Son muchos los estudios que muestran que dormir mal o insuficientemente acarrea secuelas en el bienestar del organismo, incluso a nivel neurológico y asmático.

Después de ver cómo el dormir mal puede tener secuelas en la salud cardiovascular, influyendo o no al engordar, y de averiguar que durmiendo bien es más probable que se pierda peso y se alargue la esperanza de vida, ahora se ha revelado que una mala calidad del sueño tiende a reforzar la susceptibilidad genética de una persona al asma, duplicando potencialmente su riesgo de ser diagnosticado con esa enfermedad que dificulta la respiración.

O eso sugiere un amplio estudio del Biobanco del Reino Unido, publicado hace unos días en la versión de acceso abierto de la especializada revista ‘BMJ Open Respiratory Research’.

Estas son las papeletas de la salud que da el dormir mal

Aunque es muy común que las personas asmáticas presenten alteraciones del sueño, desde sueño interrumpido o corto hasta insomnio, los investigadores han descubierto que tener en cambio un patrón de sueño saludable conduce a un menor riesgo de asma, sugiriendo entre sus conclusiones que detectar y tratar precozmente los trastornos del sueño podría reducir los riesgos de esta patología crónica, reconocida a ojo clínico por causar la hinchazón o el estrechamiento de las vías respiratorias de los pulmones.

Toda una exposición que, a su entender, se mantiene con independencia de la predisposición genética con la que se haya nacido. Lo que aún no está claro, eso sí, es si dicha calidad del sueño conseguida puede influir en el riesgo de asma o si, por el contrario, unos patrones de sueño saludables pueden reducirlo.

A fin de salir de dudas, el equipo científico involucrado recurrió a 455.405 participantes del Biobanco del Reino Unido cuya edad oscilaba entre 38 y 73 años cuando se inscribieron en dicha base, justamente entre 2006 y 2010, sometiendo a todos a un seguimiento de su salud respiratoria y parando únicamente cuando se les diagnosticaba asma o hasta la fecha del 31 de marzo de 2017.

Durante la investigación, los participantes tuvieron que responder a un cuestionario acerca de sus patrones de sueño, basándose en cinco rasgos específicos que iban del cronotipo precoz o tardío hasta la duración del sueño y el insomnio, pasando por los ronquidos y la somnolencia diurna excesiva.

En este sentido, los investigadores definieron un patrón de sueño saludable como un cronotipo precoz, explicando que son las personas que duerme entre 7 y 9 horas cada noche, que nunca o rara vez tiene insomnio, que además no ronca y que tampoco tiene somnolencia diurna frecuente.

Asimismo, los investigadores elaboraron una puntuación de riesgo genético de asma, en función del número de variantes genéticas asociadas al asma en el genoma de los participantes, adoptando la medida para cada una de las 455.405 personas, partiendo del hecho de que su composición genética se cartografía de forma rutinaria en este biobanco.

Teniendo esto presente, 73.223 participantes cumplían los criterios de un patrón de sueño saludable, a juzgar por las respuestas dadas, mientras que 284.267 mostraron un patrón de sueño intermedio y 97.915 personas un patrón de sueño deficiente.

Esto supone q uno de cada tres participantes se clasificó como de riesgo genético “alto”, unos 150.429, aproximadamente, mientras 151.970, es decir, otro tercio, lo hicieron como de riesgo “intermedio”, dejando al resto clasificándose como de riesgo “bajo”.

¿Sabía que la educación y la obesidad y el tabaquismo influyen en el asma y, por tanto, también en el dormir mal o bien?

Durante el periodo de seguimiento, el cual duró algo menos de nueve años, por cierto, los 17.836 participantes a los que se les acabó diagnosticando asma mostraron que acumulaban una mayor probabilidades de presentar factores de riesgo potencialmente influyentes, al menos en comparación con quienes terminaron el ensayo y no se les detectó la enfermedad.

Ahora bien ¿qué factores eran esos, exactamente?

Un menor nivel educativo y una mayor probabilidad de tener hábitos y patrones de sueño poco saludables, mismamente; pero también la obesidad y la diabetes y la hipertensión, así como una mayor puntuación genética de riesgo de asma y un mayor consumo de tabaco y alcohol.

La depresión y el reflujo ácido también figuraban entre estas papeletas clasificadas, dicho sea de paso, y lo mismo puede decirse de una mayor exposición a la contaminación atmosférica y de los cinco rasgos del sueño, que acabaron asociados con un menor riesgo de asma, de forma independiente, además.

«El impacto negativo de los trastornos del sueño sobre el asma, que generalmente se considera una enfermedad inflamatoria crónica, podría estar mediado por la inflamación crónica inducida por el sueño», tal y como explicaron los autores, recordando que «estudios anteriores han demostrado que los trastornos del sueño, como la duración desfavorable del sueño y el insomnio, están asociados a la inflamación crónica».

Según sugieren, un riesgo genético bajo combinado con un patrón de sueño saludable podría implicar un 19 por ciento menos de casos de asma, al menos en teoría y siempre a nivel poblacional; una línea de pensamiento que los llevó a apuntar, igualmente, que la relación entre el sueño y el asma puede ser más bien bidireccional, algo que desde luego ofrece algunas posibles explicaciones a sus hallazgos.

Con todo, aclararon que, «en teoría, la respuesta inmunitaria a la inflamación podría generar citocinas proinflamatorias que provocaran infiltración celular e inflamación de las vías respiratorias, aumentando aún más el riesgo de asma».

Pero dado que este es un estudio observacional, los investigadores no pudieron establecer la causa, reconociendo en este sentido que su trabajo sufría varias limitaciones en sus hallazgos, como el efecto del dormir mal sobre los niños y los adultos más jóvenes, una concentración única en personas de ascendencia europea, o el simple hecho de que el biobanco esté sujeto a un sesgo de selección de «voluntarios sanos».

Entre tanto, el equipo de científicos concluyó que, «teniendo en cuenta que un sueño deficiente combinado con una alta susceptibilidad genética produjo un riesgo de asma superior al doble, los patrones de sueño podrían recomendarse como una intervención eficaz en el estilo de vida para prevenir el asma en el futuro, especialmente en individuos con una genética de alto riesgo».

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