San Asensio (La Rioja). Con la puntualidad acostumbrada —exactamente a los quince días de la vendimia—, se ha celebrado en la localidad riojana de San Asensio la fiesta del pisado de la uva, que en este aciago bienio 2020-21 (hasta escribirlo da miedo) resulta algo deslucida por las consabidas restricciones por la pandemia, que continúan aplicándose de modo incongruente.

Desde 2016, año en que esta fiesta popular fuera galardonada con el Premio a la Mejor Experiencia Enoturística, la participación en el pisado —que potencialmente incluía al millar largo de habitantes de San Asensio, con protagonismo preferente de los niños— se había venido extendiendo a visitantes llegados de todo el mundo en número creciente, hasta superar los dos mil pisadores la temporada de 2019.

Pero ¡ay!: aquello era en la vieja y añorada normalidad. Las uvas de la ira macerada de 2020-21 sólo las pisamos un reducido grupo de privilegiados, congregados en contingentes de a tres, con estricta observancia de los protocolos sanitarios (aunque en nada atañan éstos a la vinificación en sí), a invitación de Bodegas Lecea, único heredero restante de una tradición antaño omnipresente en las cavas riojanas.

Es no poco romántico por parte de esta bodega familiar —que por lo demás se atiene a los procedimientos modernos en la elaboración de sus crianzas, reservas y grandes reservas— destinar 18.000 kg de su más juvenil tempranilla autóctona, conterránea, marca de la casa, a homenajear las tradiciones de sus abuelos reviviéndolas, algo que la colma de legítimo orgullo.

Si la sensación de pisar uvas entreveradas con sus raspajos es indiscutiblemente terapéutica, el cometido de este ritual es por entero diferente e indisociable del producto final: un caldo, Corazón de Lago, cuya frutal juventud y vida efímera no menoscaban un ápice unas cualidades organolépticas propias de otra época, aquella normalidad aún más añeja y entrañable.

Por ella brindamos a porrón —artilugio anticovidiano por antonomasia—, acompañando unas memorables patatas a la riojana con este evocador tinto joven de maceración carbónica; y con el venerable clarete —que no rosado— de San Asensio, otro clásico del terruño, a la salud de los vivos y a la memoria de los muertos en este bienio infausto.

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