*Miguel Díez R., el Viejo Profesor, para Prensa Social.

Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros.
        Jorge Luis Borges.

                                                        1. Problemas de la lengua y la literatura

Tengo la impresión de que en la enseñanza de lengua y literatura del nivel no universitario, y en toda la comunidad hispánica, estamos asistiendo a una situación muy parecida: la liquidación o muerte por asfixia paulatina de la literatura en los actuales planes de estudio. Y ello en aras de unos programas que se inclinan mucho más a la lengua, dada la necesidad de solucionar los estrepitosos fallos lingüísticos de los alumnos, fallos derivados de la degradante situación cultural general y, sobre todo, del influjo del nefasto registro lingüístico —o jerga “políticamente correcta”— de los medios de comunicación y aun de ciertos escritores desaprensivos, todo lo cual está llevando a una progresiva simplificación del habla de los jóvenes y, en consecuencia, a la jibarización del pensamiento. Si a esto añadimos las insuficientes horas lectivas, se hace casi imposible la enseñanza de algo que ni siquiera lejanamente se parezca a una historia de la literatura en la que pudieran leerse, comprenderse y degustarse los principales textos de nuestra rica tradición literaria, y no digamos de la universal.

Ante esta situación, el profesor tiene que hacer un planteamiento quirúrgico que probablemente le conducirá a cortar drásticamente gran parte de las programaciones al uso, olvidarse de hermosas teorías y orientaciones de psicopedagogos de laboratorio y adecuarse a una realidad muy poco halagüeña, para intentar sacar el máximo provecho del tiempo lectivo. En primer lugar, creo que hay que dar menos gramática y más lengua. Hay que suprimir, sin miedo, muchas reglas y complicados análisis sintácticos, pseudoprofundas teorías y farragosa terminología lingüística, y, en cambio, centrarse en el aprendizaje “instrumental” de la lengua viva y, especialmente, en su nivel léxico-semántico. A este respecto, recuerdo un breve e intencionado cuento de Mario Benedetti:

                                                                                                   Lingüistas

Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió hacia la salida, abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, semiólogos, críticos estructuralistas y desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemática.

De pronto, las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica:

—¡Qué sintagma!

—¡Qué polisemia!

—¡Qué significante!

—¡Qué diacronía!

—¡Qué exemplar ceterorum!

—¡Qué Zungenspitze!

—¡Qué morfema!

La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella salva de fonemas. Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído:

—Cosita linda.

Dominar la propia lengua es hablar y escribir —exponer y redactar—, expresarse correctamente, y para ello leer y leer. A hablar y escribir con corrección, amplitud y soltura, se aprende, sobre todo, leyendo, y para aprender a leer hay que leer mucho.

El profesor de lengua y literatura tiene que tener a mano un amplio muestrario de textos breves, muy variados, excelentes en la forma y en el contenido y fácilmente accesibles para en cualquier momento usarlos y trabajar en clase con ellos: lecturas en voz alta, ampliación de vocabulario, memorización, recitaciones y dramatizaciones, comentarios, reescrituras o recreaciones, redacciones, etc. Sin olvidar que estos textos también deben ayudar a formar aspectos tan importantes como la formación de la sensibilidad y del espíritu crítico de nuestros alumnos. Textos que se pueden seleccionar de recortes de prensa, letras de canciones, pequeñas obras dramáticas y antologías de poemas, cuentos y novelas cortas. Avalados por nuestra larga experiencia docente, pensamos que una de las funciones prioritarias de los Departamentos o Seminarios de Lengua y Literatura es confeccionar y catalogar un archivo muy completo de dichos textos, contrastados, experimentados y rigurosamente seleccionados.

En la situación actual, solamente en la lectura, análisis y comentarios de textos lingüístico-literarios muy escogidos está el punto de encuentro de la lengua y la literatura.

                                                                                    2. La dificultad de la lectura

El objetivo fundamental del profesor de lengua y literatura es conseguir que los alumnos se aficionen a la lectura. Si esto se consigue, todo lo demás se dará por añadidura. En palabras de Borges, el ejercicio de un profesor es hacer que sus alumnos se enamoren de una obra, de una página o de una línea, porque, como también afirma y completa Juan Delval, la lectura es la llave que nos abre un mundo infinito de fantasías que nos transportan a mundos posibles en que no sólo aprendemos sobre la vida, sino que nos estimula a pensar.

Pero todos somos muy conscientes de las muchas dificultades que se acumulan contra este objetivo. A nuestros estudiantes les cuesta mucho leer, se aburren soberanamente, y asistimos perplejos o desconcertados al progresivo distanciamiento o abandono masivo. Ante unos muchachos tan inmaduros, tan faltos de capacidad de atención y concentración, tan movidos e inquietos, tan distraídos, difícil tarea es encaminarlos y centrarlos en una actividad seria y absorbente como es la lectura.

Aunque este no sea el momento de analizar en profundidad las causas que generan esta situación, sí quiero dejar constancia de tres fácilmente detectables. En primer lugar la televisión se ha tenido durante mucho tiempo como la culpable más al alcance de la mano. Las imágenes televisivas bombardean impunemente durante muchas horas semanales a nuestros jóvenes que, sin apenas notarlo, se convierten en mudos, pasivos e idiotizados receptores de una avalancha colorista, violenta, edulcorada o de banales chismorreos. En la televisión todo se le da hecho al receptor sin exigirle nada a cambio, ni esfuerzo físico, ni inductivo, ni deductivo, ni imaginativo. Además, si este medio hipnotizante se nutre en su mayor parte de programas estúpidos, carentes del más elemental nivel lingüístico, cultural o estético, que ni elevan ni estimulan, sino que, por el contrario, alienan, rebajan y degradan; que unifican, pero por abajo; si la televisión se ha convertido en telebasura y es hoy, como dijo Ernesto Sábato, el verdadero opio del pueblo, el problema se complica al máximo para nuestros jóvenes indefensos. Según los expertos, la televisión ha llegado a ser una especie de “droga dura” a la que los niños son especialmente adictos. En un número muy elevado, la gente joven presenta un cuadro comparable al del drogadicto: bloqueo de las facultades de pensamiento y de expresión, dificultad de comunicación, disminución e, incluso, anulación de la libertad, instigación a la violencia y provocación a la adhesión inmediata.

Pero si las imágenes de la televisión invaden hasta el metro y los transportes públicos en donde el hombre tenía un espacio y tiempo de meditación a través del paisaje cambiante; el ruido acústico es ya connatural con nuestra existencia: teléfono, sirenas, radios, coches… Sin silencio no sólo no podemos leer, sino que también quedamos anulados como sujetos pensantes. Así se produce el equívoco de creer que las imágenes vigilantes y el ruido anestésico son producto de la alegría del mundo, mientras que el silencio y la soledad equivalen a la tristeza, el aburrimiento y el desasosiego (César Antonio Molina).

