De los malos hábitos poco saludables surgen enfermedades como la degeneración macular asociada a la edad, fruto de una mala alimentación ocular.
Comer bien y de forma sana va más allá de alimentar al cuerpo y rellenarlo diariamente de nutrientes entre bocado y bocado. Comer bien implica brindarle al organismo cuidados, bienestar, estabilidad y salud cardiovascular. Al fallar en ese cometido estamos dando oportunidades de aparición y afianzamiento a las consecuencias posteriores, el desequilibrio de la salud ocular y a enfermedades de la talla de la DMAE o degeneración macular asociada a la edad.
Degeneración macular: la importancia de preservar la salud de los ojos
Comer sano no es un deber imposible de cumplir, pero tampoco algo que se deba descuidar. En su artículo ‘No solo de zanahorias vive la vista: comer sano para ver mejor’, Conchi Lillo recurre al papel relevante de la retina, la parte del ojo encargada de la visión, para hacer entender y captar la relevancia de comer bien y de forma sana si realmente se quiere preservar la salud ocular.
En dicho texto de cargo académico publicado el pasado 31 de octubre, la también asociada a la Universidad de Salamanca revela que la retina está formada principalmente de neuronas, lo que la vincula al sistema nervioso central; siendo además unas células que exigen gran cantidad de nutrientes y oxígeno para su buen funcionamiento, y que demandan la asistencia alimentaria de otras células, al ser incapaces de alimentarse por sí mismas.
Y es que buena parte de la glucosa que consumimos lo termina acaparando el sistema nervioso, aproximadamente el 25 por ciento, según aseveraciones de la académica, un amontonamiento que al tratarse del oxígeno se convierte en un 20 por ciento. Un sistema nervioso compuesto por neuronas, neuronas que viven principalmente para trabajar enviando impulsos nerviosos a las que tienen cerca.
¿Y quiénes se cuentan entre las células vecinas? Sí, los fotorreceptores; esas neuronas modificadas, con forma de conos y bastones, cuya importancia ocular es primordial, al ser los encargados de convertir la información lumínica que desfila ante los ojos en algo entendible para el cerebro. ¿Qué tienen de peculiar?
Que su consumo energético es tres o cuatro veces superior a otras neuronas más activas del sistema nervioso, ya que los fotorreceptores necesitan reponer los fotopigmentos o pigmentos visuales que derrochan con cada estímulo luminoso recibido. Un índice de gasto potente que convierte a los fotorreceptores en las células del cuerpo con mayor demanda nutritiva y mayor consumo energético.
Una reposición que los fotorreceptores no realizan directamente y, en cambio, delegan al quehacer de las células del epitelio pigmentario, sí, esas encargadas de mediar entre los capilares sanguíneos y los fotorreceptores, conservándose intactas e incambiables desde que nacemos hasta que morimos, atareadas siempre en pasarles los nutrientes a los fotorreceptores, por un lado, y verter los desechos de estos en la sangre, por otra parte.
Un trabajo demandante y extenuante el que realiza el epitelio pigmentario, ciertamente, y como toda gran tarea que conlleva una gran responsabilidad, los efectos de un fallo o un mal funcionamiento en su engranaje pueden ser catastróficos, a decir verdad, causando un alud de la salud ocular y su correspondiente avalancha de patologías, desde la aparición de ciertas enfermedades graves de retina, por ejemplo, hasta el desplome total de una ceguera irreversible.
Cuando los malos hábitos acarrean complicaciones oculares
Tras todo lo expuesto arriba, puede entenderse mejor la importancia de una buena alimentación, pues el torrente sanguíneo es muy susceptible, y un mal control de los nutrientes que por ellos fluyen, alcanzando en su recorrido a todas las células y neuronas del cuerpo, incluidas las de la vista, acaba significando una complicación ocular.
La diabetes es un claro ejemplo de este peligro. ¿Por qué? Porque el exceso de azúcar en la sangre que representa esta enfermedad ocasiona, entre otros problemas, la presencia de la retinopatía diabética, una patología ocular manifestada a raíz del deterioro de la circulación sanguínea, caracterizada por el intento del ojo de desarrollar nuevos vasos sanguíneos ante la obstrucción de los capilares sanguíneos que normalmente sustentan a la retina; el problema está en que tales nuevos vasos suelen ser defectuosos, débiles y muy propicios a las fisuras.
Importante es también el trastorno ocular de la degeneración macular asociada a la edad (el llamado DMAE), erigido como una de las peligrosas consecuencias del abuso de grasas y el colesterol y la reiteración de los hábitos poco saludables.
Frecuente en personas mayores de 60 años (afectando al 10 por ciento de la población mayor de 65 y a más del 25 por ciento de los mayores de 75) la degeneración macular asociada a la edad consiste en una enfermedad que se manifiesta en forma de una destrucción lenta y paulatina pero definitiva de la visión central, precisamente aquella que proporciona la agudeza visual y que permite distinguir colores; la aparición del DMAE implica, por lo tanto, una dificultad para leer, conducir, reconocer las caras y percibir detalles finos.
La degeneración macular asociada a la edad es la primera causa de discapacidad visual en los países más desarrollados; autora del 50 por ciento de los casos de ceguera legal en el mundo, y responsable primera de la causa de ceguera legal en España, afectando a unas 700.000 personas, aproximadamente. Su aparición implica un daño irreversible del epitelio pigmentario, la consiguiente muerte secundaria de los fotorreceptores, y, en el peor de los casos, una reproducción anómala de vasos sanguíneos que acaban regando la mácula.
¿Cuáles son los factores de la aparición de la degeneración macular asociada a la edad?
El factor edad, primeramente, ya que con cada año cumplido se agudiza el desgaste prolongado de las células epiteliales; la incapacidad de eliminar del todo y de manera eficiente la acumulación y depósito de los detritos que generan los fotorreceptores, en segundo lugar, lo que fundamenta el desarrollo de la DMAE.
Y, cómo no, los estilos de vida poco saludables, los malos hábitos alimenticios, y el consumo de tabaco y alcohol, siendo este último el riesgo y factor ambiental que más genera esta enfermedad de la retina.
La literatura científica asegura, asimismo, que también existe cierta predisposición genética que lleva a acabar padeciendo degeneración macular asociada a la edad, siendo las personas con mutaciones en genes relacionados con procesos inflamatorios, especialmente, las más propensas a desarrollarla.
¿Qué viene a significar todo esto?
Que mantener una buena alimentación y unos hábitos de vida saludables garantizan una buena salud cardiovascular, desde luego, además de reducir los factores de riesgo conocidos de enfermedades graves, especialmente aquellas ligadas a la visión.
Y si bien algunos médicos tienden a recomendar una dieta saludable con vitaminas, para así complementar a la alimentación y nutrientes en la batalla contra la degeneración macular asociada a la edad, existen revisiones como las realizadas por Cochrane, donde el análisis d diferentes estudios poblacionales advierten que tomar vitamina E o betacaroteno, los suplementos vitamínicos más utilizados para ahuyentar los efectos de la DMAE, ni evitará ni retrasará la aparición de dicha enfermedad.
A ello se añade que, aunque los suplementos vitamínicos son, por norma general, seguros, pueden tener efectos perjudiciales, no obstante; de ahí la importancia de que antes de recomendarlos los rodee una evidencia clara de sus efectos beneficiosos.

























