Tras la pandemia y el caos económico, España se sumerge en un panorama desolador del que presumiblemente no saldrá hasta 2022, según apunta el FMI, con 11 millones de personas en riesgo de exclusión y 6 millones en situación de pobreza severa.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) no ha hecho sino constatar los datos que ya se vaticinaban en España. Hasta dentro de un año, la nación no podrá recuperar los niveles de paro anteriores a la covid, si bien no serán similares a las que ya conocimos en 2008. El crecimiento de la economía española para el presente año es demoledor, según las cifras sobre las Perspectivas de la economía mundial WEO (por sus siglas en inglés) publicadas esta semana, que asimismo alertan de los riesgos derivados de la inflación.

La pobreza energética, el paro y la caída en picado de la economía española vaticinan un futuro poco halagüeño para una sociedad vapuleada por los estragos económicos derivados de la inepta gestión de la pandemia, con cierres de negocios, jubilaciones anticipadas, despidos en la quinta década de la vida y un desempleo que alcanza un insoportable 45 por ciento entre los jóvenes españoles.

El PIB español cerrará el año 21 en un 5,7 por ciento, medio punto por debajo del 6,2 de julio, cuando ya se pronosticaba una rebaja de dos décimas. El posible repunte previsto para el año 22, de confirmarse, haría que España pudiera crecer un 7,4 por ciento.

Este dato, sumado al tremendo descalabro del paro, que seguirá aumentando sus cifras, posiciona al país a la cabeza de la Unión Europea (UE) en cuanto a la tasa de desempleo, solamente por detrás de Grecia.

Estas desoladoras cifras se suman a los datos de pobreza severa, que hacen que al menos 6 millones de personas sufran esta situación y 11 millones estén en riesgo de exclusión social, según los datos del informe Sociedad expulsada y derecho a ingresos: análisis y perspectivas 2021, por Cáritas y la Fundación Foessa.

Las familias en situación de pobreza extrema relatan una sociedad devastada por la falta de empleo, el marasmo económico y el esfuerzo inútil de las personas por sobrevivir, que las ha sumido en un desgaste físico y psíquico enorme tras la pandemia.

El empeoramiento generalizado, la subida de la luz, con la consiguiente pobreza energética, los hogares con personas mayores de 45 años en paro, los jóvenes desempleados con 30 años y la falta de perspectivas han generado una sociedad que sobrevive entre el hambre y la precariedad; en definitiva, una sociedad desigual sin clase media y con trabajadores depauperados.

A los que ya no tenían empleo antes de la pandemia, hay que añadirles ahora personas que trabajan en precario y prejubilados con 55 años sin más futuro que engrosar las colas de Cáritas.

De igual forma, las familias con hijos en riesgo de exclusión social suponen ya un 27 por ciento, frente a las familias sin hijos, que son un 18 por ciento del conjunto de la sociedad. Las monoparentales actualmente presentan una incidencia del 49 por ciento, que junto a la de las familias numerosas (un 47 por ciento), se suma a los datos de pobreza severa, porque todos sus miembros dependen de un solo sueldo; una terrible situación derivada no sólo de la pandemia, sino también de unas políticas sociales meramente cosméticas a lo largo de los últimos años, con un saldo inasumible de trabajadores pobres que cada mañana intentan protegerse en una sociedad que los amenaza con el despido o la prejubilación anticipada.

Si a estos datos de los españoles, les sumamos los de los trabajadores inmigrantes, nos encontramos con que sufren una exclusión severa, en cifra cercana al 65 por ciento, cuando a la falta de empleo se le suma la de un hogar, imposibilitando una vida digna.

El fiasco del Ingreso Mínimo Vital (IMV) también ha defraudado las expectativas de los españoles que pensaban que su cobertura sería, cuando menos, importante. De todos los hogares que lo solicitaron, tan solo el 26 por ciento en situación de pobreza severa consiguieron siquiera tramitar la solicitud.

El impacto de esta catástrofe social en la salud mental de los españoles, la nula motivación para ganarse una vida mejor, la crisis demográfica, con el envejecimiento de la población que acarrea; la crisis económica, el paro juvenil, los estragos en los pacientes con covid persistente, las bajas laborales derivadas: todo ello hace que la desigualdad impere en este tercer trimestre del año, cuando se auguraba una lenta y progresiva recuperación tras la postración económica debida a la negligente gestión de la pandemia. Nada que correspondiera a la cruda realidad: España no se recupera. Esperemos que lo haga, según vaticina el FMI, en 2022. Un vaticinio difícil de creer en pleno octubre de este inmisericorde año 21. No digamos ya para las personas con discapacidad o en situación de dependencia.

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