El brote psicótico de Ángel Martín: «Volverme loco es lo mejor que me ha pasado en la vida»

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En el año 2017, el cómico fue ingresado en un centro psiquiátrico y atado a su cama tras sufrir un brote que le desconectó de la realidad y le llevó a un mundo paralelo de naves, fantasías y seres malignos. Ahora cuenta el infierno de su regreso a la cordura en ‘Por si las voces vuelven’

Rodrigo Terrasa en El Mundo, domingo 14 de noviembre de 2021.

—¿Está usted loco?

—Espero que sí. Espero rotundamente que sí. Creo que una vez pasas por ahí ya no vuelves nunca a un estado de cordura como el de antes. Yo quiero pensar que ya estoy completamente cuerdo, pero no lo sé. Si lo que me preguntas es si todavía escucho voces, la respuesta es no. Ya no hay unos señores diciéndome que soy el hijo de unos dioses. No, eso ya no sucede…

Pero sucedió.

Imaginen una de esas pelis imposibles de Christopher Nolan en la que se barajan el pasado y el futuro, un plano real y otro que no, personajes que no son lo que parecen. Imaginen pasar por ese laberinto a mil revoluciones por segundo. Millones de voces susurrando en tu cabeza al mismo tiempo. Imaginen a aquellos simpáticos monigotes de Pixar que manejaban las emociones en Inside Out multiplicados por 100.000. ¿Se imaginan vivir en Matrix dentro de Matrix dentro de Matrix dentro de Matrix…?

Durante un tiempo, el cómico Ángel Martín (Barcelona, 1977) estuvo allí. Convertido en el hijo de unos dioses, pilotando naves más allá de Orión, hablando telepáticamente con perros, discutiendo con la muerte, enfrentado a su espejo, recibiendo señales de todo. De-to-do. El olor del café, el color de las paredes, el material de las ventanas, un bote de aceite, cualquier película de Hollywood. Todo tenía un significado oculto en un cerebro convertido en una escape room descomunal.

«Cuando estás loco, el cerebro funciona a una velocidad brutal a la hora de convertir absolutamente cualquier mierda en una señal trascendental para tu vida», escribe en Por si las voces vuelven (Planeta), un libro en el que destripa el brote psicótico que sufrió en 2017 y que terminó con él atado a la cama de un hospital psiquiátrico y agarrado a un tornillo. Literalmente.

Pregunta. ¿Sabría explicar ya qué es la locura?

Respuesta. Es difícil entender cómo es perder la noción de lo que es real y lo que no. La manera más fácil para explicar cómo es cruzar ese umbral es pensar en películas. Es Matrix. De repente empiezas a vivir en un mundo distinto en el que todo tiene un significado oculto que cuando no estás loco eres incapaz de ver.

P. ¿Puede identificar en qué momento cruzó usted ese umbral? Porque entiendo que la gente de su entorno tardó en darse cuenta.

R. Hace falta algo demasiado salvaje para que la gente se dé cuenta. En mi caso fue una publicación en redes que de repente fue demasiado llamativa.

Hacemos un inciso. El 4 de junio de 2017, Ángel Martín felicitó públicamente a su pareja, a través de Facebook, por su éxito de taquilla con el estreno de Wonder Woman. El post sigue hoy publicado. Luego le llenó la casa de regalos. Esa misma noche, su novia (que nada tenía que ver con Wonder Woman) le acompañó al ala de psiquiatría del Hospital Puerta de Hierro de Madrid.

«Mis amigos más cercanos pensaban que era una broma interna entre mi chica y yo. Era imposible que alguien se diera cuenta. Y menos si encima eres cómico. Además no hay un punto exacto en el que todo pasa. Yo he conseguido descifrar un lugar en el que creo que se desbordó todo, ese momento en la bañera en el que se derrama el vaso por completo y entramos en el rock and roll«.

P. ¿Qué pasó en esa bañera?

R. Tenía una conversación conmigo mismo acerca de la rabia que me daba no poder guardar ideas exactas dentro de la cabeza para que se mantengan ahí intactas. Fantaseando con esa idea de tener una especie de caja fuerte empezó a desbordarse todo.

Y de repente una voz le susurró: «Si quieres la podemos crear ahora. ¿Quieres?»

P. ¿Cuándo fue la primera vez que fue consciente de lo que le había pasado?

R. Todo a posteriori. En la bañera era imposible. Cuando empiezas a ser consciente de lo que ha pasado es a raíz de salir del hospital. Empiezas a intentar entender por qué el mundo es distinto a como era cuando entraste. Ya estás bajo tratamiento y empiezas a investigar qué cojones ha pasado. Es una movida muy tocha como para poder resumirla, pero básicamente yo pierdo la noción del mundo real, ingreso en un hospital en pleno rock and roll para seguir con mi fantasía y cuando salgo 14 días después me doy cuenta de que todo ha cambiado. Pero todo es todo. Es la sensación que debe tener un ordenador cuando lo formateas. Yo tenía una serie de cosas en la cabeza que ya no están y no entiendo nada del mundo. Ni sé quién soy, ni qué cojones pasa.

