«Elegido por la mayoría de la Asamblea al frente del Gobierno, me encuentro con que esta mayoría, y con ella la opinión del país, me imponen que se restablezca la disciplina del Ejército y acabe la guerra civil, apelando a procedimientos [condenas a muerte] que, si bien considero indispensables, pugnan contra mi conciencia; yo no me siento con fuerzas para contrariar los impulsos de mi ánimo y no puedo continuar siendo Gobierno»
(Nicolás Salmerón, que dimitió de la Presidencia de la I República española por no firmar sentencias de muerte).

