Sin embargo —y dentro de este absoluto olvido de la lectura y de la continua primacía y exaltación de la imagen y el sonido—, los últimos estudios sociológicos realizados demuestran que los menores prefieren, desde hace mucho tiempo y cada vez más, otras pantallas de ocio por su mayor interacción: el ordenador, Internet, los videojuegos y los teléfonos móviles; con el agravante de que los jóvenes van por delante de los padres y de los educadores en el conocimiento y uso de estas nuevas pantallas, lo que puede cuestionar la autoridad de éstos para ejercer cualquier mediación u orientación. Y si en la consola el joven es parte activa y no mero espectador como en la televisión, también es verdad que, en palabras de un experto, son ellos los que matan, atropellan o violan, y eso desestabiliza afectivamente y genera un problema educativo y social muy grave.

La realidad actual es que la gente joven se enardece con la PlayStation de bolsillo o caracolea nervioso y poseso con el dedo sobre las teclas del móvil, el MP3 o el iPod; está sumergida hasta el fondo en las Redes Sociales, realiza un uso exclusivamente lúdico del ordenador; navega por Internet, sobre todo en YouTube, a pelo, sin ningún salvavidas y fuera de todo control, en busca de lo que más le atrae o está de moda, obviando generalmente tantas cosas buenas e incluso maravillosas que los medios modernos ofrecen;   Y de esta manera la imagen prevalente de los muchachos que nos rodean es lo más parecido a unos “zombis”, con pinganillos en las orejas, que se balancean con desgana y manejan a un tiempo y convulsamente dos aparatos luminosos, uno para oír y otro para hablar, pero sin escuchar ni comunicarse realmente. ¿Qué grado de estupidez y reduccionismo puede cobrar aquel anuncio publicitario: “Abuelo, cuando no había vídeo-juegos, ¿qué hacíais?”?

El acto de la lectura, del que aquí tratamos, es una actividad personal, intensa y profunda, en la que hay que imaginar y crear; y que exige tiempo, silencio y paciencia; se encuentra, pues, en las antípodas de esta situación descrita tan pasiva, tan superficial, facilitona e idiotizante.

Otro enemigo de la lectura es el sentido gregario del muchacho actual, la necesidad del grupo para afirmarse y divertirse y, además, el cerco del ruido, de la música estridente, que unidos a las poderosas solicitaciones del entorno, las continuas incitaciones a salir de sí mismo, a extrovertirse y dispersarse, dificultan enormemente un acto tan interiorizado y concentrado, tan reflexivo y solitario como es el de la lectura.

George Steiner enumeraba el silencio, la soledad y la memoria cultural como las tres categorías que rigen la concepción clásica de la lectura:

Los adolescentes son clientes de pleno derecho de una sociedad que los viste, los distrae, los alimenta, los cultiva; en la que florecen los macdonalds, los burgers y las boutiques de moda. Nosotros íbamos a guateques, ellos a discotecas, nosotros leíamos un libro, ellos oyen su música estridente… A nosotros nos gustaba comulgar bajo los auspicios de los Beatles, ellos se encierran en el autismo del walkman… Se ve incluso esa cosa increíble de barrios enteros confiscados por adolescentes, gigantescos territorios urbanos entregados a sus vagabundeos.

¡Qué extraños y alejados de este panorama o cuadro juvenil aquellos conocidos versos de don Francisco de Quevedo, en el soneto “Desde la torre”, y que tan bien expresan lo que es la lectura como vehículo de conocimientos y de diálogo con el pasado!:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

La tercera causa es que la lectura ha sido excluida drásticamente del ambiente familiar, bien porque se ha perdido la tradición lectora en clases sociales que antes la poseían y valoraban, o bienporque no se dan las mínimas condiciones económicas y, sobre todo, culturales para que pueda existir. En ambos casos, los padres no leen y los hijos tampoco. La afición lectora entre los adolescentes y jóvenes decrece, aunque a veces haya un aumento engañoso de lectores llamados inducidos, debido a las lecturas obligatorias de los planes de estudio, a campañas de marketing, etc., que apenas consiguen lectores verdaderos y constantes, que es de lo que se trata.

A estas causas señaladas, se unen, por supuesto, la degradación de la educación y las formas de vida contemporánea, caracterizadas por la prisa y la superficialidad, que impiden la serenidad, el silencio y la soledad sosegada, a las que estamos aludiendo como requisitos imprescindibles para poder sumergirse en la lectura e ir consiguiendo el hábito. José Saramago recordaba la frivolidad y la trivialidad que se está instaurando en la sociedad. Nos está invadiendo —decía— y nos arrebata lo más preciado que poseemos: pensar y sentir, y Umberto Eco planteaba la necesidad de volver a valorar la reflexión y la meditación solitaria en un mundo cada vez más abierto a los espectáculos y a la distracción.

El escritor y catedrático de la Universidad de Barcelona, Juan Ramón Capella, planteaba hace ya bastante tiempo , desde su experiencia docente, la miseria pedagógica con la que los estudiantes llegaban a la universidad, y, aunque la situación actual no sea tan dramáticamente negativa, mucho me temo que las carencias sigan siento preocupantes:

Ni siquiera los mejores son capaces de expresarse por escrito. No se trata únicamente del absoluto desconocimiento de la ortografía, sino de la aberrante puntuación, de una grafía disparatada, que muestran la inexistencia de hábitos de lectura y de escritura. Tienen, además, una ignorancia supina de la Historia: no saben si fue antes el Imperio Romano o la Revolución Francesa… La Generación PlayStation ha llegado a la universidad. Divertirse hasta morir. En esto consiste la educación real que ahora funciona. La industria cultural ha convertido la educación en un divertimento. Ahora llegan los nuevos bárbaros. Los pedagogos se han vuelto locos, incluso pretenden que el placer de la lectura se convierta en exámenes… Hay un abismo entre la cultura de élite y la cultura de masas. Es terrible, pero creo que, al menos durante un tiempo, tendremos que defender la cultura de élite ante el barbarismo social.

Ante esta situación, que se va agravando curso a curso y que da como resultado una juventud, en general, llamativamente hedonista, enemiga del más mínimo esfuerzo, pasiva y despersonalizada, muy poco crítica, que ha perdido toda clase de referentes culturales y que sólo entiende textos muy simples, el profesor tiene que buscar, con inteligencia y sentido de la realidad, los medios más idóneos para conseguir vencer la apatía de los alumnos, motivarlos y crear buenos hábitos. Se trata de descubrirles el placer y la riqueza de la lectura, de conseguir futuros lectores, es decir, hombres más reflexivos, más cultos, más libres. Y este es el objetivo tanto de la asignatura de lengua como de la de literatura.

                                                          3. La lectura del cuento en la clase de lengua y literatura

La brevedad del cuento literario o relato moderno corto que puede leerse en menos de veinte minutos o que incluso sólo ocupa media o una página, y la sugestión y concentración de los grandes pequeños cuentos, facilitan la entrada del lector juvenil y los convierten en un posible camino de iniciación al placer de la lectura y al conocimiento directo de la literatura. Si se hace una buena selección desde distintos planteamientos —temas, estructuras, personajes, épocas y ambientes, técnicas narrativas y usos del lenguaje, etc.—, los cuentos pueden convertirse en un material vivo de trabajo en las clases de lengua y literatura.

