Llegados a este día ya tenemos el conflicto encima de la mesa, porque en esta España que ha quedado, que ya no es de charanga y pandereta sino de odio y crispación perpetuados en el intento, se pretende, ignoro para qué, eliminar de la faz de la tierra a los padres, a todos; a los nuestros. A los que están y a los que se marcharon que ahora, en la modernez, son meros portadores de semen y pasan a ser personas especiales.

Pues verán: no es así. Perder a un padre es perder parte de la guía que incondicionalmente nunca te abandona. Ni en lo malo ni en lo peor. Esa persona que siempre te dice lo que es, y aunque pique y duela, es verdad. Ese hombre al que puedes abandonar porque siempre espera tu regreso.

Cuando falta —todos los días, pero en especial, en días como hoy—, sientes la orfandad del alma; algo inédito porque nunca desaparece. Sucede en el momento en el que expira; ese que jamás olvidas porque ya sabes que nunca más volverá a llamarte la atención y vuelve siempre, porque ese recuerdo es imborrable y aprendes a vivir con él y sin él.

Que existen padres que son hijos de la gran puta; sí, los conozco e incluso llegado el caso dejan de ver a sus hijos y no les pasa nada. Otros incluso les abandonan sin dejar rastro; muchos no les pagan nada porque odian a su madre; otros son meros progenitores y ahí te quedas; algunos violan a sus hijas y se quedan tan anchos; y así podríamos estar enumerando canallas que nada tienen que celebrar. Porque ser padre no te hace mejor persona, solamente intentas hacer lo mejor por tus hijos y en el camino tropiezas, te equivocas y no sabes ni para dónde vas, pero nunca los abandonas a su suerte. Pero no todos son buenos por el mero hecho de ser padres y no todos los que no han sido padres son peores hombres, queridas mías. Esto se hace extensivo a las madres. Exactamente igual.

Si existe —y es como debe—, siempre encuentras ese refugio; un lugar al que puedes regresar sin que nadie te pregunte nada e incluso no tienes que explicar qué haces ahí. Cuando los padres se van yendo, qué frase tan tremenda, te quedas en el universo de las personas especiales. Esas sí. Con ellas compartes tu vida, momentos, enfados, discusiones o alegrías y pasan a ser tus compañeros de vida o tus amigos con mayor o menor énfasis. Porque a los padres nadie los puede sustituir; ni a los que tuvieron la dicha de tener un faro como fue el mío; ejemplar, único y con unos valores que me hicieron aprehender la vida, o a los hijos de su madre que han ignorado a sus niños sine die. Y los amigos son eso, amigos, transitorios, circunstanciales de lugar, de toda la vida, únicos o de nuevo especiales, pero no son tu padre.

Y en esto, la suerte de tener un padre no la tiene cualquiera pero hay que celebrar y debe ser celebrado este día de San José para que también las Pepas, Pepos, Josefas y Josefos, estén contando que cualquier tiempo pasado cuando vivían sus padres, era ostensiblemente mejor.

En las llamadas familias especiales, esas que tienen todo a pares, que celebren lo que les parezca pero que no ejecuten a su propio padre, abuelo, hermano, yerno, suegro, cuñado, hijo, sobrino por el mero hecho de ser varón. Todos tienen derecho a ser padres y a ser queridos por serlo.

Y si hay otro tipo de familias, elijan otro día, que éste, por cierto, celebra que José, el carpintero, se hizo cargo de María, la Virgen y de su hijo Jesús sin rechistar. Para el que se despiste y tal.

Feliz día, papá. En el cielo la vais a montar buena todos tus amigos y tú con un caldillo de patatas en este gran día. Descansa en paz.

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