Feijóo le gana a Sánchez el primer asalto del debate sobre el Estado de la Nación

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La portavoz del Grupo Popular, Cuca Gamarra, interviene en el debate sobre el Estado de la Nación, imagen cortesía Congreso.es.

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, se anotó ayer una cómoda victoria parlamentaria en la sesión inaugural del primer debate sobre el Estado de la Nación que se celebra en siete años. Tan cómoda, en verdad, que ni siquiera tuvo que pronunciar una sola palabra para alzarse con ella. El expresidente de la Xunta de Galicia se mostró relajado, incluso divertido por momentos, de asistir al naufragio dialéctico de su rival.

Pedro Sánchez, que ya a mediodía había empezado mal, no hizo sino empeorar por la tarde. En una muestra de artificiosidad, su discurso inicial lo leyó íntegro, como íntegro resultaba obvio que se lo había escrito alguien, o álguienes, con una capacidad retórica de la que él a todas luces carece. Un análisis superficial del texto invita a pensar que no menos de cuatro manos habrían intervenido en su redacción. Indicio: si al principio de su larga perorata Sánchez se atuvo aproximadamente al llamado lenguaje inclusivo, enseguida pasó a abandonarlo, en una demostración de incoherencia que no pasó desapercibida a los más atentos. Ciertamente, lo menos que puede pedirse a los defensores de esta logomaquia es que sean congruentes con ella: si de verdad uno cree que diciendo ‘los ciudadanos’ excluye a las ciudadanas, se sigue que está obligado a duplicar el género todas y cada una de las veces que se le presente la oportunidad, y no sólo al principio, como quien cubre un engorroso expediente, para olvidarse de hacerlo al poco tiempo. En contraste, Sánchez empezó hablando en pseudoinclusivo, para adoptar un lenguaje natural al cabo de unos párrafos. Todo ello delata la participación de varias manos en la redacción del texto. Y que ninguna de ellas era la del presidente. Por algo se trabucó varias veces al leer su discurso de hora y media…

Sánchez sólo se salió del guión para hacer pausas dedicadas a recibir el aplauso de sus incondicionales. Al estilo de sus propagandísticas comparecencias en Moncloa, no se dirigió a la Cámara Baja, que evidentemente desdeña, sino a «la gente». Para dejarle diáfano que ninguno de los problemas que padece es de su incumbencia. Como si no llevara cuatro años largos en la Moncloa, nuestro inverosímil doctor en Economía atribuyó a factores externos más allá de su control los muchos males que afligen al país; y a sí mismo todo aquello que, desde su punto de vista, iría bien. Pintando un panorama idílico, prometió «convertir a España en un país exportador de energía verde» (siendo así que, muy al contrario, su déficit energético la obliga a importar a mal precio la nuclear de Francia). Del mismo modo, volvió a jactarse, contra toda evidencia, de haber salvado «cientos de miles de vidas durante la pandemia». Todo ello, con el mismo alegre desparpajo con que en su día aseguró a los españoles que, «descontando la inflación», los precios no habían subido…

Según se esperaba de él, desgranó un rosario de nuevas promesas de corte populista, como la de desbloquear la «Operación Campamento», habilitando así más de 6.000 viviendas de protección oficial en Madrid. En la misma línea, prometió 2.134 millones adicionales en becas a la educación; y una bonificación del cien por cien para los abonos ferroviarios de cercanías, la cual sufragaría con un nuevo impuesto a las corporaciones energéticas y financieras. Gracias a este gravamen, dijo esperar recaudar 7.000 millones en dos años …consiguiendo en cambio que el Íbex perdiera casi 9.000 millones en una hora. Y es que, como le diría dos veces Santiago Abascal más avanzada la tarde, «cada vez que habla, sube el pan».

Por cierto que, al anunciar el presidente esta última medida, llamó la atención que, cuando hizo la correspondiente pausa para que los suyos le aplaudieran, la vicepresidenta Díaz no lo hiciese. Y es que, según confesó la coruñesa a la prensa en los pasillos del Congreso, se había enterado de la noticia al mismo tiempo que los periodistas y el resto de los españoles. En efecto, Sánchez le había arrebatado su medida estrella sin molestarse siquiera en comunicarle de antemano su decisión. La cara de Díaz no era precisamente cuqui ni menos «chulísima», sino todo lo contrario: un mal poema.

