Ermua, ese yermo

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«Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer. Yo pienso que se nos va la mitad de nuestra sangre» (Lorca: Yerma).

El topónimo vascuence Ermua es retraducible al castellano por ‘El Yermo’ (a su vez derivado del gr. ἔρημος, érēmos), nombre que le viene como anillo al dedo a ese erial incompatible con toda vida fecunda. Un desolado páramo cuyos moradores sólo aspiran a la supervivencia.

Por supuesto, el ejercicio de sobrevivir en tierra baldía exige un constante esfuerzo de adaptación a entorno tan hostil. La primera medida a adoptar es una sumisión absoluta, casi mahometana, a la mafia nazionanista que lo gobierna como un parque monotemático a cuyo lado la caverna de Platón era Jauja.

Cuentan los que lo vieron que, al recibir la noticia del secuestro de su hijo por la susodicha mafia nazionanista, el pobre padre de Miguel Ángel Blanco reaccionó dándose cabezazos contra una pared con tal violencia, que tuvieron que impedirle lesionarse gravemente. Y es que cuántas veces no le habría advertido él a su Miguel eso que los padres —sobre todo las madres— les repiten a sus hijos en todo yermo que se desprecie: ten cuidado, no te signifiques, no te metas en líos, cállate. Ni se te ocurra decir lo que piensas, creerte que eres libre. Nunca olvides, hijo, que sobrevives en un yermo de cobardes esclavos de la mafia nazionanista. Un desierto inhóspito a la más elemental dignidad humana.

Tan estéril es El Yermo, que no florece en él ni la paz de los cementerios. No: ni siquiera el consuelo de recibir cristiana sepultura en él les queda a los nacidos y bautizados en El Yermo. Como Miguel, que aun después de muerto debía de seguir importunando a sus asesinos, porque en consecuencia profanaron su tumba. Repetidamente. Así que sus pobres padres no tuvieron más remedio que llevárselo a Galicia, donde al fin descansa en paz junto a ellos, muertos también. De pena y asco.

Aseguran en El Yermo, no obstante lo anterior, que hoy le tributarán un homenaje a Miguel; y digo yo que, si se celebra en Ermua, será nomás una yerma masturbación nazionanista. Una paja autohomenaje, para entendernos. La única duda es si los autohomenajeados Sánchez y Urkullu se la cascarán el uno al otro, como socios leales, o cada uno la suya, dado el enésimo rebrote de covid. Lo indudable es que, haya o no reciprocidad, el ejercicio de autocomplacencia contará con un colaborador necesario: el rey Felipe VI, que en vez de meter cristales rotos entre mano y verga (como es su obligación, majestad), probablemente se limite a pasarles un paquete de klínex a los masturbadores.

Los que tenemos edad suficiente para haberlo vivido recordamos bien dónde estábamos y qué hacíamos hace veinticinco años, cuando la mafia nazionanista volvió a quitarle la vida a uno para someternos a todos. Es un recuerdo lacerante. Pero no se preocupen: el beatífico Gobierno de Progreso hacia la Nada, que vela incansable por nuestra paz de espíritu —vamos, que está literalmente en todo—, ya tiene pactada una dizque Ley de Memoria Democrática con los asesinos de Miguel para legislarnos qué nos es lícito recordar y qué no. Aunque para aplicarla tengan que practicarnos una lobotomía frontal. Que a algunos van a tener que practicárnosla.

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