«El Brujo» despliega su magia con las «Divinas palabras» de Valle-Inclán

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Sin más que pasión y un par de tablas, el monstruo de la interpretación emociona y conmociona al público con una austera puesta en escena de su «El alma de Valle-Inclán».

El actor y dramaturgo Rafael Álvarez, «el Brujo», es teatro en estado puro. ¿Su materia prima?: pasión y un par de tablas. Si la receta se ha atribuido a Lope de Vega y a Cervantes, «el Brujo», un monstruo de la interpretación sobrado de tablas y pasión, se ha atrevido a encarnarla, como un Obélix caído de pequeño en la marmita de poción mágica. El numeroso público congregado ayer lunes y anteayer domingo en el teatro Bretón de Logroño volvió a dar fe de este prodigio, que se prolonga ya más de medio siglo y cuyo protagonista, pletórico de forma a sus 71 años recién cumplidos, lo derrocha en un torrente de genial improvisación.

De los efectos de esta torrencial improvisación brujeril da buena prueba el hecho de que el espectáculo, cuya duración se estimaba en una hora y cuarenta minutos, en realidad se prolongase más allá de las dos horas. Las sesiones de brujería, es lo que tienen: se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo terminan, salvo que al concluir los privilegiados asistentes a ellas se sienten partícipes de un ritual, a la vez eterno e irrepetible, del que habrán salido transformados.

Decía Valle-Inclán que, cuando el barco llega a su puerto, los marineros olvidan el oficio de la vela y la navegación. El amor es el puerto. Olvidar el oficio por fin es una vieja aspiración, la meta de un verdadero comediante: no trabajar, olvidar el oficio, sólo jugar y jugar y danzar en torno a estos textos de fuego.

Rafael Álvarez, «el Brujo»

«El Brujo» se metió al público en el bolsillo desde el principio, al revelarle el germen de la representación que iba a presenciar: nada menos que una «simonitis aguda grave», esto es, una adicción patológica al inverosímil director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón, «un tío que te tranquiliza porque no te cuenta nada»; patología, manifestada en marzo de 2020, de la que sólo consiguió desengancharse gracias a la lectura de Divinas palabras, de Valle-Inclán, los meses siguientes. El tránsito de las cejas de Simón a las no menos desaforadas barbas de Valle «elevó mi mente y me liberó de la permanente sensación de miedo. Tomen las precauciones necesarias; pero por favor, no vivan con miedo», exhortó al público, logrando la primera ovación de la noche.

Mejor dicho: la segunda. La primera había sido para su amigo Javier Alejano, que asistió musicalmente al mago a sones de acordeón, pandero, caja y violín. Sólo con Alejano y siete sillas —de las cuales aún sobraban cuatro— «el Brujo» se marcó una escenografía de austeridad extrema («Esto lo ve la Merkel y se corre de gusto»), en consonancia con una proclama que repitió varias veces: «Los escenógrafos han hundido el teatro».

A partir de entonces se desató un festival interpretativo, a caballo entre la sesuda conferencia y el club de la comedia, dominado de principio a fin por la descomunal presencia sobre el escenario de este, más que brujo, mago. Fingiendo constantemente olvidar el texto, Álvarez en realidad subrayaba la vigencia del clásico al entreverarlo con la actualidad política. Y ahí no dejó títere con cabeza: desde el papa Francisco I hasta Pablo «Malcasado», pasando por Abascal, Aznar, Franco, Rajoy, Zetapé y Pedro Sánchez («va a darles 400 euros a los suicidas para que no se suiciden todavía»), todos fueron objeto de sus pullas, especialmente la inefable ministra de Igualdad, Irene Montero:

—Le íbamos a decir que Valle era mujer, para que nos diera una subvención, pero luego se entera de que también dijo [por boca de Mari-Gaila] que las mujeres descendían de las serpientes, y lo mismo que nos la da, nos la quita.

En otro de estos frecuentes incisos de enganche con la actualidad, recordó cómo, tras una función en Madrid, fue «sometido a un interrogatorio» por la Gestapo feminista de guardia para responder de ciertos «deslices micromachistas» en los que habría incurrido; interrogatorio al que él contestaba invariablemente con una única pregunta: «¿Me puedo ir ya?». Por cierto que, en prueba de su condición de irrecuperable para el feminismo cuarta ola, también demostró una obsesión por Nathy Peluso que, a diferencia de la que le provocara Fernando Simón, aún dista de haber superado…

Pero sobre todo demostró el inconmensurable talento de interpretar simultáneamente todos los personajes de Divinas Palabras («hago de enano, hago de sacristán y hago de Valle»), para regocijado asombro de un respetable que oscilaba entre la risa y la conmoción; y hacerlo además centrándose, no en los parlamentos, sino en las acotaciones de Valle, con justa fama de irrepresentables. A cualquier otro el reto se le habría ido de las manos, sobre todo acometido con un sobrecogedor minimalismo de recursos. Pero «el Brujo» es mucho brujo; y lo mismo te hace reír definiendo a los muertos como «confinados en eterna Fase Cero» —o recordando cómo su madre siempre le recomendaba meterse en la Caixa— que te mete a ti el corazón en un puño con citas del Valle más poético, como ésta: «Amor con dolor es el tránsito hacia la suprema belleza». O esta otra: «Si vieras el mundo como lo ve Dios, no verías Bien ni Mal, sino sólo luz y sombra; y a más luz, más sombra». Un vaivén de los fornicalistas a los nohayparatantistas descontrolado sólo en apariencia, pues la improvisación no es descontrol cuando el que improvisa es, más que brujo, un mago de las divinas palabras, esos «espejos mágicos que evocan todas la imágenes del mundo».

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