La lectura se realizará, generalmente, en el aula, a veces en silencio, cada lector con su texto; otras veces, en voz alta por los propios alumnos y, con frecuencia, será el profesor quien lea el cuento. Siguiendo a Kepa Osoro, y avalados por nuestra propia experiencia, podemos afirmar que la lectura en voz alta, apasionada y a la vez serena, dramatizada y a la vez sencilla, que realiza un profesor de literatura ante sus jóvenes oyentes, impresiona, contagia y crea adicción. Es necesario volver de nuevo a la abandonada lectura en voz alta, porque la comprensión del texto pasa por la audición del sonido de las palabras, de donde, muchas veces, se saca todo su sentido.

¿Ya no tenemos derecho a meternos la palabra en la boca antes de clavárnosla en la cabeza? ¿Ya no hay oído? ¿Ya no hay música? ¿Ya no hay saliva? ¿Las palabras ya no tienen sabor? ¡Y qué más! ¿Acaso Flaubert no se gritó su Bovary hasta reventarse los tímpanos? ¿Acaso no es el más indicado para saber que la comprensión del texto pasa por el sonido de las palabras de donde sacan todo su sentido… que el sentido es algo que se pronuncia?

Pues bien, esa lectura en voz alta, bien modulada o expresiva, es ya en sí, como decíamos, un buen comienzo en la iniciación de la lectura. Después, el nuevo lector ha de ir entrando, poco a poco, en la lectura individual e interiorizada, estableciéndose la comunicación silenciosa entre el libro y él; pero, incluso en esta situación normal de lectura, sentirá, en ciertos momentos, la necesidad de leer para sí en voz alta.

Y después de la lectura del cuento, ¿qué? El profesor, tal vez por deformación profesional o por excesivo celo pedagógico, requiere, y casi necesita, un listado de ejercicios, trabajos, comentarios de texto, sobre la lectura realizada. ¿Qué pintamos nosotros, los profesores, si no explicamos, proponemos, examinamos y calificamos a nuestros alumnos?

Pues bien, muchas veces, después de la lectura, nada; el placer o la sorpresa ante el texto leído, sin más explicaciones… y ya es bastante. Siempre recuerdo las palabras de una joven estudiante al finalizar la lectura en clase del cuento de García Márquez, “El ahogado más hermoso del mundo”: No sé si lo he entendido, pero es lo más bello que he oído en mi vida; tal vez, el mejor comentario que se puede hacer de dicho cuento. En algunos manuales de literatura y en muchas guías didácticas se propone, y parece que se exige, tal cantidad de ejercicios sistematizados, ordenados y pormenorizados que su exhaustiva realización desanima al profesor y hace que el sufrido alumno aborrezca el texto leído; destruye, por tanto, exactamente lo que se pretendía conseguir: provocar el goce de leer.

El famoso y tan socorrido comentario de texto, tan sacralizado hace algún tiempo, llegó a convertirse en un ejercicio cuyo solo nombre asustaba y confundía a los alumnos, debido a un uso obsesivo, continuo y rígido. La busca desaforada de temas y asuntos, estructuras internas y externas, aliteraciones y paranomasias, metonimias y metáforas y algún que otro quiasmo y litote se había convertido en un fin en sí mismo, con el resultado de transformar el texto en un cadáver descuartizado. Nunca se debe olvidar que el único objetivo del verdadero comentario es ayudar a una lectura más comprensiva, aclarando y valorando el texto para que el alumno pueda entenderlo y disfrutarlo.

El profesor con conocimiento y experiencia, con flexibilidad e imaginación, teniendo en cuenta el grupo de alumnos y en función de cada texto leído, se contentará a veces, como ya hemos apuntado, con la simple lectura; en otras ocasiones recabará un comentario general o una impresión personal más o menos razonada. Planteará y explicará alguna técnica narrativa patente en el cuento, pedirá que se relacionen y clasifiquen los títulos leídos; se atenderán y analizarán las características de la lengua empleada y, desde luego, siempre se solventarán las dudas léxicas y se explicarán las referencias culturales desconocidas. En casos muy puntuales se realizarán comentarios más profundos y completos que analicen y valoren los aspectos fundamentales del texto narrativo: tema, estructura y personajes, tiempo y lugar, técnicas y estilo, e interpretación. Pero, insisto, sin obsesiones ni rigideces, con libertad y buenas dosis de imaginación, sin caer en rutinas ni en estériles repeticiones.

En la presentación y tratamiento de los cuentos seleccionados lo que debe importarle al profesor es que vaya aflorando en los alumnos el gusto por la lectura al encontrarse con relatos interesantes; que esos textos vayan ampliando la competencia lingüística, formando la sensibilidad artística y la capacidad crítica y valorativa; y esto exige tiempo y dedicación. No es una tarea fácil, aunque sí, a la larga, muy fecunda, que les irá preparando para lecturas más extensas y complejas. Un lector avanzado sólo se forja a lo largo de años de práctica.

Al hilo de lo que estoy comentando, quiero salir al paso de una falacia muy peligrosa que  durante  mucho tiempo se presentó a bombo y platillo como pilar básico de la pedagogía al uso: el estudio y la enseñanza, en general, tienen que convertirse en una actividad prioritariamente amena y lúdica. Parece que el único criterio valido en esta moderna pedagogía erae que los alumnos se diviertan en las clases, que aprendieran jugando, que las actividades y los ejercicios escolares fuesense siempre agradables y divertidos, muy lejos de todo lo que pueda suponer  trabajo y esfuerzo. Para ello, el buen profesor había de convertirse en una especie de animador festero que entretuviera y distrajese a un coro de maravillosos y entusiasmados chicos que viven cada día, en su centro de enseñanza, una apasionante y renovada aventura. Por esta misma razón, en algunas de las ofertas editoriales de literatura infantil y juvenil, el único criterio parecía ser el recurso a lo fácil, a lo bonito y frívolo, a lo divertido, a evitar todo esfuerzo, y, desde luego, ignorar o enmascarar cualquier aspecto duro o desagradable de la realidad. Lo que se buscaba es que el muchacho no se fatigase ni se entristeciera o deprimiese, que pudiese seguir vegetando en el limbo de un mundo idiotizado, convertido así, y desde sus mas tiernos años, en un ciudadano políticamente correcto, sin discernimiento ni asomo de pensamiento crítico, sin la más mínima responsabilidad.

Nada más lejos de la verdad. La auténtica enseñanza, el aprendizaje —en la escuela como en la vida—, la formación integral de un escolar, exigen esfuerzo, tenacidad y disciplina que quiere decir orden, no castigo; estudios y actividades no precisamente divertidas, pero sí interesantes y formativas. Sólo en avanzados estadios de madurez intelectual, el estudio produce placer, pero no es posible el aprendizaje sin esfuerzo. Con esto no pretendo afirmar que la actividad escolar tenga que ser aburrida y triste, que no haya que vencer la rutina, romper viejos moldes, buscar nuevos métodos, fomentar el interés, estimular y facilitar el aprendizaje, etc. Por supuesto que sí; pero sabiendo que la personalidad se realiza y llega a su plenitud al superar las dificultades, no al orillarlas.

