Conocí a César Rojo Costa a los dieciséis años. Tenía dieciséis más que yo y me llamaba «Cacho pava» porque en esos años no sabes si vas o vienes. Con el tiempo nos hicimos muy amigos a pesar de la diferencia de edad y solamente hablábamos por teléfono. Nos vimos tres o cuatro veces en todas estas décadas porque nos separaban 500 km. sin reparar que aunque no sabíamos mucho el uno del otro, siempre estuvo pendiente de mi y de mi azarosa vida.

La verdadera amistad es esa que se da sin pedir nada a cambio; esa persona a la que no tienes que explicar nada porque ya lo sabe todo y te acepta sin fisuras.

De repente hoy, hace un rato, un 30 de noviembre de este año aciago, su queridísima esposa Olga —a quien veneraba—, me ha dicho sollozando que se va. Hace escasos tres meses hablábamos de una enfermedad de la sangre. «No saben lo que tengo pero me voy a curar». Y en ese devenir, esperamos que nuestra vida sea esa; una larga, longeva y fructífera experiencia y no, es lo que toca, cuando te toca.

Siempre me hablaba de la verdura, de la fruta, de la gimnasia y tras el cacho pava me pedía que me cuidara mucho. Hoy he sentido un escalofrío enorme. «Ya no puedo hablar con él. Justo ayer, precisamente pensaba llamarle y al final se me hizo muy tarde. Llamaré mañana», he pensado.

Y el mañana es hoy, y hoy tengo el alma rota porque ya no está: mi amigo César, ya no está…

Jamás pude considerar este día cuando me comentó que tenía algo en la sangre pero no daban con ello. No le dí importancia porque él no se la daba e incluso me llamó para decirme que por fin se iba a casa.

«No sé, con la vida tan sana que llevo, cosas que pasan, cacho pava», apostillaba. Y luego me pidió publicar una carta a la directora por el buen trato que había recibido de los profesionales de la Seguridad Social del hospital de san Javier en Murcia.

Empezó a colaborar en este periódico desde el primer día sin pedirme nada a cambio y siempre bajo su prisma, narraba disertaciones que nos hacía creer porque él se las creía: su filosofía de vida; su forma de asir la vida; su manera de vivir. Terco, frágil y sobre todo noble, supo siempre cuidar de sus mayores. Les dedicó la vida, su vida, y hasta que no fallecieron no vivió la suya; su corta vida.

Amaos, llamaos, vivid, sentid, expresad todo, volved a hablar a ese amigo que hace mucho que no sabes de él; volved a sentir que hoy estamos y nos creemos que es para siempre, y no. Va a ser verdad que da lo mismo hacer las cosas bien o mal, tienes un día y llega, vamos si llega.

En su lema de vida lema de vida tenía presente siempre esta frase: «ten la serenidad para aceptar lo que no puedes cambiar; valor para cambiar las cosas que sí puedes y sabiduría para reconocer la diferencia»

Descansa en paz, amigo querido. En el cielo ve y dile a mi padre que te haga un hueco. Tardaré en ir porque tengo mucha plancha. Gracias por enseñarme cada camino y por mostrarme cuantos fallos tuve en ella. Siempre con la mano tendida, siempre ahí. «Adiós chacha,,.». Cuidaré de tu Olga y aprenderé a vivir sin llamarte. Te quiero mucho, no te olvides.

¡Cacho pavo, vaya putada que nos has hecho!

*César Rojo Costa era psicólogo y arquitecto técnico, colaborador de Prensa Social.

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