Cuentecito

Miguel Mihura fue innovador en el absurdo y la parodia; y el cuento que transcribo es uno de los textos que mejor muestran el humor disparatado de su autor.

Se trata de una historia escrita supuestamente «para niños» como ya lo indican la palabra «cuentecito» del subtítulo y el vocativo «niños míos» del comienzo.

Toda la descripción de aquel pueblo sin mar: los pescadores, las tiendas, la playa, la montaña de pinos con la gente debajo comiendo tortilla…, manifiesta la ingenuidad infantil de una pintura naíf, Y la historia que allí se desarrolla llega a las cotas más originales del humor del absurdo, basado en la asociación inverosímil o incoherente de elementos, en la exageración y la distorsión de la causalidad lógica,  pero sin perder nunca la candidez y el frescor de un mundo muy simple y tierno, tan querido por Miguel Mihura. 

Cuando se dieron cuenta del olvido, todos lloraron como perros.

El pueblo entero gimió desconsolado. Aquello era la ruina. Era el hambre. Era la muerte. No era para menos. Veréis lo que pasaba, niños míos.

Aquel pueblecito pesquero era un verdadero pueblecito pesquero. En él solamente vivían, con sus mujeres, rudos pescadores de cachimba y barba; miles de pescadores que solamente ese oficio tenían: pescadores, marineros, gente de la mar.

En las tiendas del pueblo solamente vendían aparejos y redes y bidones de brea, y pies desnudos de pescadores, y palabras fuertes, envueltas, como bombones, en papel de plata.

Había también una preciosa playa llena de brisa y de casetas de baño preparadas para los veraneantes alegres. También había cangrejos, y mojama, y bacalao. Había, en fin, de todo lo que hay en esos pintorescos pueblecitos de pescadores.

Lo único que no había era mar. Se les había olvidado ponerlo. En el lugar donde debía estar el mar, había una montaña con pinos y gente comiendo tortilla. No tenía mar aquel pueblo y el mar más próximo estaba a setecientos kilómetros de distancia. En Cádiz.

Cuando los pescares de aquel pueblo se dieron cuenta de este olvido, lloraron durante tres días. Aquello era la ruina. El hambre. Los pescadores de aquel pueblo de pescadores sólo sabían pescar, y no podían porque no tenían mar y ni siquiera lo habían visto nunca.

Los pescadores se pasaban todo el día en las puertas carcomidas de las tabernas, sin saber qué hacer, muertos de hambre y de indignación.

Todas las tardes iban al muelle a ver si por casualidad les habían puesto ya el mar, con la misma ilusión y temor que van los niños al gallinero a ver si las gallinas han puesto un huevo. Pero no lo habían puesto. No lo ponían nunca…

Nuevamente fue una Comisión de pescadores a charlar un rato con el ministro de Marina, que era el que tenía que poner el mar.

—Pónganos de una vez el mar, señor ministro.  No podemos trabajar. Nos morimos de hambre.

—Por ahora es imposible —decía el ministro—. Ya no nos queda mar. No tenemos ni una gota de agua. Todo el mar que teníamos, lo hemos puesto ya en otros puertos de mar como el de ustedes.

—¿Y cómo no nos lo pusieron a nosotros, que somos los que más lo necesitamos? ¡Es intolerable!

—Sin duda fue algún olvido. ¿Por qué no le piden ustedes un poco de mar a Cádiz?

—Ya se lo hemos pedido, pero no nos lo quieren dar. Dicen que lo necesitan todo para echar dentro sus pescadillas y sus gambas.

Pónganos usted, por lo menos, un río. ¡Cinco o seis metros de río!…

Pero no hubo manera. Y entonces, cuatro de los más fuertes pescadores se fueron a América, que tiene mucho mar, y lo cogieron y lo fueron estirando, como el que desenrolla una alfombra, hasta que lo hicieron llegar a su playita.

¡Oh! ¡Qué júbilo! ¡Qué felicidad en todos los rostros! ¡El mar! ¡El mar! ¡El inmenso océano!…

Al principio, todo hay que decirlo, nadie tomaba en serio aquel mar. Hasta los peces se bebían toda el agua.

Y por las noches venía gente de los pueblos próximos y lo cogían y se lo llevaban a sus casas metido en botellas y en tazones del chocolate. Quitaban las olas de encima y las metían debajo. Hacía mil diabluras…

Y cuando, por la mañana, se levantaban los pescadores a verlo, se encontraban con que lo habían robado.

Para evitar estos abusos, le tuvieron que hacer una tapia, rodeándolo.

Y una vez hecha la tapia, los pescadores, tranquilos, empezaron a pescar.

Pero, como pasa siempre con estas cosas, empezaron a ocurrir desgracias. Hubo naufragios. Mucha gente se ahogaba. Había abundantes tormentas. En fin, un horror.

Y, entonces, el tabernero del pueblo inventó una cosa para evitar todas estas tonterías.

 ¡Ya podía la gente bañarse lo que quisiera!… ¡Ya podía haber tormenta!… ¡Ya podía haber naufragios!… Con aquel invento ya no había ningún peligro.

El inventó consistía en asfaltar todo el mar. Y lo asfaltaron.

Quedó un mar repugnante.

Pero daba gusto pasear por él en un carro.

(Revista Gutiérrez, 15 junio,1929Texto ligeramente resumido)

Miguel Díez R. «El viejo profesor», El Albir en la Bahía de Altea.

Del próximo libro: Los Mares y Nuestro Mar (Un libro del Mar)

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