Discapacidades por Long Covid en pacientes crónicos

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El Long Covid es sinónimo de síntomas persistentes, dolencias constantes e incapacitantes. ¿Pero cómo afecta a quienes ya eran crónicos antes de contagiarse?

El Long Covid no es sólo contagios y síntomas perpetuos; también implica discapacidad, especialmente en aquellos pacientes ya crónicos, al terminar de limitarles en su día a día y en la realización de ciertas actividades cotidianas. Porque si bien la dolencia puede afectar incluso a una persona sana y de edad media contagiada y aquejada de una gravedad moderada, termina de lastrar a quien ya era crónico y de organismo débil y vulnerable.

Long Covid: una aguja de discapacidad para quienes ya son pacientes crónicos

Las complicaciones del Coronavirus siempre se han medido en efectos devastadores para el sistema sanitario y para la sociedad, señalando habitualmente unas consecuencias en contagios y muertes, y olvidando que existe otro grupo de casos, aquellas personas que acaban con una discapacidad, por leve que esta sea.

Un parámetro que lejos está de ser aislado, y que implica una carga de enfermedad que en algunos puede ser alta y de larga duración y en otros lo contrario, y que en cualquier caso responde a la discapacidad producida tras la infección del virus SARS-CoV-2.

Así, aunque muchos pacientes con coronavirus mejoran en unas semanas, algunas personas continúan experimentando síntomas, no obstante, los cuales pueden durar meses después de la primera infección o, incluso, pueden acabar presentando síntomas nuevos o recurrentes en un momento posterior. Es allí cuando se habla de Long Covid o Covid Persistente, refiriendo a la constelación de síntomas perdurables que no remiten ni siquiera tras semanas de haber superado el Coronavirus, un nombre que responde, justamente, a su larga duración.

De hecho, el CIR LongCovid, es decir, el Centro de Investigación y Difusión de la Covid Persistente define la patología del Long Covid como «la presentación de síntomas de duración superior a 4 semanas desde el inicio de la enfermedad de COVID-19, y su presentación no está relacionada con la gravedad de la fase aguda. Se estima que afecta a más del 10 por ciento de los pacientes infectados. Los síntomas pueden durar varias semanas e incluso meses».

Por ello, estar enfermo por Long Covid significa llevar más de cuatro semanas, a veces meses, incluso, sufriendo a diario la sintomatología del Coronavirus. Una dura realidad que sumar a la cotidianidad, y que señala a un grupo poblacional cuyo constante crecimiento es paralela al de los contagiados por el SARS-CoV-2, tal y como apuntó la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) en la presentación de su desarrollada encuesta de síntomas y discapacidad producida por los mismos en los afectados por Covid Persistente.

De este modo, la huella de discapacidad causada por el Long Covid deja sentir su rastro en una sintomatología persistente que incapacita para realizar tareas básicas y cotidianas, desde el aseo personal o el cuidarse a sí mismo, hasta responder a las obligaciones familiares o el realizar quehaceres manuales o el atender al trabajo fuera de casa.

Y que si bien se da con mayor frecuencia en personas de mediana edad, mujeres y quienes más síntomas sufrieron al principio de la pandemia, ello no significa que el resto de grupos y colectivos estén libres de su afección, ya que la dolencia en sí puede apostarse en el interior de hombres y mujeres de diversas edades, diversas profesionales (sanitarios), y a personas mayores como a jóvenes o niños, con más razón, si ya cuentan con una enfermedad crónica que debilita su organismo.

Las cifras por discapacidad se disparan al amparo de la pandemia y del toque del Long Covid

Varios han sido ya los médicos, especialistas e investigadores que han dado la voz de alarma al alertar que el volumen de discapacidad se ha visto incrementado tanto por la pandemia desatada a principios del 2020, como por el detectado Long Covid, declarado patología hace poco por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Un número de discapacidades que al darse en pacientes crónicos se convierte en un filo muy agudo, siendo los servicios de Rehabilitación la rama sanitaria que más está padeciendo el impacto de esta suerte de epidemia de discapacidad a veces crónica motivada por el factor del Long Covid.

Tomando como punto de partida el Plan de Acción Mundial sobre discapacidad 2014/2021: mejor salud para todas las personas con discapacidad, difundido por la OMS en 2014, donde la organización de salud de Naciones Unidas plantea acciones concretas para mejorar la cobertura brindada a este colectivo, así como el fomento de la eficacia y la eficiencia de los servicios sanitarios, puede decirse entonces que el perfil de discapacidad descrito en tales informes se ha visto ligero pero significativamente modificado.

