—«¿Pasó usted por mi casa?»

—«Por su casa yo pasé…»

—«¿Y vio usted a mi abuela?»

—«A su abuela yo la vi…»

Y mientras entonamos el resto de la canción se nos revuelve el alma cuando miramos hacia atrás y perdemos el hilo de la que fuera nuestra infancia. Hace ciento un años nacía Alfonso Aragón, se dice pronto.

Para nosotros era Fofó, y sus hermanos, Gaby, Miliki y Fofito, «Los payasos de la tele», y en esa singular experiencia de verlos en cada jornada, de hacernos reír, a los llamados boomers, nos detenemos a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, y no, no necesariamente. Éramos niños, pero pudimos no ser felices.

Siempre nos anclamos en aquello que creemos nuestro, pero si recordamos cómo fueron aquellos días —cuando no levantábamos un metro del suelo—, perfectamente evocaremos el dolor y esa vulnerabilidad porque éramos niños y nos daban alguna que otra colleja en el colegio. Quizá en casa no éramos ni mucho menos los niños perfectos para nuestros padres porque no todos por el mero hecho de ser padres, fueron buenos. Sentirnos infravalorados y ahondar en la tristeza de un abandono por falta de apoyos, ha hecho que algunos de nosotros anidemos esas carencias, ese pesar siendo mayores y tengamos una autoestima comprometida. Acaso nos hacían pensar que el resto de la clase era mejor que nosotros; y mientras Susanita tenía un ratón chiquitín, soñábamos con el futuro y con hacernos mayores para huir. Y aquí está, oiga…

Ya somos mayores —de eso no tenemos dudas— y la cosa no mejora necesariamente. Algunos incluso cantamos con nuestros propios hijos eso de «Lunes antes de almorzar, una niña fue a jugar,,,» pero hoy vemos que difícilmente podríamos tararear los acordes sin miedo a que nos tildaran de machistas.

Pero en este tiempo convulso hacemos encajes de bolillos con las tetas al aire, —teta pá arriba, pezón pa abajo—, sacando una o empitonadas porque si llevamos prietos los senos no somos libres y en esa libertad dinamizamos el empoderamiento y alabamos la soledad y la soltería como el mejor sitio del mundo, y les digo yo que no. Como todo en esta vida es una elección, pero llegados a una edad, es mejor sentir una mano a la hora de dormir y despertar cuando ese, esa, eso, esu te mira a los ojos para darte los buenos días.

¡Hola, don Pepito! ¡Hola, don José!

Fofito, Miliki, Fofó y Gaby. Imagen RTVE©

Ya no cantamos libremente porque hoy está todo prohibido y tenemos que pensar qué es verdad y qué ficción y entretanto, llegamos al yoismo del siglo en el que compartir marrones, la vejez de nuestros padres, enfermedades múltiples o los problemas cotidianos y —lo que viene siendo la vida— se nos queda grande y preferimos sentir que estamos en lo mejor de lo que nos queda y corremos y ahí nos damos cuenta de quien nos ama de verdad.

Casi han pasado seis décadas y ya podemos decir que esa vida soñada mientras saludábamos a don Pepito y luego a don José ha desaparecido, porque puede que ya estemos entre las sábanas blancas de un hospital, hayamos despedido a más de un amigo mientras somos protagonistas de nuestro propio dolor. Tan fácil como eso y tan real como se lo describo.

Me pregunto qué dejamos para la cercana vejez que se aproxima lentamente y nos recuerda que no solo ya no somos jóvenes sino que realmente estamos muy solos. Conocemos a mucha gente pero en ese conocimiento, somos meros espectadores del uso que nos dan y a la primera de cambio, cuando ya no somos necesarios, nos perdemos entre el barullo y el gentío para que nadie diga nunca más que fuimos siquiera conocidos. Porque en lo malo nadie se queda.

«Se está muriendo gente que no se ha muerto nunca», oía un chascarrillo el otro día en un funeral. Ya son, no sé cuántos los que llevamos acumulados. Ahora solo nos toca «vivir con los ojos cerrados» y asir la mano de aquel, aquella, aquelle que nos quiera acompañar en lo regular. Porque vamos para viejos y solo veremos dolor, vejez, peplas y algún que otro momento de dispersión. En el interim, compruebe a ver si sigue en pie don Pepito. Yo miraré a ver si vive don José. Que en nada tendremos demencia y se nos olvidará «En el auto de papá». Han pasado más de cincuenta años, ahí lo dejo.

¡Adiós, don Pepito! ¡Adiós, don José!»

Con Dios, Fofó. El amor que te tuvimos permanece. Requiescat in pacem.

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