.
Firme, preciso, leal, siempre fue como persona igual que como músico: ecuánime y exacto; equilibrado y extravagante; cabal y sobrio. Ajeno a banalidades, apariencias y purpurina, fue el fiel de la balanza del grupo con su credibilidad y versatilidad, que le mantuvieron apartado de pirotecnias y malabarismos tanto en la vida como en la partitura. Esto le permitió mantener una vida estable y consecuente como ser humano, y una carrera paralela y exigente como jazzman. Además atendió sus compromisos con los Stones sin que la más minúscula mota del polvo de estrellas que supura la feria de las vanidades, le manchase ni uno solo de sus impecables trajes a medida.
Y hoy, ahora, y ya sin remedio y para siempre, los Rolling Stones se han quedado sin autenticidad. Sus seguidores hemos perdido nuestra juventud y hemos tenido que madurar de repente cuando el implacable y certero Charlie Watts ha perdido el compás.
Por primera y última vez.

























