El cuento popular

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Una niña está leyendo un cuento tumbada en la cama.
© Kampus Productions. Pexels

Por *Miguel Díez R., el Viejo Profesor, para Prensa Social.

¿Cómo podríamos vivir, en cualquier edad de la vida, sin cuentos ni juegos?

Federico Nietzsche (Alemania, 1844-1900)

El relato está presente en todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las sociedades. El relato comienza con la historia misma de la humanidad. No hay ni ha habido jamás en parte alguna un pueblo sin relatos: todas las clases, todos los grupos humanos tienen sus relatos y muy a menudo estos relatos son saboreados en común por hombres de cultura diversa e incluso opuesta.

Roland Barthes (Francia, 1915-1980)

Algunas veces recuerdo la noble voz de mis viejos paisanos en aquellos momentos de apacible confidencia al amor de la lumbre. Le queda a uno la escenografía de un tiempo en reposo en el quehacer diario, horas descolgadas del anochecer, cocinas templadas, la atmósfera de humo y de leña y el invierno agazapado allí fuera, como dormido en la honda respiración de la ventisca. Eran las horas del contar que venían de muy atrás, de una memoria acaso tan larga como la que había cobijado los conocimientos de todas las labores. Y allí apostados nos quedábamos en la penumbra mecedora, mientras una voz iniciaba el relato y otra le sucedía, y todos escuchábamos con un silencio de atenciones acariciadas, llevados por el prestigio de las voces, que era sencillamente el derivado de su modulación narradora, y por la emoción de las historias.

Luis Mateo Díez (León, 1942)

Al hablar del cuento popular, no me refiero a un tipo particular y exclusivo, sino que aludo, de una manera general y totalizadora, a un complejo y variado número de relatos en los que se incluyen fábulas o apólogos y cuentos maravillosos, humorísticos, anecdóticos o costumbristas, etc.

Etimológicamente, la palabra cuento proviene de del latín computus, equivalente a recuento puesto que el verbo correspondiente computare significaba ‛contar numéricamente’; y así se pasó de enumerar objetos a reseñar o narrar sucesos y acontecimientos reales o fingidos. En el diccionario de la Lengua Española de la RAE, la tercera acepción de cuento reza así: ‛breve narración de sucesos ficticios y de carácter sencillo, hecha con fines morales o recreativos’.

Antonio Rodríguez Almodóvar (España, 1941), refiriéndose al cuento popular, en su significado mas estricto, formula esta definición: El cuento popular es un relato de ficción que sólo se expresa verbalmente y sin apoyos rítmicos; carece de referentes externos, se transmite principalmente por vía oral y pertenece al patrimonio colectivo. Su relativa brevedad le permite ser contado en un solo acto. En cuanto al contenido, parte de un conflicto, se desarrolla en forma de intriga y alcanza un final, a menudo sorprendente El sentido de los cuentos populares se aloja fundamentalmente en la acción. Sus personajes carecen de entidad psicológica individual, pero no de significado, que está ligado a la acción. El ornatus, o estilo, prácticamente no existe.

El cuento popular pertenece al folclore, es decir, al saber tradicional del pueblo y en esto es semejante a los usos y costumbres, las creencias y ceremonias, fiestas, juegos y bailes, etc.; y en la literatura folclórica, la denominada comúnmente popular y tradicional, se sitúa junto a mitos y leyendas, romances cantares y coplas. Todas estas manifestaciones literarias nacen y se desarrollan en una tradición cultural determinada, transmitiéndose oralmente, en voz alta y resonando en las plazas públicas o alrededor del fuego del hogar

Contar historias, sin más, por el puro placer de narrar, es una pasión tan antigua y universal como el goce de escucharlas. Y al ser el hombre, por naturaleza, contador y receptor de historias, podemos imaginar que los primeros cuentos nacieron en las largas noches de los tiempos primigenios en que, alrededor del fuego de una caverna, los primitivos cazadores contaban oral y gestualmente algún suceso real o fantástico: el riesgo de una peligrosa aventura de caza, el espanto sobrecogedor ante la luz del relámpago y el estruendo del trueno o la fascinación por la inmensidad insondable y desconocida del mar. Los relatos eran dirigidos a los miembros de la tribu, encandilados oyentes de aquellas historias que, en las cavernas y alrededor del fuego, amenizaban sus precarias vidas y las medrosas horas de las noches interminables. Porque, como decía una vieja narradora quechua: «los cuentos se contaban para dormir el miedo».

Aunque en nuestros días se ha perdido gran parte de prestigio y la fuerza de la palabra hablada, la voz desnuda fue durante milenios el único vehículo de transmisión de la cultura; la encargada de perpetuar la memoria de los ancianos en la de los jóvenes. Y todavía hoy en día, en la aldea global de un mundo tan tecnificado, mediático y unificado, convertido en «aldea global» por las autopistas de la información, y prosternado -como ferviente adorador- ante cualquier clase de imagen, se puede escuchar, en lugares recónditos, la palabra en estado puro (y con toda su fuerza primigenia) de un  narrador de cuentos sentado en el zoco de un mercado oriental; en el espacio tan anchuroso, vivo y colorista, de la plaza Dyemá el Fna de Marrakech; delante de la choza de un poblado africano; bajo «el árbol de la memoria» de la selva amazónica o convertido en «cuentacuentos» de las bibliotecas y escuelas u otros aforos de nuestros modernos pueblos y ciudades, ante personas muy distintas -especialmente niños, adolescentes y personas mayores- que, con la misma avidez que aquel público de las cuevas prehistóricas, le miran fijamente, y oyen y escuchan atentamente antiguas historias sin fecha, o renovadas ficciones.