Gamarra: «Vd. ha cambiado el ‘no es no’ por el ‘sí o sí'»

En calidad de lideresa efectiva de la Oposición, la portavoz popular Cuca Gamarra empezó su intervención pidiendo un minuto de silencio en memoria de Miguel Ángel Blanco, de cuya vil ejecución se cumplían 25 años exactamente a las 4 de la tarde, hora a la que la logroñesa iniciaba su intervención. La iniciativa de Gamarra —que dada la fecha, debería haber partido de la Presidencia del Congreso, presente en el homenaje tributado a Blanco la víspera— descolocó primero y puso en evidencia después a una Meritxell Batet que reaccionó de la peor manera posible: permaneció sentada (cuando hasta Bildu y las taquígrafas se levantaron en señal de respeto) durante el breve homenaje silencioso promovido de improviso por Gamarra. Además, la presidenta de la Cámara Baja evidenció su sectarismo y falta de adecuación para la alta magistratura que desempeña reprochando a la riojana, no bien ésta hubo concluido su intervención, que no hubiera planteado la iniciativa previamente ante la Junta de Portavoces. Dado lo endeble de su base argumental, tan mezquina reprimenda suscitó sonrisas de obvio entendimiento a la derecha del Hemiciclo. Era evidente que al PSOE le había escocido, y mucho, el improvisado homenaje, tanto más por cuanto en hora y media de interminable discurso su líder no había tenido un segundo para recordar al malogrado concejal de Ermua.

En su respuesta, un tocado Pedro Sánchez le hizo dos desprecios a la portavoz del PP. El primero, ningunearla, al dirigirse a Feijóo —sin derecho a réplica— en su lugar. Con ello pretendía significar que Gamarra carece de discurso propio. Además de sumamente descortés, el golpe bajo desprendía un inconfundible tufillo machista. Al presidente le había perdido la arrogancia. Por eso el tiro le salió por la culata; y hasta sus más fieles lo notaron. Peor aún: lo notó el Grupo Popular, que llegó a mofarse paladinamente de un presidente nervioso hasta el balbuceo.

El segundo desprecio fue leer la réplica, que también llevaba preparada de antemano, como si la interpelación previa diera lo mismo. En consecuencia, respondió a lo que Gamarra no le había dicho ni por asomo. Fiel a su estilo guerracivilista, un Sánchez tambaleante como un boxeador tocado no acertó sino a manosear el socorrido comodín de Franco hasta ajarlo por completo.

Oliendo la sangre que supuraba el presidente, Gamarra se creció en la contrarréplica. Con menos papeles que en su primera intervención, se la vio sin embargo más suelta. «Le he visto flojo, la verdad», empezó soltándole al presidente con el más castizo acento de la Rioja, provocando así de nuevo las risas del Hemiciclo y la ira de un Sánchez herido en su descomunal orgullo. Así lo reveló la mirada amenazante que le lanzó a la logroñesa, similar a que en su día dedicó a Albert Rivera cuando éste le mencionó el flagrante fraude cometido en la redacción de su Tesis Doctoral.

No por ello se arredró la exalcaldesa de Logroño. Antes al contrario, se reafirmó en su denuncia: «El espíritu de rebelión que nació en Ermua es el mismo que nos sitúa frente a su Gobierno», proclamó. Y ya desatada, dejó una de las frases de la tarde, al espetarle: «Vd. ha cambiado el ‘no es no’ por el ‘sí o sí'». En la misma vena, rechazó las preguntas que le había formulado el presidente en la réplica al recordarle —con el tono displicente de una maestra que explica algo obvio a un escolar poco aplicado— que quien gobierna es él, correspondiéndole a la Oposición formular las preguntas. Todo ello mientras Feijóo, muy cómodo en su escaño prestado, se complacía con la faena que su primera espada en el Hemiciclo le estaba haciendo a un Sánchez que difícilmente volverá a menospreciarla en público.

Hurgando en la herida, Gamarra —que también aludió a la reforma del art.º 49 CE en términos nada elogiosos para el presidente del Gobierno— le recordó sus tiempos de diputado raso, anónimo, cuando no tuvo reparo en votar todos los recortes que Merkel y Obama impusieron en su día a José Luis Rodríguez Zapatero. A saber, «aprobó en 2010 el mayor recorte social de la historia: bajaron el sueldo a los funcionarios, congelaron las pensiones y recortaron el presupuesto en 35.000 millones de euros para partidas sociales».

La dúplica de Sánchez —a quien Dios no ha llamado por el camino de la oratoria— fue más de lo mismo, salvo que se le notó picado en su amor propio (que es inconmensurable). Sus huestes revelaron involuntariamente la consternación que cundía entre sus filas cuando, al hacer el secretario general del PSOE una de sus pausas marcadas para que su bancada le aplaudiese, se encontró con un silencio sepulcral por toda respuesta. Reveló también su nerviosismo al tartamudear y echar mano desesperada a sus papeles, sin encontrar en ninguno respuesta al chorreo que le estaba cayendo encima. En el colmo de la ineptitud, en un momento dado esgrimió un gráfico equivocado, sin relación alguna con lo que intentaba exponer, para mayor jolgorio de la bancada popular.

Abascal: «Ni Estado ni Nación ni debate»

Con este resumen abrió fuego dialéctico el líder de Vox, que definió al Gobierno como «una mezcla de propaganda, desinformación, demonización del adversario, manipulación e incluso, en ocasiones, de violencia contra la Oposición instada y ejercida desde el Gobierno». Y por si Sánchez tardase en comprenderle, no dudó en servirle una amarga ración de memoria histórica, al recordarle que ayer también se conmemoraba el aniversario del asesinato en 1936 del líder de la Oposición al Gobierno frentepopulista de la II República española, ciertamente a manos de un guardia de Asalto que militaba en el PSOE: Luis Cuenca Estevas, un acontecimiento que sin duda contribuyó a precipitar los acontecimientos que desembocaron en nuestra cruel Guerra Civil.

