Como cada trece de diciembre me pregunto cuál es el valor de la vista. Acaso ese que se tiene y no se cuestiona porque está, como casi todas esas cosas que no apreciamos. Vemos desde que nacemos formas y luz que luego se conforman en imágenes que proyectamos, identificamos y nombramos.
Esa información visual arrastrará con los años nuestra futura memoria visual y con ella, nuestras emociones, nuestros recuerdos, nuestro devenir. Pero, ¿qué hay de los que la van perdiendo?
El mero hecho de vernos privados de visión nos hace plantearnos los otros asuntos de la vida; esos, los que acaso no se ven. Y es entonces cuando adquirimos la dimensión real de ese sentido que sin ayudas —en plural— no nos permitiría seguir, creen los que si pueden ver.
Ir perdiendo poquito a poco la vista por la edad, nos recuerda también aquello que teníamos y que apenas valorábamos, la mirada de todo. Asir la vida desde donde sucede. No perdernos el espectáculo de cuanto acontece por simple que esto sea. Desde la naturaleza hasta cualquier gesto por pequeño que esté sea.
Entrar en la vida sin anunciarte como cantó Miguel Ríos alguna vez; verse poquito a poco…conocer y contemplar; mirar y ver; sentir y percibir, y así tantas cosas que quizá nos perderemos en esos días difíciles cuando somos conscientes que estamos perdiendo vista.
La percepción visual nos permite desarrollar el área cognitiva gracias a la información que procesamos al ser vista. De acuerdo con las habilidades perceptuales visuales aprendemos a seleccionar, a discriminar, también, a conocer eso que integramos como válido tras ser reconocido y con ello, construimos el universo —el nuestro— en donde ahondamos para aprender todo lo demás.
Y con todo ello, desarrollamos la percepción de la forma, generamos una atención visual que será distinta de acuerdo con lo que vemos y la velocidad perceptual que nos permitirá avanzar a la hora de reconocer lo aprehendido. Todo ello, año tras año nos hará identificar un pequeño archivo en donde nuestra memoria visual se alimentará, y nos alimentará, de esos datos que percibimos ya nuestros.
Todo esto lo perdemos cuando una vez conocido dejamos de verlo, de mirarlo, de asimilarlo y creamos otro universo, el de la indefensión ante los elementos que miramos y ya no vemos. Un recuerdo, que necesariamente se irá borrando año tras año para dejarlos al descubierto emociones que bajo el amparo de la música, el olor u otro sentido como el tacto, nos devolverá a esas sensaciones ya perdidas en nuestra memoria visual.
Hoy, 13 de diciembre es Santa Lucía, patrona de los ciegos. Lucía de Siracusa se celebra hoy y con ella el recuerdo de su historia. En la misma aunque existen varias leyendas aunque es una una medieval la que recuerdo: cuando estaba en el tribunal a punto de ser juzgada, aún sin ojos, seguía viendo.
También dicen que Jesús en las Sagradas Escrituras devolvió la vista a un ciego: Jesús hizo lodo con la tierra y lo puso en los ojos del hombre ciego. Jesús le dijo al hombre que fuera a lavarse los ojos (Juan 9:6-7)
En todo caso y en cualquier caso, hay personas que tienen ojos y no ven nada; otras que pudiendo ver, no miran; acaso esas que no tuvieron la oportunidad devoren, esas, que van perdiendo se agarren a lo que alguna vez conocieron.
Cada año por esta fecha me pregunto el porqué. Es absurdo lo sé, pero desde entonces aprecio cada imagen que veo, me detengo ante la belleza que nos es dada —esa en la que rara vez reparamos porque está ahí— y quizá, por ello, aprecio si cabe aún más la vida. Porque al abrir los ojos, siempre todo permanecerá ahí delante, inmutable.
A todos los que no ven; a todos los que están dejando de ver, esto es una putada, en castellano. Lo digo, lo repito y me lo repito, quizá tenemos las otras cosas de la vida; acaso, las cosas del querer, como decía otra canción.
¡Con toda mi admiración, vamos!
