Los alumnos tienen que enfrentarse a textos variados y de progresiva dificultad, a historias fantásticas o reales, a finales felices o desgraciados como la vida misma. Algunos cuentos les agradarán, les resultarán interesantes y sugerentes; otros, les parecerán más “rollos”, más alejados de su pequeño y cerrado mundo. Es normal. Se encuentran en una etapa de formación y necesitan no exclusivamente lo que les atraiga a primera vista —aunque también— sino, en el caso de la lectura, obras distintas y de gradual dificultad. La lectura literaria, como cualquier otra actividad intelectual, requiere una educación apropiada que se va consiguiendo con el hábito. Los profesores experimentados sabemos con cuánta frecuencia poemas, cuentos o novelas inicialmente rechazados, que no gustaron demasiado o no fueron bien comprendidos en un principio, se convierten más adelante en una insospechada y gratificante referencia personal del alumno, hasta el punto de ser sus favoritos.

                                                                  4. ¿Qué cuentos se pueden leer en clase?

Todos sabemos que la principal característica del cuento frente a otros géneros narrativos es la brevedad. El cuento pude leerse en unos minutos, en media hora o algo más: de una sentada.

Pero ¿cuál es la extensión mínima del cuento? Hoy es frecuente un tipo de textos llamados cuentos, tan cortos que la narración se ha condensado y reducido incluso a  algunas pocas líneas y cuya extensión máxima puede llegar a una página más o menos. Los teóricos estudiosos los consideran como una modalidad o subgénero del cuento, sin haber llegado a un consenso generalizado para su denominación: minicuentos, minirrelatos, microcuentos, etc.

Aparte de su corta extensión, una de las principales características de este tipo de textos —hasta el punto de ser considerada esencial— es su carácter proteico, que se puede traducir también, según todos los estudiosos, como hibridación, mestizaje o ambigüedad genérica, pues presentan tal variedad temática y de formas y estilos que los sitúan en una especie de tierra de nadie entre la narración y la lírica, entre el cuento propiamente dicho o la historia, la anécdota o el microensayo; y próximos, en según qué casos, al diálogo dramático, la ocurrencia o chiste, la noticia periodística, la estampa, el poema en prosa, la frase ingeniosa o lapidaria, el epigrama, la alegoría o la greguería. Es decir, se ha llegado a crear una especie de saco sin fondo, “cajón de sastre” o totum revolutum en el que, en mezcla confusa y heterogénea, cabe cualquier modalidad, sin distinguir entre formas literarias diversas, y que sólo porque prevalece la extensión corta reciben el nombre de minicuentos u otro parecido, a pesar de que el aspecto narrativo se haya jibarizado o desaparecido en su totalidad. Aunque muchos de estos textos tan diversos pueden servir al profesor en las propuestas didácticas a las que nos estamos refiriendo, creo que son necesarias algunas consideraciones previas y, por otra parte, bastante obvias, para poner un poco de orden y precisión terminológica.

Para que los textos muy breves puedan recibir la denominación de cuentos, tiene que darse ineludiblemente una narración. Es decir, el suficiente desarrollo de una historia, en un espacio y en un tiempo: la acción de un personaje protagonista o principal no necesariamente humano e, incluso, a veces, no explícito o ni siquiera nombrado, pero siempre en relación con un medio determinado y con otros personajes o elementos, ya explícitos, ya implícitos en la propia textualidad.

Ítem más, que sea ficción (invención): una historia inventada por el autor. Este puede crear, sin ningún límite, la historia más fantástica o bien partir de un hecho real, de una experiencia personal o ajena, que su imaginación puede cambiar, transformar, modificar y literaturizar con absoluta libertad creadora, porque ni es un gracioso contador de anécdotas, ni un historiador, ni menos un periodista de sucesos. Y de esta manera se cumple lo que es el proceso normal de la creación artística literaria; proceso muy complejo en el que intervienen la sensibilidad, la memoria, y la imaginación para recrear una historia plasmada, como resultado final, en el texto escrito.

Otras características para que podamos hablar de cuento es la voluntad de estilo, nacida del convencimiento por parte del autor de estar escribiendo precisamente un texto literario y no otro cualquiera de simple comunicación. Para que se dé un cuento bueno, por muy breve que sea, la historia tiene que ser sugerente o evocadora, divertida, sorpresiva, y estar muy bien contada, de tal manera que produzca en el lector una fuerte resonancia y una plena satisfacción.

Un texto escrito comienza a ser literario cuando, más allá del puro relato de sucesos o de la transmisión de datos, pretende una expresividad de carácter estético, para dar a la supuesta realidad referente una condición distinta, marcada por lo simbólico. En tal sentido, lo sustantivo en la creación literaria es el estilo, el modo de expresar por escrito lo que se pretende, a través del lenguaje. El lenguaje es materia esencial para elaborar la ficción literaria, sostenedor de sus capacidades expresivas y de su tono general.

Aunque debemos precisar que también con un estilo aparentemente escueto, directo y sencillo, como sucede en muchos y excelentes relatos modernos, se consigue una obra artística. Lo importante es encontrar la manera más adecuada y convincente de contar bien, y esto siempre supone una preparación previa, un esfuerzo y una voluntad de estilo, muy lejos de la improvisación y banalidad a la que estamos acostumbrados.

Distinguimos, pues, la denominación de cuento de la de texto mínimo, en el que sí puede entrar cualquier forma escrita como las anécdotas, aforismos, greguerías, chistes o ingeniosidades, algunas transcripciones de diálogos, ciertos ensayos con elementos narrativos, poemas en prosa o estampas literarias, noticias de periódico, o cualquier variante escrita, que, por muy graciosos, acertados, interesantes y sorprendentes que sean, no pueden confundirse u homologarse con el cuento. Es la distinción que establecen algunos estudiosos entre los microtextos frente a los llamados microrrelatos minicuentos: la diferencia que existe entre una categoría transgenérica, verdaderamente mixta y proteica, que abarca un área mucho más amplia e indeterminada al trascender las restricciones de género y, por otra parte, la forma literaria denominada cuento muy breve —en cualquiera de sus variantes— que alude a un tipo de texto narrativo y de ficción en el que se cuenta, de la manera más breve, bella e intensa posibles, una historia inventada por el autor que produce impacto en el lector.

Las características propias de todo buen cuento: concentración, efecto único, intensidad, tensión e iluminación o deslumbramiento(Poe y Cortázar), han de conseguirse en los cuentos brevísimos de una manera muy contundente y, por esta razón, se requiere del autor un bagaje artístico y literario mucho mayor de lo habitual. Si es muy difícil la perfección del cuento canónico, el de extensión normal, es mucho mayor en un minicuento. Recordemos las palabras del escritor español Medardo Fraile:

—Un cuento se escribe siempre temblando.

