Ciertamente, todos tendremos una discapacidad sobrevenida en algún momento de la vida. De hecho, a diario vemos cómo merman nuestras facultades; lo que pasa es que no lo sabemos; o no lo queremos saber, que casi es mejor. Cómo, al subir una escalera ya chirría la cadera; al ir a leer la composición de un medicamento nos tenemos que poner las gafas o nos es imposible oír bien la televisión si no la ponemos más alta. Cosas mundanas, absurdas pero reales; unas que de repente se presentan y ya no se irán.

Esto lo comprende todo el mundo porque todo ello obedece a la edad. Si bien desde el márquetin que nos promete una juventud eterna y lanza mensajes de los nuevos treinta que son los actuales cincuenta y así hasta tener cien, nosotros, las personas «humanas» —como dicen los que nos describen— experimentamos, no en la misma secuencia, el deterioro imparable que nos conforma como seres vulnerables, débiles y expuestos a lo que presumiblemente nos toca vivir.

Esto —que lo seguimos sabiendo todos— no lo notamos hasta que nos damos cuenta que un día cualquiera, al abrir los ojos ya no vemos bien. Nos damos cuenta que nos levantamos a dos tiempos y buscamos un analgésico para desayunar porque resulta que el café va después.

La resiliencia, palabro donde los haya, nos ha permitido entender (desde que se usa para todo) que no hay plan b, que debe usted continuar y ya está en la senda imparable de la degeneración de la especie. Este constructo social se comprende porque todos, en mayor o menor medida, notamos cada año que quizá estamos algo peor que el año anterior y como decía Mecano en su famosa canción, «hay que celebrar que estamos vivos».

En el interim vemos que personas de nuestro entorno son ya incapaces de seguir porque una enfermedad les ha dictado cómo deben hacerlo. Observamos la cadencia de cada circunstancia vital; esos seres queridos que envejecen a nuestro lado y nosotros con ellos. Y un buen día, cuando ya no podemos leer bien porque guiñamos un ojo para enfocar; atisbamos quién viene pero no lo distinguimos; intentamos oír lo que dice el vecino o tratamos de subir los tres pisos de una vez, ese día, sabemos en carne propia qué supone vivir con algo menos.

Las personas con una discapacidad sobrevenida lo aprenden pronto. Ese día, ese diagnóstico fatal y esa conclusión que les hace prever que su plan b es remontar el camino, aprender de nuevo y «volver a empezar», como decía Garci. Esas personas «humanas» —vamos a sonreír un momento— adquieren la famosa «resiliencia» porque en su frustración diaria han de aprehender los nuevos modus operandi para no ser un estorbo y ser lo más independientes posible.

Damos por hecho que nos levantamos y vemos las coníferas porque además, podemos oler el comienzo del otoño. Nos ponemos las zapatillas y caminamos hacia la cocina para abrir la nevera y con la leche, hacernos el primer café del día. Ese que vemos, ese que miramos con desdén porque nos sentimos desgraciados porque tenemos poco dinero, un trabajo de aquella manera y estamos en la mesa de formica haciendo dibujos con el azúcar que se ha derramado. Previendo ese día que tenemos que rellenar y quejándonos, siempre, ora porque se ha acabado el verano, ora porque nos han subido la luz.

No valoramos que vemos el sol, que hemos llegado a la cocina, que nos hemos hecho un café y tenemos una vida que disfrutar porque cada día es único. Ahí entra en juego la capacidad versus la discapacidad. Tener que demostrar cada mañana que eres igual que los demás; que has de hacer las cosas aún mejor que los demás y que tu reto existencial es que no te pase nada cuando salgas al ruedo de la calle en donde eres invisible para todos y a nadie le importa lo que te pasa. La resiliencia entonces, nos invade, nos permite distinguir qué es lo único importante de esta vida —pocas cosas, no crean— la salud, el amor y algo de dinero para poder comer y disfrutar de esas veinticuatro horas que otros ya no pueden. Y en los buenos días, damos gracias porque no está tan mal tener una discapacidad y aunque hemos dejado de hacer casi todo lo que hacíamos; aunque no podemos hacer la mayor parte de las cosas, estamos vivos, Ana Torroja.

Hace 19 años que te marchaste, padre. En mi experiencia vital conviví como tú con la discapacidad —con la tuya— y me hiciste distinguir que no todas las personas tienen la misma suerte. Desde entonces sigo con tu legado, con la estela que marca mi rumbo y el de mis hermanos, que son como tú, y con lo que predicabas del esfuerzo, el tesón y el trabajo, tu trabajo.

Gracias por tanto; un honor poder haber aprendido a tu lado qué es la resiliencia; esa que hoy predica en cada discurso el Gobierno de la nación. Qué cosas, ¿eh? Nos volveremos a ver …alguna vez.

En otoño todo cambiará, recuerda; eso te dije. Sit tibi terra levis.

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