Gloria, la de Pradejón (53 años), tiene «discapacidad intelectual». No sé en qué grado ni me importa, porque no soy funcionario y hoy, para Gloria, ni siquiera periodista.


Lo que sí soy —para Gloria al menos— es «un caballero», porque tengo buenos modales, o eso le parece a ella.

Cada vez que Gloria hace su aparición en el hogar del jubilado de la cercana Ausejo, otra localidad riojana, es un pequeño acontecimiento que rompe el tedio reinante. Todos los viejos (que así se llaman sin piedad a sí mismos y, desde luego, unos a otros) del lugar le gastan bromas ligeras, amables, a las que ella responde repartiendo zascas a diestra y siniestra. Igual que las bromas, recibidas de buen grado, son zascas sin la menor malicia, que a todos sacan una sonrisa. Zascas que saben a Gloria. Por ejemplo:

—¿Cuándo te vas a echar novio?
—Échate novia tú. O ¿qué pasa, que no te quiere nadie?

Y en ese plan…

Luego, en un tono menos jocoso, nos asegura a los presentes, todos varones, que ya no quiere saber nada de hombres, después de «lo que pasó».

Lo que pasó es que a Gloria la violaron una noche en su pueblo, hace ya unos años. Lo cuenta con sencillez, sin aspavientos ni asomo de victimismo. Como si fueran cosas que pasan, sin más. Así es la vida. Le pregunto, con tacto, por el suceso, pero es un recuerdo que no quiere compartir, y menos con un periodista. Porque, a diferencia de la gente normal, Gloria tiene una sana desconfianza hacia los periodistas y ningún deseo de figurar en los medios. Todo cuanto me dice es que su violador «no era moro». «Que ya es raro», apostilla. El mal cristiano, convicto y confeso, que violó su indestructible inocencia se libró de la cárcel de Logroño por ser menor de edad. Al parecer, ni se le había ocurrido que el acto que perpetró fuera denunciable. Pero luego la discapacitada intelectual es Gloria…

A Gloria le gusta la poesía. Más que ninguna, la de su tocaya Gloria Fuertes, su favorita. Se sabe de memoria versos suyos, que recita a la menor oportunidad. Creo que a la Fuertes le hubiera gustado oírlos de sus labios. Al menos a mí me suenan muy bien. Hablan de la vida cotidiana, de Dios, del amor. Hablan de lo que tienen que hablar. Por ejemplo:

No hay salida:
me estoy acostumbrando a tu saliva.

Gloria me recuerda que en 1936, cuando estalló la guerra civil española, nuestra admirada poetisa se dirigió al frente con intención de detener aquella locura. Como es normal, fue Fuertes, no la guerra, la tenida por loca; fue Fuertes, no la guerra, la detenida, da igual por qué bando. Esto yo ya lo sabía o, mejor dicho: ya había oído esa anécdota. Porque para saberlo de verdad, para comprender en todo su alcance aquel supremo acto poético, para darme cuenta de que no se trata en modo alguno de una anécdota, he tenido que oírla otra vez, la definitiva, por boca de Gloria.

Ayer Gloria me prestó un libro, muy usado, de su poeta favorita, tal como me había prometido anteayer. Porque ella siempre cumple lo que promete. En justa correspondencia, yo le presté otro de refranes castellanos que era de mi abuela Nieves (1922-2017). A una persona normal no se lo habría prestado, porque es un volumen que aprecio mucho; y las personas normales, no es que no devuelvan los libros: es que acaban creyendo que les pertenecen, cada vez que los ven cogiendo polvo, sin leer, en algún estante de su casa. En cambio, Gloria… no me cabe la menor duda de que cumplirá su palabra, como siempre; y en cuanto haya terminado de leerlo, me lo devolverá (aunque no intacto, ni falta que hace). Porque Gloria no es como la gente normal, no. Gloria es de fiar. Lo que se dice de toda confianza.

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