La vulneración sistemática de los Derechos Humanos sigue presente en el ámbito de la discapacidad, la dependencia y los mayores. Acaso una asignatura pendiente que arrastramos desde tiempos inmemoriales, aunque ahora —según nos dicen las de Igualdad—, el verano también es nuestro.

Setenta y cuatro años después de 1948, cuando la Asamblea de la ONU adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las personas, personas que al parecer ya nacen sin derechos siguen viéndolos pisoteados por otras, humanas o jurídicas. No digamos si por una enfermedad, un accidente o cualquier circunstancia llegan a tener una discapacidad sobrevenida.

Dicho quebranto, amparado por la violación de los distintos artículos que se recogen en la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, se estima que no sólo es silenciado, sino que se acepta y además no se denuncian las discriminaciones que a diario están haciendo que ese sea el modus operandi.

Desde la discriminación por ser mujer —y además tener una discapacidad— hasta la sistemática falta de accesibilidad que recogemos en este diario cada semana; ora una cosa, ora otra. Personas que no son tratadas ni obtienen el mismo reconocimiento ante la ley —dado que todo viene a estar sujeto con pinzas—. Libertad y seguridad nulas, si hablamos de autonomía; y no hablemos del derecho al trabajo, a la salud, a la educación. Nunca iguales, siempre pidiendo, siempre con falta, no digamos entornos, países, pueblos, ciudades y ahora también en las playa, vaya, vaya…

La privación de los derechos que hemos normalizado nos lleva a que, a pesar de estar recogidos y aprobados, no se persigan con la debida premura. No digamos si existe el triunfo y el expediente brillante que siempre va detrás de una persona sin discapacidad, acaso menos válida para ellos. Siempre detrás, siempre justificando que tienen los mismos derechos y tras ello, la pena, el victimismo, la lástima y el favor…

En lo que respecta a los pequeños logros para hacer de los derechos, virtudes, nos encontramos con pocos eventos que nos hacen resaltar la valía de los que más tienen que luchar para salir adelante.

El fracaso colectivo estaría justificado porque ni las Administraciones Públicas ni tampoco el conjunto de la sociedad reparan en las permanentes desigualdades, exclusiones y en la desobediencia al mandato legal —que afortunadamente se mantiene con la Convención—.

No tenemos que dejar atrás a las personas dependientes que teniendo derechos que les respalda, mueren sin haber percibido ni siquiera una ayuda. No digamos nuestros mayores, esos que fueron seleccionados durante la pandemia y los que menos tenían, desprotegidos por el Estado, murieron delante de nosotros.

Persiste una deuda ostensible con esas familias que hoy, que siguen denunciando lo que sucedió y sobre todo, cómo. Víctimas de las violaciones a los derechos humanos, aquella pandemia que sigue siendo ésta que arrasó con sus vidas —solo por ser mayores— y con sus derechos como personas. No digamos si hablamos de las personas con discapacidad: autistas, TEA, sordos, pacientes con trastornos mentales u otros que se vieron aislados, solos, inermes.

Hablamos de nuestro país, sin olvidar a otros en donde no sólo no están defendidos, sino que jamás lograrán una libertad amparada en sus derechos: ora falta accesibilidad en un cartel; ora en un paso de cebra; ora en un examen; ora en un teatro; ora en la carta de un restaurante; ora falta de rampa; ora en la vida en general en donde todo se va en buenas palabras y mejores intenciones; esas que al parecer deberían ser ya obligatorias y no, son la asignatura pendiente.

Porque en materia de derechos humanos los vividores de la discapacidad llenan webinarios y otras lindezas hablando de lo que les pasa a otros y ellos ignoran para luego, no poner en marcha nada y que todo cuanto se reclame sea un largo peregrinar entre la incompetencia, la incompresión y la falta de valores que ningunea a los que se levantan por la mañana sin algo menos.

El acabose nos lo hemos encontrado con el cartelito de las de la igual da que no consideran estética una prótesis ni tampoco tener sobrepeso u obesidad, porque eso, a los treinta años no pasa. Ellas, las Carries Bradshaw del tres al cuarto de nuestros lares, deciden eliminar a los hombres de la escena y a aquellos que tienen eso que resulta ser molesto a los ojos de los veraneantes: cuerpos perfectos y tetas de silicona que se quedan en pompa sin atentar contra la gravedad. ¡Qué monas van estas chicas siempre, oye!

Nos queda mucho —aunque se ha mejorado bastante—, dicen algunos. Ni se ha mejorado ni existen considerandos ante los «discapacitados», ora personas con discapacidad. Sólo gratitud cuando alguien toma en cuenta que tú no oyes, no ves, deambulas con dificultad o no comprendes nada por alguna razón en un momento dado. Y si encima vas a la playa y consigues llegar a mojarte los pies, tu hazaña no se verá fotografiada porque las Irenes tienen el patrón de Galapagar y allí se conoce que son todos capacitados, tienen todo lo suyo y llevan Manolos y no una pierna de metal y tal…

Señoras y señores, falta todo pero por encima de cualquier cosa, sobra ineptitud. Quizá cuando alguna de las políticas —y hablo en femenino porque han sido ellas, todopoderosas— tengan a un familiar con alguna «tara», comprendan que en los mundos de Yupi vivían solo los imbéciles que lucían palmito. Ahora somos más de enseñar lorza y como el país envejece solo vemos canas, canas y más canas, alguna prótesis que otra y bastones à gogó.

El verano también es nuestro, dicen. Michelín va, prótesis viene. Planazo, oye.

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