El derecho a la blasfemia: una cuestión de principios

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Hoy 30 de septiembre se celebran el Día Internacional de la Traducción y, por ser el último jueves de este mes, el Día Marítimo Mundial. Más desapercibida pasa otra celebración: la del Día Internacional del Derecho a la Blasfemia, tal vez porque los fines que persigue no se consideran loables o, más probablemente, porque la defensa de los valores laicos no se considera necesaria, al juzgárselos suficientemente consolidados en nuestra sociedad. Pues no lo cree así la oenegé estadounidense Center for Inquiry, que fomenta la ciencia, la razón y los valores humanistas; y en consecuencia estimó necesario instituir la fecha de hoy como un día en que recordar la precariedad de éstos.

Es frecuente que la institución de un Día Internacional conmemore una efeméride que ilustra la necesidad de instaurarlo. Así ocurre en este caso: tal día como hoy, en 2005, el Islam se movilizó multitudinariamente contra la libertad de expresión y el derecho a la blasfemia vigentes en el mundo occidental. Todo por unas caricaturas de Mahoma publicadas en el diario danés Jyllands-Posten. El suceso, narra Lorenzo Vidino en su imprescindible El círculo cerrado de los Hermanos Musulmanes (Galaxia Gutenberg, 2021), «se convertiría en la crisis de política exterior más grave de la historia de Dinamarca desde la II Guerra Mundial».

El editor de cultura del Jyllands-Posten, Flemming Rose, continúa diciendo Vidino, justificó la publicación de tales caricaturas «en respuesta a varios incidentes de autocensura en Europa causados por crecientes temores y sentimientos de intimidación al lidiar con temas relacionados con el Islam». A raíz del atentado contra Theo van Gogh, asesinado ritualmente en el centro de Ámsterdam por un militante yijadista ofendido por una película antiislámica del cineasta holandés, Sumisión, Rose se sintió perturbado por varios casos en que artistas y editores europeos se habían negado a exhibir arte ni representar obras de teatro que pudieran exponerlos a amenazas similares. «Al enterarse de que un autor danés que escribía un libro sobre Mahoma tenía problemas para encontrar a alguien que se atreviese a ilustrarlo, Rose contactó con cuarenta ilustradores, a los que encargó que dibujaran caricaturas sobre el tema, no sin curiosidad por ver cómo reaccionarían. Sólo doce dibujantes enviaron caricaturas. La mayoría eran inofensivas, pero algunas eran insultantes, particularmente una que representaba al Profeta con un turbante en forma de bomba y otra que lo pintaba con trazas de asesino».

¿Qué convierte un suceso en principio trivial, como la publicación en un periódico de Jutlandia de doce caricaturas, «la mayoría inofensivas», en una crisis internacional con repercusiones en la geopolítica mundial? Según Ahmed Akkari, exmilitante de los Hermanos Musulmanes en Dinamarca que desempeñó un papel clave en la orquestada gestación de esta crisis, su manipulación espuria por las elites religioso-políticas (el Islam es una religión política) que se arrogan la representación de las minorías musulmanas en Occidente; y con ella, la potestad de decidir qué constituye ofensa colectiva. También, individualmente, la de dar permiso para renegar de una religión distinta del Islam —a fin de abrazar ésta, claro—, permiso que deniegan a los musulmanes que apostaten del Islam, lo que en este caso se castiga con la muerte. La distinción es evidente a estos fanáticos: a diferencia de las demás religiones, el Islam es la única verdadera, lo que justifica ejecutar a quien reniegue de ella, cometiendo así el peor crimen concebible: apartarse de la Verdad, habiéndola conocido.