El cuento popular es anónimo. Por supuesto que tuvo que haber o hay un autor inicial, pero cuando la comunidad acepta el cuento como suyo propio y en él se reconoce, el autor desaparece y desde ese momento el cuento se convierte en un bien mostrenco, patrimonio común de todo el pueblo.

Son textos vivos, en continua creación, recreación y transmisión —de padres a hijos, de boca en boca, de generación en generación— y, por esta razón, los relatos tradicionales no tienen una forma fija y única sino que perduran en las variantes, es decir, cada vez que se relata un cuento en forma oral -y también escrita cuando se recoge así podemos afirmar que se producen versiones diferentes  mediante variantes, como   puede ser el cambio de un elemento por otro,  un modelo dialógico, el ambiente o paisaje, sin que se modifique el tema o el sentido del texto. Los relatos populares tienen un núcleo narrativo común a otros varios y es este meollo sustantivo y permanente el que los integra en un ciclo cuentístico determinado.

Como estoy diciendo, los cuentos son anónimos y por ello abiertos en su proceso de creación y recreación, y se actualizan y acomodan continuament a la diversidad de públicos y circunstancias, incluso en el momento mismo del acto narrativo. Las variantes -una de las principales características de la literatura popular- y modificaciones pueden deberse a la adaptación, modernización o eliminación de elementos arcaicos, a la alteración del orden de los episodios, a la adición de algún pasaje, a la fusión y contaminación con otros cuentos y, por supuesto, al olvido de ciertos detalles.

Además, según etnia, cultura y tradición, cada cuento tiene su sello propio y el narrador mismo le imprime su talante y estilo. Porque el acierto y el éxito de estos relatos de carácter oral y popular no radica solo en el argumento o en la historia en sí, sino especialmente en el arte de saber contar, tanto o más difícil que el de saber escribir. Alfonso Reyes (México, 1889-1959) recordaba a un narrador popular de su niñez que, le pedían un cuento, se concentraba y decía: voy a recordar las palabras. El cuento era para él, añadía Reyes, un poema en prosa y este hombre era el legítimo narrador de historias o Tusitala, como llamaban a Stevenson, el autor de La isla del tesoro, los isleños de Samoa.

SIn entrar, ni mucho menos, a fondo en la compleja cuestión del origen del cuento popular y simplificando todo lo que puedo, se puede hablar de la hipótesis de un origen común y un posterior proceso de difusión y préstamo, según la denominada teoría monogenética, pero otra teoría, la poligenética, defiende un origen múltiple , o sea, diversos nacimientos independientes en el tiempo y en el espacio de la esencia de un mismo cuento ,basándose en el principio de la esencial unidad del pensamiento y sentimiento humanos.

Leandro Carrè Alvarellos (Galicia 1888-1976), en apoyo de esta última teoría, afirmaba que los grandes sentimientos humanos como la alegría, el dolor, la ambición, la envidia o el odio, la bondad y la maldad, originan, en cualquier persona de cualquier época o país, manifestaciones, efectos y reacciones semejantes. ¿Qué de extraño tiene que se registren coincidencias, que parecen plagios en las ideas, en los pensamientos y en las producciones literarias?

Cuanto más se conocen los cuentos y leyendas populares de todo el mundo, más evidente resulta la profunda unidad del espíritu del hombre.

Enrique Anderson Imber (Argentina, 1810-200), sin embargo, opinaba que, aunque ambas hipótesis —mono y poligenética— pueden ser útiles y sugerentes, ninguna de ellas es válida como verdadera y única, aplicable a todos los cuentos. Y pone el ejemplo de dos cuentos: uno que puede aparecer en El conde Lucanor (Don Juan Manuel, Príncipe de Villena, escrita entre 1331 y 1335) y deriva de uno que desde la India se difundió hasta llegar a España. Y otro, del mismo libro, que coincide también con otro de la India no porque allí estuviera su remota fuente, sino porque hindúes y españoles, por ser hombres, sintieron y pensaron lo mismo.

Abundando en lo que estoy planteando, Alcina Franch afirma que uno de los aspectos más sobresaliente de los cientos populares es su difusión en el espacio, Pues muchas veces y de manera imprevista, un cuento nacido en una determinada comunidad desconocida, pasa a otra y luego a otra hasta llegar en la misma forma oral a un lugar muy apartado de su origen. Múltiples versiones recogidas en diversas partes del mundo dan como resultado curiosas variantes que enmascaran y confunden la forma original.

Bruno Bettelhein (Austria, 1904-1990 también nos ilustra al respecto, al tomar como ejemplo una historia popular tan conocida y extendida como es La Cenicienta. ¿Cuándo se conoció por primera vez? Es imposible dar una respuesta, pero se sabe que existe una versión china de este cuento escrita hace más de mil años por un tal Tuan Ch’eng-shih, un precoz recopilador de cuentos populares. Pues bien, él mismo manifestó que se trataba de una historia ya muy vieja en su tiempo y que no había dejado de transmitirse de generación en generación.

De una recopilación de Jorge B. Rivera (Argentina, 1935-2004) sobre el cuento popular, escojo un breve texto donde se resume con acierto el tema del que estoy hablando: la teoría poligenética del origen de los cuentos populares:      

“Viajeros del tiempo y de las culturas, cambiantes pero fieles en el fondo a su sustancia íntima, los cuentos populares acompañan al hombre y lo flanquean con una solidaridad de viejo perro que comparte sus faenas, sus horas de descanso, sus luchas y sus largas migraciones a través de ríos cordilleras y desiertos. 

*Miguel Díez R, el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

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