Invalidez, minusvalía, deficiencia… a la discapacidad se le ha llamado de mil maneras y, sin embargo, ningún término ha señalado su esencia y aportación.
Querida amiga, hoy es tu día, como cada 3 de diciembre; el Día Mundial de la Discapacidad.
Alégrate, porque todo el mundo hablará de ti, te dedicará homenajes, hará un río de postureo y planas mediáticas con tu nombre, recordará que existes. Pero entristécete, porque sólo tendrás estas 24 horas de visibilidad,
1.440 minutos de réquiem a nivel mundial
Y cuando la luna llegue para poner fin a la jornada y mover otra fecha en el calendario, volverás a ser polvo, la compañera a sol y sombra de quienes tienen el “privilegio” de que entorpezcas sus capacidades físicas, psicológicas, intelectuales y hasta sociales.
Querida discapacidad, no te extrañes al ver repetidas un año más las mismas alusiones mediáticas de siempre: estadísticas, estudios, informes. Discúlpame que en esta carta me atreva a alejarme de esos convencionalismos, porque ya hemos discutido largo y tendido del tema, y ahora no me apetece volver a incidir en tus logros flojos durante este último año.
Como tampoco pretendo hablar de tu pérdida de accesibilidad en algunos sectores, de tu falta de integración en ciertas áreas sociales, de tu hambre de inclusión en materias del día a día, ni de tu más que mejorable papel en la economía social y el empleo de tus asociados con deficiencias. (Esta vez, dejaré ese tintero a otras plumas más políticamente correctas).
Discapacidad: porque al final hay que decir lo que nadie quiere oír
Querida discapacidad: sabes que vivimos en un mundo en el que sólo se habla de éxitos monetarios, de discursos parlamentarios, de lo que pintan las redes sociales, de lo que se debe hacer pero que nunca se hace; y tú a veces eres tan… invisible… tan reacia a encajar en esos parámetros habituales… que no es de extrañar que quienes no convivan contigo tengan que recurrir a una alerta en el calendario para pararse a pensar que estás aquí, que eres una más en la sociedad.
Que no eres una ley, si bien necesitas el respaldo legal que te abra las aguas de la igualdad; que no eres un famoso idolatrado, aunque no te vendría mal recibir el mismo fervor respetuoso que el profesado a ellos; que no eres un trabajo obligado del Gobierno, sino un tomo escrito con la experiencia de la vida laboral de quienes hacen de tus deficiencias su aceptación de esa cuchara de cal y arena que forma parte del mundo.
Que no eres la guadaña que derrumba las ilusiones de las personas con discapacidad, tan solo la pala que las planta en otro tipo de campo de siembra y cosecha. Y, a pesar de todo ello, pasas desapercibida 364 días al año, escudo y espada constante únicamente de un puñado mínimo de entidades sociales y personas afectadas.
Sé que no te gusta que se compadezcan de ti, y que odias que te discriminen por el simple hecho de ser quien eres, discapacidad; sé que te repatea mendigar adaptación e inclusión, especialmente porque no se te da bien bailar con los verbos más segregacionistas; pero también sé que no toleras las intolerancias, que no transiges ante las intransigencias, que te dan alergia las barreras que bloquean la superación, y que detestas que te tengan como a una heroína social, y sólo por hacer lo que otros también hacen.
Sí, hay quien te mira con indiferencia o pena, sin detenerse a pensar en todo cuanto eres capaz de aportar por ti misma; quien te define en términos de carencia e incapacidad, omitiendo los derechos y valores y fortalezas de tu cara B, la más notable; quien insiste en mirar el lado negativo de las cosas, y traduce tus dificultades como una potestad para minimizarte, tacharte de inútil o tratarte como alguien al que hay que sobreproteger. Estás hasta el gorro de todo eso, lo sé, lo entiendo.
Mas siempre habrá gente que te verá como una fuente de pesares, tenlo presente; personas que seguirán creyendo que padeces y sufres por no ser como los demás, cuando lo cierto es que la diversidad también tiene su propia belleza y alegría y hace mucho que dejó de saberte a disgusto esas diferencias; no estás acomplejada, ya no; ahora eres tú misma, por fin.
Porque fijarse únicamente en las diferencias es tan engañoso como tapar el sol con un dedo
Esta carta escrita con ánimo reivindicativo y eco de muchas experiencias es para reclamar eso, precisamente, querida discapacidad, y tranquilizarte porque aún quedan muchos salientes por pulir y cambiar en esta sociedad. Para animarte a seguir así de diferente y así de ecuánime, sin embargo. Por algo fortaleza es tu apellido, tenacidad tu espíritu y afán de enseñanza y demostración el baluarte de tu orgullo.
Oh, sí, aún te queda mucho por combatir y conseguir, no voy a mentirte. Otro año, como mínimo, para continuar en pie de guerra contra las discriminaciones, para llamar y volver a aporrear las puertas de organizaciones y empresas e instituciones, para pegar un grito de disconformidad contra la lentitud parsimoniosa de la entrega de los grados de discapacidad, un auténtico drama silenciado entre las autoridades; y para levantar la voz de protesta ante esos que ponen la zancadilla a la unificación social, cual usureros de la integración.
Con esta carta únicamente quiero reafirmarme y asegurarte que el camino emprendido de lucha vale la pena, a pesar de todo. Con sensibilización, e inserción, y admisión ante las necesidades especiales ajenas, puedo asegurarte, con toda sinceridad, que este nuevo año que estás a punto de emprender no caerá en saco roto. Porque, aunque hoy no estés recibiendo lo que mereces, peor es rendirse y tirar la toalla.
Recuerda, amiga discapacidad, que es cierto lo que dicen por ahí, y que si bien los primeros pasos no te llevan a donde quieres ir, sí te sacan de donde estás. Porque tú «no eres» discapacidad: «tienes» discapacidad, que no es lo mismo.
Así que, a ti, amiga, a todos, lectores… ¡Feliz día de la discapacidad! Para hoy y mañana y para dentro de un mes.

