Y todo a raíz de la pandemia y de la llegada del Long Covid a la vida sanitaria de estas personas que ya eran crónicas antes de desatarse la pandemia. Ni siquiera la iniciativa «Rehabilitación 2030, una llamada a la acción», emprendida por vez primera por la OMS años atrás, y los muchos grupos de trabajo multidisciplinares con los que la organización define la puesta en marcha de paquetes de intervenciones de rehabilitación mínimas con los que asegurar la salud de todo el mundo, bastan hoy en día para suplir el aumento de déficits secundarios propios de la enfermedad por COVID-19, y menos por su retoño menos deseado, el Long Covid.

Si bien el Long Covid no siempre degenera en discapacidad, sí lo hace en la mayoría de los casos de personas que ya eran crónicas antes de contagiarse, limitándole de diversas formas en las actividades de la vida. Por otra parte, una persona con una enfermedad crónica recibe sin influencia del Coronavirus unas aproximadas 10 horas de cuidados profesionales al año, según la revista Elsevier, especialista en artículos científicos y de investigación, y unas 8.750 horas al cuidado directo de su patología en el mismo plazo y periodo de tiempo.

La revista abunda, asimismo, que dichas horas ni siquiera suelen coincidir con los momentos de mayor necesidad demandados por su enfermedad, aquellas invertidas para evitar recaídas, ingresos y consultas innecesarias. En cualquier caso, ellos también entran de cabeza en los registros de pacientes por Long Covid cuya previa salud crónica les aboca directamente a formar parte de la lista de personas con discapacidad azuzada por el SARS-CoV-2, junto al resto de nuevos perfiles.

Como ejemplo de estos nuevos perfiles de discapacidad, por cierto, están aquellas personas a quienes el Covid Persistente les genera un daño pulmonar o fatiga, lo que les dificulta la respiración y, por ende, les provoca una disfunción respiratoria sustancialmente limitada.

También están quienes por Long Covid sufren náuseas, vómitos y dolores intestinales prolongados durante semanas o meses, presentando una función gastrointestinal limitada, traducida a una discapacidad orgánica. O quienes experimentan niebla mental o lapsos de memoria, que ven afectadas negativamente sus funciones cerebrales, junto con una concentración y unos pensamientos mermados, sufriendo en cierta forma una discapacidad intelectual.

Covid Persistente: un impacto del todo indeseado

La aparición de la recién denominada patología por la Organización Mundial de la Salud ha supuesto por sí solo un incremento notable de déficit funcionales en aquellos pacientes crónicos, ya que a muchos se les dejó de atender durante los primeros compases de la pandemia, cuando el confinamiento estaba a la orden del día y los Gobiernos todavía daban bandazos y tropiezos en su afán de imponer medidas de seguridad que ni ellos mismos sabían por dónde coger y empezar a aplicar.

Más aún; el impacto del descenso en la actividad física por el confinamiento en personas crónicas, de más edad, frágiles o con discapacidades, fue un revés muy fuerte y severo a su precariedad sanitaria ganada hasta entonces. Y eso a pesar de haber disfrutado de la única parte buena que dejó el confinamiento, es decir, del gran número de materiales de ejercicio físico y medidas de autocuidado impartidas en formato vídeo, pensadas para beneficio de personas sanas y de pacientes con diferentes formatos de salud.

Hablamos, en suma, de un escenario que, a ojos de muchas especialidades médicas, como la de Medicina Física y Rehabilitación, por ejemplo, supone todo un reto en condiciones y una nueva oportunidad de hacer valer su competencia a nivel sociosanitario, asistencial y económico.

Y brinda también la oportunidad de implementar soluciones organizativas. Siempre y cuando dichas soluciones sean innovadoras, por supuesto, y demuestren además ser capaces de proporcionar realmente una respuesta efectiva y eficiente a la epidemia de discapacidad que bajo el roce del Long Covid se ha convertido, en muchos casos, en una dolencia agravada.

Cobra así una importancia aún más relevante la necesidad de confiar en una estratificación del paciente crónico de Long Covid según su severidad, e insertar en la evaluación de su historial clínico un registro de tratamientos que vayan desde la asistencia física hasta la psicológica, pasando también por la social, a fin de conseguir una respuesta individualizada a las necesidades del paciente.

Todo un trabajo interdisciplinar, cierto, que precisamente por ello mejora la eficiencia al combatir contra ese ejército de discapacidades de diferente tipo que, para suerte de algunos, a veces tiene una durabilidad únicamente crónica. ¿Pero por qué su importancia?

Para entender la trascendencia de estos recursos es necesario enfocarlo desde la perspectiva de bienestar brindado; pues al asignar más recursos a quien más los necesita, como bien pueden ser los pacientes crónicos, la seguridad en las medidas asistenciales aumenta, por descontado; un bienestar hospitalario que logra un reflejo igual de ventajoso en la esfera domiciliaria, construyendo en el camino un plan de atención particular que se amolda a cada paciente crónico, según el grado de atención y el nivel de complejidad que precise.

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