—¿Por qué?

—Porque puede quebrarse en cualquier momento.

Las historias mínimas de estas características siempre han existido, como cuentos populares, antiguas fábulas, parábolas o apólogos inolvidables, Pero es indudable la actualidad de este subgénero del cuento y, por cierto con un desarrollo destacado en las literaturas hispánicas. Por la extrema brevedad, por el acierto formal, por la ingeniosidad, la ironía, humor o sátira y por el final sorpresivo, estos cuentos pueden ser muy apropiados y sugerentes en el trabajo de clase.

Véase, como contribución práctica —y me gustaría que sugestiva o, cuando menos, orientadora—, una selección muy heterogénea, en la línea arriba apuntada, de microtextos que engloba minicuentos propiamente dichos (viejos apólogos, cuentos populares anónimos y literarios), y también otros textos no estrictamente cuentos, como anécdotas, estampas o poemas en prosa.

                                                                                       

El gesto de la muerte

Un joven jardinero persa le dice a su príncipe:

—¡Ayúdame, Señor! Esta mañana me he cruzado con la Muerte en el mercado y me hizo un gesto de amenaza. Tengo que huir y refugiarme esta noche en la ciudad de Ispahán, donde no pueda encontrarme.

El bondadoso príncipe le prestó sus caballos. Por la tarde, también el príncipe se encontró con la muerte y le preguntó:

—Esta mañana ¿por qué le hiciste a mi jardinero un gesto de amenaza?

—No fue un gesto de amenaza —respondió la Muerte—, sino un gesto de sorpresa, pues lo veía muy lejos de Ispahán y es allí donde debo tomarlo esta noche.

Apólogo muy antiguo, reescrito  de muy diversas maneras, comentado y analizado como uno de los textos más famosos e impresionantes,  en su brevedad,  del gran tema: la inexorabilidad de la muerte

                                                         

El ángel de la muerte y el rey de Israel

Se cuenta de un rey de Israel que fue un tirano. Cierto día, mientras estaba sentado en el trono de su reino, vio que entraba un hombre por la puerta de palacio; tenía la pinta de un pordiosero y un semblante aterrador. Indignado por su aparición, asustado por el aspecto, el Rey se puso en pie de un salto y preguntó:

—¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado venir a mi casa?

—Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me asusta la autoridad de los sultanes ni sus numerosos soldados. Yo soy aquél que no respeta a los tiranos. Nadie puede escapar a mi abrazo; soy el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos.

El rey cayó por el suelo al oír estas palabras y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, quedándose sin sentido. Al volver en sí, dijo:

—¡Tú eres el Ángel de la Muerte!

—Sí.

—¡Te ruego, por Dios, que me concedas el aplazamiento de un día tan sólo para que pueda pedir perdón por mis culpas, buscar la absolución de mi Señor y devolver a sus legítimos dueños las riquezas que encierra mi tesoro; así no tendré que pasar las angustias del juicio ni el dolor del castigo!

—¡Ay! ¡Ay! No tienes medio de hacerlo. ¿Cómo te he de conceder un día si los días de tu vida están contados, si tus respiros están inventariados, si tu plazo de vida está predeterminado y registrado?

—¡Concédeme una hora!

—La hora también está en la cuenta. Ha transcurrido mientras tú te mantenías en la ignorancia y no te dabas cuenta. Has terminado ya con tus respiros: sólo te queda uno.

—¿Quién estará conmigo mientras sea llevado a la tumba?

—Únicamente tus obras.

—¡No tengo buenas obras!

—Pues entonces, no cabe duda de que tu morada estará en el fuego, de que en el porvenir te espera la cólera del Todopoderoso.

A continuación le arrebató el alma y el rey se cayó del trono al suelo.

Los clamores de sus súbditos se dejaron oír; se elevaron voces, gritos y llantos; si hubieran sabido lo que le preparaba la ira de su Señor, los lamentos y sollozos aún hubiesen sido mayores y más y más fuertes los llantos.

       Cuento anónimo de Las mil y una noches.

                                                                                                                     

El espejo

Un campesino chino se fue a la ciudad para vender su arroz. Su joven mujer le dijo:

—Por favor, tráeme un peine.

En la ciudad, el campesino vendió el arroz y bebió con unos compañeros. En el momento de regresar se acordó de su mujer. Le había pedido algo, pero ¿qué era? No podía recordarlo. Así que compró un espejo en una tienda para mujeres y regresó al pueblo.

Entregó el espejo a su mujer y marchó a trabajar sus campos. Ella se miró en el espejo y se echó a llorar. Su madre, que la vio llorando, le preguntó la razón de aquellas lágrimas. La joven mujer le dio el espejo diciéndole:

—Mi marido ha traído a otra mujer.

La madre cogió el espejo, lo miró y le dijo a su hija:

—No tienes de qué preocuparte, es muy vieja.

      Cuento anónimo chino.

                                                             

Momotaro

Una vez, hace muchos años, en un pueblecito de la montaña, un hombre y una mujer muy viejos vivían en una solitaria cabaña de leñadores.

Un día que había salido el sol y el cielo estaba azul, el viejo fue en busca de leña y la anciana bajó a lavar al arroyo estrecho y claro, que corre por las colinas.

¿Y qué es lo que vieron? Flotando sobre el agua y solo en la corriente, un gran melocotón (durazno). La mujer exclamó:

—¡Marido, abre con tu cuchillo este melocotón!

¡Qué sorpresa! ¿Qué es lo que vieron? Dentro estaba Momotaro, un hermoso niño. Se lo llevaron a su casa y Momotaro se crió sano y fuerte. Siempre estaba corriendo, saltando y peleándose para divertirse, y cada vez crecía más y más y se hacía más corpulento que los otros niños del contorno.

En el pueblo todos se lamentaban:

—¿Quién nos salvará de los Demonios y de los Genios y de los terribles Monstruos?

—Yo seré quien los venza —repuso Momotaro—. Yo iré a la isla de los Genios y de los terribles Monstruos y los venceré.

—¡Dadle su armadura! —dicen todos—. Y dejadle ir.

Con un estandarte enarbolado va Momotaro a la isla de los Genios Malignos. Va provisto de comida para mantener su fortaleza.

Por el camino se encuentra a un perro que le dice:

—¡Guau, guau, guau! ¡Momotaro! ¿Adónde te diriges? ¿Me dejas ir contigo? Si me das comida, yo te ayudaré a vencer a los Demonios.

—¡Ki, ki, kia, kia! —dice el mono—. ¡Momotaro, eh, Momotaro, dame comida y déjame ir contigo! ¡Les daremos su merecido a esos malditos Genios!

—¡Kra, kra! —dice el faisán—. ¡Dame comida e iré con vosotros a la isla de los Genios para vencerlos!

Momotaro, con el Perro, el Mono y el Faisán, se hace a la vela para ir al encuentro de los Genios y derrotarlos. Pero la isla está muy lejos, muy lejos y el mar, embravecido.