P. ¿Cómo son los 14 días ingresado?

R. Sólo recuerdo la medicación y paseo arriba, paseo abajo por un pasillo muy largo. Tengo fotografías de aquello, flashes que me van viniendo. Poco a poco vas ampliando el puzle.

P. ¿Recupera la cordura en el hospital?

R. No. En el hospital ocurre el fin de la locura, pero no la vuelta a la cordura. Eso es un proceso que hace uno en solitario cuando sale del hospital y teniendo que trabajar mucho.

P. Pero ¿hay algún momento en el que le sorprende verse ingresado?

R. Hay un momento en el que no sabes por qué estás ahí, pero tampoco sabes porque están los demás, así que no puedes compararte. Sí hay un día en el que ya no puedes más. No sé qué carajo pinto aquí y entonces si me empiezo a poner nervioso.

P. En el libro habla de una depresión, del abuso de las drogas o de simplemente un ‘crac’ repentino como posibles causas de su brote psicótico.

R. Estoy prácticamente convencido de que en mi caso fue un cúmulo de varias causas.

P. ¿Ha dejado de consumir drogas?

R. De momento sí.

P. ¿De momento?

R. Soy muy honesto. De momento las he dejado. ¿Afirmaría rotundamente que nunca volvería a probarlas? No me atrevería.

P. ¿Llegó a tener un problema real con las drogas?

R. Sospecho que sí. Mi consumo de marihuana y de alcohol era extremadamente alto. Muy, muy, muy alto. Consumía marihuana, éxtasis y alcohol y no era una cosa de ocio. Crucé la línea e imagino que eso influyó, pero tengo amigos que han fumado como hijos de puta y se han drogado mucho más que yo y no han acabado ingresados nunca.

P. ¿Alguna vez sintió que corría peligro su vida?

R. No. Nunca tuve pensamientos suicidas. Sí tuve miedos relacionados con seres mágicos del otro lado, que vinieran y se apoderaran de mi vida. Eso sí, pero no era miedo a hacerme daño o a la muerte, sino miedo a una especie de posesión diabólica.

Volvamos un momento al cerebro de Ángel Martín. Hubo una mañana en mitad del huracán en la que el cómico planeó fumar hierba, charlar con su yo del futuro, visitar a los seres del otro lado del espejo y confirmar cómo de cerca seguía del sol. Un día más en la oficina. Y de repente se empezó a morir. «¿Y si no me quiero morir?», le preguntó a su coro de voces. Y ahí estaba Ángel discutiendo con la muerte porque no le venía bien palmar. Como Gila, acabó pidiendo explicaciones al más allá. «¿Está el universo? Que se ponga». Todos los componentes de los Monty Python, por cierto, asistieron a la escena en directo.

P. Cuénteme cómo es morirse.

R. Morí, no tiene más. Hay un momento en el que tu cerebro te dice «vamos a morir». Pues vamos a morir. Yo no quería porque mi concepto de la muerte era la oscuridad absoluta, pero después de charlar con el universo para establecer unas reglas nuevas, acepté. De repente la muerte en mi cerebro era pasar a un plano distinto, a otra dimensión donde no fuera necesario morir.

P. Y dice que lo más duro fue recuperar la cordura… ¿En qué estado salió del hospital y cuándo supo que estaba recuperado?

R. Del hospital sales en la mierda, en la oscuridad absoluta, y sin saber qué hacer ni por dónde empezar. El proceso lleva años y es probable que a día de hoy siga en ese proceso. Puede que dentro de seis meses, un año, dos o tres encuentre pistas nuevas y tenga la sensación de que ya estoy totalmente recuperado.

P. ¿Salió del hospital peor que como entró?

R. Sí, sí, mucho peor.

P. La sensación que deja el libro es que usted no vivió un infierno durante el brote psicótico.

R. No, no, para nada. Durante la locura he vivido momentos que eran una mierda porque había seres malignos, seres detrás del espejo tratando de venir a este mundo para apoderarse de mi vida. Era muy agobiante en algunos casos, pero por regla general era una puta maravilla. Es como si estás viendo El mago de Oz y no entiendes por qué Dorothy quiere volver. O Alicia en el país de las maravillas. ¡Pero no salgas de la puta madriguera! Si allí los animales hablan y es guay. ¡Quédate ahí, hostia! Para mí todo era genial, lo complicado era salir porque despertar es una mierda. La locura no fue lo terrible, lo terrible fue lo de «vamos a bajarle los diferenciales de estar loco a este».

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