Siempre según el relato de Vidino, quien a su vez reproduce declaraciones en exclusiva de Akkari, los líderes islamistas en el país escandinavo «emprendieron acciones para movilizar a los musulmanes daneses y hacer oír su voz; pero todo fue en vano: el Jyllands-Posten no cedía a la presión ni tenía intención de disculparse. En vista de ello, los líderes de la protesta reclamaron el apoyo de los embajadores en Dinamarca de varios países musulmanes, para que convencieran al Gobierno danés de que a su vez obligara al Jyllands-Posten a presentar sus disculpas. Once de los diplomáticos, encabezados por la embajadora de Egipto, Mona Omar Attia, solicitaron entrevistarse con el primer ministro danés, Anders Fogh Rasmussen, para tratar este asunto. Rasmussen se negó.
—Es una cuestión de principios —declaró—. No voy a recibir a estos individuos porque los principios en que se basa la democracia danesa son tan diáfanos que no me dan motivo alguno para ello. Como primer ministro, no tengo poderes para limitar la [libertad de] prensa, ni quiero esa potestad.
La negativa del Jyllands-Posten y el Gobierno danés a disculparse o aun a dialogar con el grupo encabezado por Abu Laban ha sido objeto de exhaustivos debates en Dinamarca. Algunos la consideran un error estratégico, aduciendo que se podría haber evitado la escalada de la crisis aviniéndose a negociar con los líderes religiosos y emitiendo una disculpa. Pero si bien el periódico estaba resuelto a no cejar en su defensa de la libertad de expresión y el derecho a la sátira (pues precisamente por esta Causa habían publicado las caricaturas), el Gobierno danés tenía otras razones para practicar una política de mano dura, empezando por su negativa a reconocer como representantes legítimos de la comunidad musulmana danesa a un grupo de autoproclamados líderes de la misma cuyas tendencias extremistas eran públicas y notorias. Según Ahmed [Akkari], este argumento fue lo que más les soliviantó».

En su conversación con Vidino —cuyo libro citado arriba se fundamenta en testimonios de exmilitantes de la Hermandad Musulmana que en su día la abandonaron por disentir de ella—, Ahmed Akkari, a quien los mencionados líderes «le habían dado la impresión de estar menos indignados por los insultos al Profeta que interesados en pescar en río revuelto», no se anda por las ramas a la hora de denunciar la hipocresía de estos «políticos disfrazados de clérigos»:

Algo se rompió dentro de mí […]: vi a políticos disfrazados de clérigos, muchas puñaladas por la espalda, envidias personales; y oí mucha grandilocuencia. Mi imagen de la unidad islámica se derrumbó oyéndoles perorar de los pobres en aquel hotel de superlujo. Cuánta hipocresía. Yo, que era relativamente ingenuo y creyente en la Causa, vi allí a gente que adoraba el poder y la política; y también lo maquiavélico del pensamiento político de la Hermandad.

Ahmed Akkari

Se estima que unas doscientas personas murieron en los disturbios que durante meses se sucedieron en todo el mundo, destacando los atentados contra embajadas danesas y de otros países occidentales. Sin embargo, no faltaron quienes los justificaran ni menos quienes, condenándolos retóricamente como un exceso, añadían a renglón seguido que las ofensas a la religión tampoco se podían tolerar.

El máximo representante en Occidente de esta tibieza jesuítica (según la segunda acepción del adjetivo) ha sido el papa Francisco I, a quien los periodistas de todo el mundo han satisfecho gratis su deseo de prescindir del ordinal, en una pretendida demostración de humildad que, como suele ocurrir cuando uno se excede con el postureo, demuestra lo contrario de lo que pretende. «Si insultan a mi mamá, pueden esperarse un puñetazo. ¡Es normal!», no dudó en declarar este apóstol de la barbarie, según cuyo infalible criterio «no se puede insultar la fe de los demás», línea ésta la del insulto a la fe ajena que a su juicio delimitaría nítidamente la frontera de la libertad de expresión. Todo esto cuando aún no se habían enfriado los cadáveres de los humoristas de Charlie Hebdo, y sin que nadie hiciera ver al Sumo Pontífice que estaba concediendo a la grey mahometana un derecho a vengarse de la sátira —aplicando una Ley del Talión notablemente desproporcionada— que le negaba a la católica, obligada en cambio a poner la otra mejilla. No es de extrañar, dada la hipocresía reinante en este inaplazable debate, que el derecho a la blasfemia esté hoy más amenazado que hace veinte años, corroborando la necesidad de un Día Internacional consagrado a su defensa. Y recuerden: defender el derecho a blasfemar contra una religión que no es de nuestro agrado es demasiado fácil. Lo difícil, pero imprescindible, es tolerar el derecho que asiste a los demás a proferir expresiones que nos puedan ofender como parte de un colectivo. Porque llamarse a ofensa per se no otorga a quien se declara subjetivamente ofendido en sus sentimientos derecho sino a rasgarse las vestiduras.

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