El mono desde el mástil grita:

—¡Adelante, a toda marcha!

—¡Guau, guau, guau! —se oye desde popa.

Y en el cielo se escucha:

—¡Kra, kra!

Nuestro capitán no es otro que el valiente Momotaro.

Desde lo alto del cielo el Faisán espía la isla y avisa:

—¡El guardián se ha dormido! ¡Adelante!

—¡Mono, salta la muralla! ¡Vamos, preparaos! —dice Momotaro.

Y grita:

—¡Eh, vosotros, Demonios, Diablos, aquí estamos! ¡Salid! ¡Aquí estamos para venceros, Genios!

El Faisán con su pico, el Perro con los dientes, el Mono con las uñas y Momotaro con sus brazos, luchan denodadamente.

Los Genios, al verse perdidos, se lamentan y dicen:

—¡Nos rendimos! Sabemos que hemos sido malos, nunca más volveremos a serlo. Os entregamos el tesoro y todas nuestras riquezas.

Sobre una carreta cargan el tesoro y todas las riquezas que guardaban los Genios. El perro tira de la carreta, el Mono empuja por detrás y el Faisán les indica el camino. Y Momotaro, encima de los tesoros, entra en su pueblo donde todos lo aclaman como vencedor.

Cuento popular japonés.

                                                                                         

La obra maestra

El mono cogió un tronco de árbol, lo subió hasta el más alto pico de una sierra, lo dejó allí, y, cuando bajó al llano, explicó a los demás animales:

—¿Ven aquello que está allá? ¡Es una estatua, una obra maestra! La hice yo.

Y los animales, mirando aquello que veían allá en lo alto, sin distinguir bien qué fuere, comenzaron a repetir que aquello era una obra maestra. Y todos admiraron al mono como a un gran artista. Todos menos el cóndor, porque él era el único que podía volar hasta el pico de la sierra y ver que aquello sólo era un viejo tronco de árbol. Dijo a muchos animales lo que había visto, pero ninguno creyó al cóndor, porque es natural en el ser que camina no creer al que vuela.

Álvaro Yunque (Argentina, 1889-1982).7

                                                                                                     

El héroe

Figúrate tú, madre, que andamos de viaje y que estamos atravesando un peligroso país desconocido. Tú vas sentada en tu palanquín y yo troto a tu lado en un caballo colorado. El sol se pone, va anocheciendo. Ante nosotros se tiende solitario y gris el desierto de Yorandigui. Todo alrededor es desolado y seco. Tú piensas, asustada: “Hijo, no sé adónde hemos ido a parar”. Y yo te digo: “No tengas miedo, madre”.

El sendero es estrecho y retorcido, y los abrojos desgarran los pies. Los ganados han vuelto ya de los anchos llanos a sus establos de la aldea. Cada vez son más oscuros y vagos la tierra y el cielo, y ya no vemos por dónde vamos. De pronto, tú me llamas y me dices bajito:

—¿Qué luz será aquella que hay allí junto a la orilla, hijo?

Un alarido horrible salta en lo oscuro y unas sombras arrolladoras se nos vienen encima. Tú te acurrucas en tu palanquín y repites rezando los nombres de los dioses. Los esclavos que te llevan se esconden temblando de terror tras los espinos. Yo te grito:

—¡Madre, no tengas cuidado, que estoy yo aquí!

Los asesinos están más cerca cada vez, hirsutos los cabellos, armados con largas lanzas. Yo les grito:

—¡Alto ahí, villanos! ¡Un paso más y sois muertos!

Se oye otro terrible grito y los bandidos se abalanzan sobre nosotros. Tú, convulsa, me coges la mano y me dices:

—Hijo de mi vida, por amor de Dios, huye de aquí.

Yo te contesto:

—¡Madre, mírame tú! ¡Ya verás!

Entonces meto espuelas a mi caballo, que salta furioso. Chocan sonantes mi espada y mi escudo. El combate es tan espantoso que si tú lo pudieras ver desde tu palanquín te helarías de espanto, madre. Unos huyen, otros caen hechos pedazos. Tú, mientras, ya lo sé yo, estarás pensando, sentada allí solita, que tu hijo ha muerto. En esto yo vuelvo todo ensangrentado y te digo:

—Madre, la lucha ha concluido.

Tú sales de tu palanquín y, apretándome contra tu pecho, dices, mientras me besas:

—¿Qué hubiera sido de mí si mi hijo no me hubiera escoltado?

…Todos los días pasan cosas como esta. ¿Por qué no había de suceder algo así una vez? Sería como un cuento de los libros. Mi hermano diría:

—Pero ¿es posible? ¡Yo lo creía tan endeblito!

Y los hombres del pueblo repetirían, asombrados:

—Verdaderamente fue una suerte que el niño estuviera con su madre.

Rabindranath T. Tagore (India, 1861-1941).

                                                                                             

¡Qué invierno aquél!

…¡Qué invierno aquél! El atrio de la iglesia se cubrió de sepulturas nuevas. Un lobo rabioso bajaba todas las noches a la aldea y se le oía aullar desesperado. Al amanecer no turbaba la paz de los corrales ningún cantar madruguero, ni el sol calentaba los ateridos campos. Los días se sucedían monótonos, amortajados en el sudario ceniciento de la llovizna. El viento soplaba áspero y frío, no traía caricias, no llevaba aromas, marchitaba la yerba, era un aliento embrujado. Algunas veces, al caer la tarde, se le oía escondido en los pinares quejarse con voces del otro mundo. Los establos hallábanse vacíos, el hogar sin fuego, en la chimenea el trasgo moría de tedio. Por los resquicios de las tejas filtrábase la lluvia maligna y terca en las cabañas llenas de humo. Aterida, mojada, tísica, temblona, una bruja hambrienta velaba acurrucada a la puerta del horno. La bruja tosía llamando al muerto eco del rincón calcinado, negro y frío…

¡Qué invierno aquél! Un día y otro día desfilaban por el camino real procesiones de aldeanos hambrientos, que bajaban como lobos de los casales escondidos en el monte. Sus madreñas producían un ruido desolador cuando al caer de la tarde cruzaban la aldea. Pasaban silenciosos, sin detenerse, como un rebaño descarriado. Sabían que allí también estaba el hambre. Desfilaban por el camino real lentos, fatigados, dispersos, y sólo hacían alto cuando las viejas campanas de alguna iglesia perdida en el fondo del valle dejaban oír sus voces familiares anunciando aquellas rogativas que los señores abades hacían para que se salvasen los viñedos y los maizales. Entonces, arrodillados a lo largo del camino, rezaban con un murmullo plañidero. Después continuaban su peregrinación hacia las villas lejanas, las antiguas villas feudales que aún conservan las puertas de sus murallas. Los primeros aparecían cuando la mañana estaba blanca por la nieve, y los últimos cuando huía la tarde arrebujada en los pliegues de la ventisca. Conforme iban llegando unos en pos de otros, esperaban sentados ante la portalada de las casas solariegas, donde los galgos flacos y cazadores, atados en el zaguán los acogían ladrando. Aquellos abuelos de blancas guedejas, aquellos zagales asoleados, aquellas mujeres con niños en brazos, aquellas viejas encorvadas, con grandes bocios colgantes y temblones, imploraban limosna entonando una salmodia humilde. Besaban la borona, besaban la mazorca del maíz, besaban la cecina, besaban la mano que todo aquello les ofrecía, y rezaban para que hubiese siempre caridad sobre la tierra. Rezaban al Señor Santiago y a Santa María…

Ramón del Valle-Inclán (España, 1866-1936).