Ahondando en la herida abierta en canal por Gamarra, Abascal le afeó al presidente «ser de ésos que echan a los demás la culpa de las crisis financieras, [cuando] durante la [anterior] crisis eran consejeros nada más y nada menos que de Caja Madrid», acusó en alusión al cargo que desempeñaba Sánchez a la sazón.

Siguió Abascal lamentando que «aquel proyecto del anterior vicepresidente [Pablo Iglesias] de incorporar a ETA a la dirección del Estado se haya llevado al extremo casi pornográfico de que sea precisamente Bildu quien se atreva a dictar la memoria de los españoles», denunciando explícitamente al presidente Sánchez por haber «utilizado a Ermua para blanquear y legitimar este propósito en un tristísimo acto en el que ha chapoteado en la indignidad» [«Txapote» es el apodo del asesino de Blanco]. Así, no escatimó críticas a la llamada Ley de Memoria Democrática, que rebautizó «Ley de Memoria Etarra», señalando, como acostumbra, a los escaños de «ETA en su versión parlamentaria»; y dejando así bien a las claras que para él los cinco diputados de Bildu, más que «herederos de ETA», como suele llamárseles, son la ETA misma.

Asimismo, arremetió contra «toda la porquería legislativa extremista que se ha traído a esta Cámara», la cual se comprometió a derogar a la primera oportunidad, sin olvidarse de acusar al Gobierno en general y a la ministra de Igualdad, Irene Montero, en concreto, de haber instaurado «Tribunales especiales para hombres», en virtud de la Ley de Violencia de Género, vigente desde 2004.

«Cada vez que Vd. habla, sube el pan», se cebó con Sánchez, a mayor abundamiento, el alavés, apoyándose en el hecho cierto de que el Íbex se había desplomado un 5 por ciento en la hora siguiente al anuncio por el presidente de un hachazo fiscal de 7.000 millones a la banca y las eléctricas, que ayer perdieron, en un abrir y cerrar de ojos, considerablemente más que ese capital en valores bursátiles.

En su réplica, que también leyó, el presidente evidenció tener una respuesta predeterminada a cualesquiera intervenciones de Vox, respondiendo —como ya hiciera con Gamarra— a lo que su interlocutor no había dicho y dedicándose a colgarle sambenitos prefabricados sin demasiada relación con el discurso realmente pronunciado por Abascal.

Podemos escenifica su profunda división

La coalición morada no tuvo mejor idea que repartirse el tiempo asignado para su intervención en el debate entre dos portavoces, Jaume Asens y Pablo Echenique, evidenciando así una división tanto más absurda por cuanto ambos vinieron a decir más o menos lo mismo. Asens hizo un ejercicio de política ficción, enumerando toda suerte de desastres que, según su visión, se desencadenarían con un hipotético Gobierno de coalición PP-Vox; y que cabe resumir en la expresión «vuelta al franquismo». A continuación felicitó uno por uno por su desempeño a los ministros del cupo morado en el Ejecutivo, con la significativa omisión de Yolanda Díaz, que decididamente ayer no vivió su tarde más guay. Por su parte, Echenique no tuvo reparo en airear trapos sucios que ilustran la guerra abierta en el seno de la coalición gubernamental, invocando al excomisario Villarejo y al periodista Antonio García Ferreras, en una exhibición de discordia interna que hizo las delicias de la derecha.

Las balas de Rufián

El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, recurrió a uno de los teatrales golpes de efecto que le han hecho famoso, al exhibir en la tribuna munición —afirmó— como la disparada por la gendarmería marroquí contra los inmigrantes ilegales en la frontera de Melilla. Su mal gusto tuvo la virtud de irritar sobremanera a Sánchez, que no termina de acostumbrarse a que sus teóricos aliados le ataquen incluso con más saña que la Oposición. Como antes Gamarra, Rufián se ganó una amonestación de la presidenta Batet por su desagradable performance.

Empezó el portavoz de ERC criticando que el debate se llamase del Estado de la Nación, porque «España tiene muchas naciones», aseguró (concretamente, ocho, según el ministro Iceta, que asegura haberlas contado).

«Enhorabuena, hoy se ha levantado de izquierdas», ironizó luego, dirigiéndose a Sánchez, sin aclarar si daba la bienvenida a las medidas anunciadas por el presidente o desconfiaba de que fueran a materializarse realmente. «Hoy la gente es 3.000 euros más pobre que hace un año, hay un 5-7 por ciento de la población que no come tanto como debiera; hay un 30 por ciento de la población que ya nunca compra ropa; hay un 15 por ciento de la población que no puede poner el aire [acondicionado] en verano ni la calefacción en invierno; hoy tres de cada cuatro trabajadores no tienen un convenio ligado al IPC… Éste, señor presidente, es el estado de su nación», remachó.

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