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FactorEnergía

Volvemos un año más con la letanía en forma de discurso vacío por personas que viven muy bien de la discapacidad pero ignoran qué significa levantarse todos los días con algo menos. Nacer sin un sentido o con una discapacidad física o intelectual te lleva a ser otra persona; acaso una capaz que nunca repara en el buenismo ni la pena postizos.

Vivir con una discapacidad supone no tener los mismos derechos que los demás, porque sí, hemos evolucionado mucho; hemos mejorado todo, pero falta lo esencial: quizá que se normalice tener una rampa, el acceso a la lectura, los bucles magnéticos y el largo etcétera que la gente llamada «normal» jamás añora. Y tener una discapacidad es, en castellano, una putada.

Basta adentrarnos en la España vaciada donde conviven personas mayores abandonadas para ver y prever el peor de los destinos; quizá la falta de accesos, las eternas escaleras; la falta, siempre la falta. Y cuando todos vamos hacia ese lugar, el de la vejez, en donde todos, sin dejar uno, tendremos al menos una discapacidad, entenderemos el devenir; y también los más inteligentes se preguntarán cómo puede una persona que no ve apearse en su parada de autobús sin prestación de audio. O una que no oye enterarse, sin subtitulación, de lo poco importante que dice la tele. O una que no camina subir a un ático sin ascensor.

Pero un año más siguen inaugurándose obras públicas sin reparar en su accesibilidad y cometiéndose errores más allá de la omisión. Aceras altas, pavimento podotáctil puesto según caiga y la falta, siempre la falta.

No son pobrecitos, no son inútiles: sienten, padecen, se hartan, lo ven y lo oyen todo, porque en la falta de empatía está eso que el alma nota y que no tiene parangón: la estupidez humana. Y ellos la sienten. Hacer un examen sin las adaptaciones necesarias, intentar salir de fiesta sin sonido en los semáforos, ir al teatro, escuchar y no oír. Siempre rogando una ayuda, siempre sonriendo al que nos hace «el favor».

Cada jornada, sin eso menos, tratan de hacer lo mismo que nosotros, los «normales», con la salvedad de que quizá no pueden; y en cambio nosotros, que disponemos de medios, dinero y otras cuestiones, nos hacemos los locos porque no es cosa nuestra. Ande yo caliente…, decía la coplilla de Góngora hecha refrán. Y así pasan los años pero no se arregla nada y nos congratulamos de estar vivos, como decía una canción de Mecano; y seguimos pensando que se podría mejorar, pero falta, siempre falta.

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No se hace porque a ninguno de los que tienen la tecla para ponerlo en marcha le falta una pierna, o la vista o el oído. Tampoco tiene uno o dos hijos con discapacidad y acaso cree que eso no le pasa a casi nadie. Y entretanto, los que tienen una discapacidad sobrevenida se reinventan, como dicen los modernos; los que nacen con ella, se aguantan; y las personas mayores que la adquieren con la edad, se recluyen en una habitación a esperar la muerte. Ésa es la verdadera discapacidad, ésos son todos los días, no sólo hoy.

¿Hablamos de capacidad, de capacidades o de discapacidad? Al menos, no seamos cínicos, que se puede hacer mucho más; de hecho, se puede hacer todo, pero no hay ganas ni tampoco reparamos en ello. Hablo de la clase política, que son los que manejan la barca. Entre el oleaje andamos el resto.

Ésta es su tribuna si ha sido objeto, objetiva y demostradamente, de discriminación por razón de su discapacidad; si le han hecho una putada encima de la que ya llevaba puesta y no tiene dónde ahorcarse. Le esperamos: escríbanos y cuéntenoslo. Al menos este periódico dará voz a aquellos que tienen mucho de qué quejarse y a los normalmente nadie escucha. Éste es su Día, el de la Capacidad.

Hablaba de faltas, ¿verdad? Haberlas haylas, pero no se olviden: el que no llora no mama.

Mientras los poderosos nos arreglan las aceras o nos dicen que el metro tiene un ascensor más, celebramos este día y les doy las gracias por enseñarnos a apreciar lo importante, queridas personas mayores, con dependencia y con discapacidad. La vida es bella, ciertamente; pero también terriblemente injusta y contradictoria, como me enseñó mi querido padre, que sorteaba impedimentos en aquella España que no contemplaba la discapacidad. Solamente hay que esperar unos años para ver eso que hoy no vemos ni aunque lo tengamos delante.

Un fuerte abrazo desde Prensa Social, el periódico que nos une, sin exclusiones.

Ana De Luis, directora.

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2 COMENTARIOS

  1. CONTUNDENTE!, es lo que me ha provocado su texto, estimada Directora, sin pelos en la lengua, sin tonterías y sobre todo llamando a la REALIDAD por su nombre, sin concesiones. Basta de discursos, apruebo totalmente su opinión y le doy las gracias por su valentía y su buen hacer al frente de esta ventana abierta por donde entra cada día un vendaval de emociones contenidas desde hace tanto tiempo. Gracias por ponernos LAS PILAS y darnos dos leches de REALIDAD para entender que esto VA EN SERIO. Viva usted y su periódico. El resto que siga «mareando la perdiz».

    • Gracias por sus palabras, don Miguel. Este periódico existe porque aún tenemos muchas cosas que contar, mucho por hacer, mucho que denunciar. Cuando todos tengamos una discapacidad, al menos una, sabremos qué significa vivir con una. Mientras eso sucede, nuestra labor de concienciación y denuncia permanecerá intacta.

      Con toda mi admiración, le reitero las gracias.

      Ana De Luis, directora.

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