                                                                                             

La autoridad

En épocas remotas, las mujeres se sentaban en la proa de la canoa y los hombres en la popa. Eran las mujeres quienes cazaban y pescaban. Ellas salían de las aldeas y volvían cuando podían o querían. Los hombres montaban las chozas, preparaban la comida, mantenían encendidas las fogatas contra el frío, cuidaban a los hijos y curtían las pieles de abrigo.

Así era la vida entre los indios onas y los yáganse, en la Tierra del Fuego, hasta que un día los hombres mataron a todas las mujeres y se pusieron las máscaras que las mujeres habían inventado para aterrorizarlos.

Solamente las niñas recién nacidas se salvaron del exterminio. Mientras ellas crecían, los asesinos les decían y les repetían que servir a los hombres era su destino. Ellas lo creyeron. También lo creyeron sus hijas y las hijas de sus hijas.

Eduardo Galeano (Uruguay, 1940).1

                                                                             

Te quiero a las diez de la mañana…

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.

Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.

Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

Jaime Sabines (México, 1926-1999).

                                                                               

El primer día…

El primer día, Dios se creó a sí mismo. Ha de haber un comienzo para todo.

Luego creó el vacío. Encontró que le había quedado muy grande, y se sintió impresionado.

El tercer día imaginó las galaxias, los planetas y los soles. No se sintió excesivamente satisfecho, sin saber exactamente por qué.

El cuarto día hizo un poco de jardinería: decoró algunos planetas elegidos con un verdadero sentido artístico, y se sintió feliz al probarse a sí mismo que era un dios con gusto, destilando a través del universo una sutil perfección.

El quinto día, sin embargo, para relajarse de los esfuerzos de la víspera, decidió divertirse un poco: imaginó un mundo que no era más que una flagrante falta de gusto, lo atiborró con horribles colores, y lo pobló de una gran cantidad de repugnantes monstruos. Luego llamó a aquel mundo la Tierra.

Juan Sternberg (Bélgica, 1929).

                                                                               

Fin de baile

Acaban de bajar las luces del salón de baile. La banda comienza a tocar la última canción: una balada. Siempre odié la música lenta, pero ésta significa “te quiero”, y hay poco más que decir.

Nunca unos ojos me habían mirado así. Nunca había sentido mi cuerpo vibrar a cada nota, ni mis ojos mirar más fijos a algo.

Estas notas que envenenan el aire me han henchido el pecho, hiriendo mi alma de muerte. Me noto temblar cuando nuestras manos se unen, y sus enormes ojos azules se clavan como preciosas aristas de poliedros de amor en mi mente, en mi corazón, en mi recuerdo.

Mientras, suavemente, el cantante me demuestra que todo lo que ocurre es real, y por ello, estrecho mi lazo, atenazando mis brazos a su espalda, acercando su pecho al mío. Noto su respirar entrecortado en mi entrecortado respirar, y entre medias nuestros pechos, golpeados por nuestro revolucionado corazón. Sólo quiero que el pianista lea mi mente, y toque para siempre esta melodía, mientras hago de mis labios una extensión de sus labios. Cierro los ojos para soñar que este momento es una poesía en nuestros oídos o el sabor del azúcar glasé del dulce más lindo del mundo.

Cuando abro los ojos veo los suyos mirándome, pero tienen veinte años más. No existe el salón de baile, sólo queda en nuestro recuerdo. Y la canción suena en nuestras cabezas, recordándonos cada día cuánto nos queremos, y que lo que una vez fue sueño permanece siendo realidad.

Miguel Ángel Hurtado

                                                                                             

La montaña

El niño empezó a trepar por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sonriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del niño una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.

—¡Papá, papá! —llamó a punto de llorar.

Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.

—¡Papá, papá!

El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

Enrique Anderson Imbert (Argentina, 1910-2000).13

                                   El niño al que se le murió el amigo

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre: “El amigo se murió. Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar”. El niño se sentó en el qui­cio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. “Él volverá”, pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hoja­lata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no vi­niese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar. “Entra, niño, que llega el frío”, dijo la madre. Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos, y pensó: “Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada”. Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y le dijo: “Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido”. Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

Ana María Matute (España, 1926).

                                                                                                                   

La tristeza

El profe me ha dado una nota para mi madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal. Se la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la mañana. He metido en el microondas la tortilla congelada que compré en el supermercado y me he comido la mitad. La otra mitad la puse en un plato en la mesilla, al lado del tazón de leche. Mi madre sigue igual, con los ojos rojos que miran sin ver y el pelo, que ya no brilla, desparramado sobre la almohada. Huele a sudor la habitación, pero cuando abrí la persiana ella me gritó. Dice que si no se ve el sol es como si no corriesen los días, pero eso no es cierto. Yo sé que los días corren porque la lavadora está llena de ropa sucia y en el lavavajillas no cabe nada más, pero sobre todo lo sé por la tristeza que está encima de los muebles. La tristeza es un polvo blanco que lo llena todo. Al principio es divertida. Se puede escribir sobre ella, “tonto el que lo lea”, pero, al día siguiente, las palabras no se ven porque hay más tristeza sobre ellas. El profesor dice que estoy mal porque en clase me distraigo y es que no puedo dejar de pensar que un día ese polvo blanco cubrirá del todo a mi madre y lo hará conmigo. Y cuando mi padre vuelva, la tristeza habrá borrado el “te quiero” que le escribo cada noche sobre la mesa del comedor.

Rosario Barros Peña (España, 1935).

                                                                                                             

Génesis

Con la última guerra atómica, la humanidad y la civilización desaparecieron. Toda la tierra fue como un desierto calcinado. En cierta región de Oriente sobrevivió un niño, hijo del piloto de una nave espacial. El niño se alimentaba de hierbas y dormía en una caverna. Durante mucho tiempo, aturdido por el horror del desastre, sólo sabía llorar y clamar por su padre. Después sus recuerdos se oscurecieron, se disgregaron, se volvieron arbitrarios y cambiantes como un sueño; su horror se transformó en un vago miedo. A ratos recordaba la figura de su padre, que le sonreía o lo amonestaba, o ascendía a su nave espacial, envuelta en fuego y en ruido, y se perdía entre las nubes. Entonces, loco de soledad, caía de rodillas y le rogaba que volviese.

