El final del verano llegó. Quizá sea una de las frases que más hayamos dicho en otros tiempos, cuando todo parecía detenerse en agosto.

Apenas quedan cuatro meses para finalizar este aciago 23, cuando tras la pandemia —superada, según rezan los carteles de la doña de Sanidad— ya no es noticia el covi, sin d, tenemos a Daniel Sancho y a Luis Rubiales para animarnos la entrada a la rutina. Creo que no hay nada más triste que ser invisible a los ojos de la sociedad. No digamos de la prensa, pero no es el caso. El uno porque va degollando amantes y el otro porque da piquitos a señoras, todo el rato el candelabro encendido, por lo que sea. Ahora tras los salseos propios del verano toca asistir a los juicios pertinentes y ver qué se ha cocido en cada tema.

En otro orden de cosas, sigue el aceite por las nubes, la vivienda, los trabajos precarios, la vuelta al cole y sus gastos respectivos y un largo etcétera que dejamos en los días calurosos de agosto —como toda la vida de Dios— insoportables, he de decidir.

Ancianos, personas con patologías crónicas y quizá otros que arrastraban una covid persistente han llegado al final de su verano. Los finales nunca los prevemos, porque entre tanta miseria que nos auguran los que gestionan nuestro dinero, no calculamos bien los días que no vivimos y las horas que perdemos, porque en el fondo no aprendemos a vivir, quizá.

España se sumerge en una crisis sin precedentes y todo cuanto se informa tiene que ver con la vida que lentamente nos arrebatan. Todo ello con negociaciones y tiras y aflojas pero sin Gobierno posible y con unas elecciones en ciernes. Hipotecas imposibles; cestas de la compra a millón; una inflación sin precedentes; paro juvenil; desempleo de larga duración en mayores; subidas de luz, gas, gasolina…

Vivir es un asunto urgente cuando vemos pasar los veranos de nuestra vida; esos que sin querer ya no podremos rescatar y cuando sobre todo, nos invitan a más entierros que a fiestas.

No sabemos el valor de las cosas cuando en este savoir faire terrenal asimos con cierta aquiescencia lo que nos es dado y no intentamos cambiar nada por miedo.

Emprender un negocio, pisar unos charcos, comer ostras en un banco o bañarte entre piedras mientras atardece son simplezas que podemos rescatar o dejarlas pasar como una cosa más de la rutinaria vida que nos arrastra. Y en ese afán atesoramos —y atesoraremos— esos momentos que son únicos y que guardamos para siempre.

Mi querido padre —que tantos valores me enseñó— solía decir esa frase que hoy recojo al salir de los funerales: «Estás en lo mejor de lo que te queda» o «Ya estamos en la primera fila». Qué verdad… Quizá, no sabemos si al verano siguiente estaremos todos vivos, como cantaba Mecano. Mientras todo esto se apaga y se acorta la luz, porque el atardecer ya invita a los amarillos y ocres, asistimos al lamentable espectáculo de la madre de Rubiales o de la caza de brujas o de todos los que nos auguran un mal destino en este invierno, que promete ser peor que el anterior. Entretanto apagamos las luces —como el bolero: «voy a apagar la luz para pensar en ti»— y no vemos los escaparates ni tampoco los edificios que nos recordaban que en otro tiempo todo fue luz y color porque está la luz muy cara, oye.

El salseo sigue arrasando; y estamos entre la vida después de la boda de Tamara Falcó y sus miserias porque no puede comprarse un trapo y la venta de una exclusiva de una tal Jenni que dará mucho que hablar. El caso es mantener entre todos el oficio de periodista carroñero, porque el salseo nos invita a disfrutar y no pensar. y desplumar al de turno: ora un marqués, ora un juez, ora el presidente de la Federación que se cree que todo el monte es orégano. Si no tuviera dónde caerse muerto, menos besos repartiría a la moza.

En otro orden de cosas, tenemos izquierdismo woke —olé el palabro— y no sé cuántas otras zarandajas, además de la vida por las nubes, pero esto tampoco parece sacarnos de la poltrona. Todos dicen que han veraneado cuando todos, sin dejar uno, han permanecido en los pueblos —rellenados— de esta España nuestra, intentando sobrevivir a los cuarenta grados de vellón.

No sé si quedarme con el Dúo Dinámico, porque realmente ellos —con sus letras infantiles— nos recuerdan siempre que cualquier tiempo pasado fue necesariamente mejor; a pesar de la posguerra, que tanto nombramos, o de Franco, que no le enterramos ni a golpe de cara-al-sol. Tampoco es difícil estar peor, no se crean; eso no lo nota ni Sánchez ni su bótox, ni tampoco el ácido hialurónico de Begoña/o, su doña/o. Parecen extraídos de una película de Alcapones y no saben cómo sacarnos de este embrollo ni en Falcon.

Nos quejamos del calor, pero protestaremos por el frío. Menos mal que en el pueblo siempre hay algún pellejo libre con el que abrigarse y alguien a quien abrazarse a mayor ultraje de los que quieren apagar lo único que es de verdad, el amor entre las personas. Aprovéchense de las historias de los abuelos Cebolleta que aún nos las pueden contar para recogerlas como un tesoro y guardarlas en ese lugar inmenso que es la belleza de lo que nos es dado. Se equivocaron, todos, y quizá también nosotros, pero el perdón existe y el amor —siempre convulso— prevalece entre los seres humanos. Qué bonito y qué verdad. Aunque no vuelvas a ver a la persona que más quieres en la tierra y pienses que ha muerto como se muere el verano cada año; éste con luna llena, para que nos duela más.

«El final del verano / llegó y tú partirás. / Yo no sé hasta cuándo / este amor, recordarás. / Pero sé que en mis brazos / yo te tuve ayer. / Eso sí sé que nunca, / nunca yo olvidaré. / Dime, dime, dime que es verdad / lo que sientes en tu corazón, / es amor en realidad. / Nunca, nunca, nunca más / sentiré tanta emoción, / cuando yo te conocí / y el verano nos unió».

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Directora de Prensa Social. Periodista. Doctora en Ciencias de la Comunicación. Máster en Dirección Comercial y Marketing y Gestión de RR.HH.. Profesora Universitaria Ciencias de la Información. Estudios de Psicología y Derecho. Miembro de The Geneva Global Media United Nations, Presidente de DOCE, Miembro del Comité Asesor de la Fundación López-Ibor, Miembro del Comité de Ética Sociosanitarios EULEN, Consultora de Comunicación loquetunoves.com. Autora libros: Actos sociales y familiares, fotografía social. Junio 2012. Coautora: El cerebro religioso con María Inés López-Ibor. Enero 2019.

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