*Paloma Ripollés para Prensa Social

Todo se mueve. Todo se transforma.

Y digo esto porque en el último año he traicionado de la espátula al pincel. Ha sido algo lento, ha sucedido casi sin que me diera cuenta. Reflexiono e intento buscarle una razón. Ahora a todo tengo que buscarle un por qué. Clara-mente como diría Shakira, ha sido un cúmulo de circunstancias. Me siento cómoda con las brochas, sin más. 

La esencia de mi pintura sigue ahí presente: el color y el expresionismo gestual, que son mis armas.Lo que yo llamo mi estilo personal, como la caligrafía que eres capaz de reconocer.

Estoy siempre aprendiendo. Ahora en mis lienzos no solo hay paisajes. Pinto cuadros de familia, retratos y autorretratos. Me atrae como un imán la figura. Y sigo ese instinto.No opongo resistencia. Al fin y al cabo dejarse llevar por lo que sientes que tienes que hacer es un gustazo. Yo no me puedo resistir.

Miro, veo; proceso y ejecuto. Así va el juego. Lleva su tiempo ver y procesar. Cada lienzo en blanco un volver a empezar. Un nuevo reto. Y está claro que cuanto mayor es el reto, más me provoca. Ejecutar es luego la habilidad que tenemos de saber mandar las ordenes correctas al cerebro y que tu mano las obedezca. Y ahí como diría Marangoni, está la diferencia. Nada es casual, yo llego al resultado que quiero. Al que necesito y siento, para llegar al momento en el que decido que la obra de arte llega a «mi» final. Tremenda decisión; nada fácil. Entonces llega al principio de su ser: empezar a ser observada por los demás.Luego cada ojo, cada uno, ve e interpreta según su estado de ánimo y sus propias vivencias. Es lo bonito del arte original. Es su finalidad. 
Dar rienda suelta a la imaginación del espectador. Puede que por eso no haya que dar demasiadas explicaciones, solo pararse, observar y sentir.

Desafiante y divertido.

Paloma Ripollés es pintora

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