Entretanto la tierra se cubrió nuevamente de vegetación; las plantas se cargaron de flores; los árboles, de frutos. El niño, convertido en un muchacho, comenzó a explorar el país. Un día, vio un ave. Otro día vio un lobo. Otro día, inesperadamente, se halló frente a una joven de su edad que, lo mismo que él, había sobrevivido a los estragos de la guerra atómica.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Eva —contestó la joven—. ¿Y tú?

—Adán.

Marco Denevi (Argentina, 1922-1998).

                                                                                                         

Aviso

La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.

Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarraran al mástil.

Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada; solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.

Entonces decidí saltar sobre la borda y nadar hasta la playa.

Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas del Hades y que he cruzado el campo de asfodelos dos veces, me vi deparado a este destino de un viaje lleno de peligros.

Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.

Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.

Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado.

Salvador Elizondo (México, 1932-2006).

                                                                                                 

La leyenda de Carlomagno

El emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del Imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los dignatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno no había muerto con ella. El Emperador, que había hecho llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, asustado de esta macabra pasión, sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta encontró un anillo con una piedra preciosa. No bien el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago Constanza. Carlomagno se enamoró del lago Constanza y no quiso alejarse nunca más de sus orillas.

Ítalo Calvino (Italia, 1923-1985).

                                                                                                        Las líneas de la mano

De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que repro­duce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguida a causa del tránsito pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacio­nado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbi­nas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor, y en una cabina donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano dere­cha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.

Julio Cortázar (Argentina, 1914-1984).19

                                                                                                         Amores

Cuando Amparo me dijo que no me quería, después de seis meses de tenaz noviazgo, me recluí en casa de mi tía Eredia por espacio de tres meses.

El amor de Luisina, un año más tarde, vino a curar aquella herida que seguía sin cerrarse. Fue un tiempo corto, eso sí, de felicidad e ilusiones. Entender la decisión de Luisina de abandonar el mundo para profesar en las Esclavas me costó una úlcera de duodeno. A mi natural melancolía se unió esa tristeza sin fondo que ni los auxilios espirituales logran paliar.

Irene llegó a mi vida en un baile de verano al que mi amigo Aurelio me llevó como quien dice a punta de pistola. Que dos años más tarde aquella tierna seductora se fuese precisamente con Aurelio, yugulando a un tiempo amor y amistad, fue lo que provocó, en el abismo de la desgracia sentimental, mi hospitalización.

Antonia era una enfermera compadecida que me sacó a flote usando todos los atributos que una mujer puede poseer. El amor del enfermo es un amor sudoroso y lleno de pesares, más frágil que ninguno. Cuando una tarde vi a Antonia y al doctor Simarro besándose en el jardín me metí para el cuerpo un tubo de aspirinas. Gracias como siempre a mi tía Eredia, culminé tras la crisis la desolada convalecencia y, cuando definitivamente me sentí repuesto, comencé a considerar la posibilidad de retirarme del mundo, habida cuenta de que mis convicciones religiosas se habían fortalecido.

Fue entonces cuando me escribió Amparo reclamando mi perdón y reconociendo la interpretación errónea que había hecho de su amor por mí. Nos casamos en seguida y todo iba bien hasta que Luisina, que colgó los hábitos, volvió para recuperar mi amor e Irene y Antonia, bastante desgraciadas en sus respectivos derroteros sentimentales, regresaron para restablecer aquella fidelidad herida, convencidas, cada una por razones distintas, de que el único amor verdadero era el mío.

Mi tía Eredia anda la mujer muy preocupada, y yo, como dice mi amigo Gonzalo, sobrellevo con astucia y aplomo desconocidos mi destino, trabajando en tantos frentes a la vez. Y me voy convenciendo de que existe una rara justicia amorosa que nos hace cobrar los abandonos, aunque su aplicación puede acabar resultando perjudicial para la salud.

Luis Mateo Díez (España, 1942).

Áspero abrazo

Me dormí a la orilla de un lago junto a un árbol de tronco retorcido. De pronto, sus raíces comenzaron a salir de la tierra como manos sarmentosas y a recorrer mi cuerpo. Exploraban mis rincones con la misma avidez que un animal hambriento. Molesto por aquella insistente caricia que no deseaba, las retiré entre sueños, pero ellas volvían. Aquellas extremidades leñosas persistían en su obstinado recorrido, aprisionando mi cintura cada vez con más fuerza. Inquieto, las sacudí de nuevo, esta vez con saña, intentando librarme de su asfixiante abrazo. No lo conseguí. De repente, me encontré entre las manos un objeto cortante. Sin pensarlo, golpeé con él las raíces hasta que, soltándome, cayeron al suelo. Un líquido caliente brotó de su interior y me mojó la cara. Me limpié con la hierba, que parecía un lienzo, y continué durmiendo.

Cuando me desperté, ella yacía ensangrentada a mi lado. Le faltaban las manos.

Concha Fernández González (España).

                                                                                                         Paternidad responsable

Era tu padre. Estaba igual, más joven incluso que antes de su muerte, y te miraba sonriente, parado al otro lado de la calle, con ese gesto que solía poner cuando eras niño y te iba a recoger a la salida del colegio cada tarde. Lógicamente, te quedaste perplejo, incapaz de entender qué sucedía, y no reparaste ni en que el disco se ponía rojo de repente ni en que derrapaba en la curva un autobús y se iba contra ti incontrolado. Fue tremendo. Ya en el suelo, inmóvil y medio atragantado de sangre, volviste de nuevo los ojos hacia él y comprendiste. Era, siempre lo había sido, un buen padre, y te alegró ver que había venido una vez más a recogerte.

Carlos Alfaro Gutiérrez (España, 1947).

                                                                                                                      Para mi chica la Marga

Cuando Marga no está, todo es Marga.

Es Marga la pasta de mi tubo de dientes. Marga es mis orejas y las pocas ganas que hoy tengo de levantarme. Y también el vecino que me saluda y parece que diga Marga. Hoy más que nunca Marga es Argentina. Y ensalada con pechuga asada. Hoy Marga no es la siesta, porque pensando, pensando tampoco hoy me dejó dormir. Esta tarde son Marga mis piernas, que me llevan poco a poco como si fueran solas, sin contar con el resto de mi cuerpo, que, dicho sea de paso, también es de Marga. Y el agradable sonido de mis pasos en el suelo. Y mi respiración. Marga es Dostoievski. Y también Mario Benedetti y Miguel Hernández. Y mi Daniel Pennac. Esta tarde es Marga hasta Ana Rosa Quintana. Y café con leche y torta de nueces y pasas. Marga es las nueve y media y las diez menos cuarto y las diez y veinte.

Y es entonces, a eso de las diez y media, cuando Marga está, y todo lo demás no existe. Y sólo existe Marga.

Martín Civera López.

                                                                                                                          Nochebuena

Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en esto estaba cuando sintió que unos pasos le seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.

Fernando se acercó y el niño le rozó con la mano:

—Decile a… —susurró el niño—. Decile a alguien que yo estoy aquí.

Eduardo Galeano (Uruguay, 1940).

*Miguel Díez R, el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

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