Hoy, en el Día Mundial del Ictus, queremos darles un espacio a los niños que padecen esta enfermedad cerebrovascular. Pequeños con grandes problemas de salud.

Desde el nacimiento, e incluso antes de que éste se produzca, existe el riesgo de padecerlo.

Según datos proporcionados por el Institut Guttman de Barcelona la incidencia de sufrir un accidente cerebrovascular en menores de 15 años es de aproximadamente 6 casos por cada 100.000 niños cada año.

Las enfermedades cardíacas son uno de los factores de riesgo más frecuentes y se consideran responsables de un 30% de los casos.

Cabe apuntar, que los accidentes cerebro vasculares son ligeramente más comunes en menores de dos años.

¿Cómo podemos detectar un cuadro de ictus infantil? 

De igual modo que existe un «código ictus» diseñado para adultos, los profesionales cuentan con un protocolo solo para los más pequeños; en el que se apuntan los síntomas y criterios de activación que se deben seguir ante un posible caso.

El «código de ictus pediátrico» estipula literalmente qué se debe en los siguientes casos:

  • Paciente menor de 16 años.
  • Clínica compatible con ictus, es decir, inicio brusco de al menos uno de los siguientes síntomas o signos:
    • Cefalea intensa.
    • Déficit motor o sensorial unilateral.
    • Alteración de la marcha o inestabilidad.
    • Modificación del nivel de conciencia.
    • Cambios del lenguaje comprensivo o expresivo.
    • Alteración visual de uno o ambos ojos.
    • Primera crisis focal afebril en niño previamente sano (con déficit posterior que persiste en el momento de la evaluación).
  • Inicio de los síntomas previos a la consulta (menor de 24 horas)
  • Situación anterior: ausencia de déficit neurológico previo que condicione dependencia para las actividades esperables a su edad.

Resulta vital poder identificar la sintomatología del ictus en el niño lo antes posible para así actuar con rapidez, ya que, en muchas ocasiones, la falta de conocimiento sobre la posibilidad de que este tipo de accidentes se produzcan, retrasa la intervención y, consecuentemente, se agravan las secuelas finales.

Como dato sorprende que en el caso de un adulto se tarda de media entre 12 a 24 horas en llegar al hospital, después de atisbar las primeras señales de un derrame cerebral.

En cambio, si hablamos de la población pediátrica el intervalo se dispara, de 48 a 72 horas.

Recursos específico para niños

Por su parte, Fernando Fernández Marugán, Defensor del Pueblo en funciones, considera que es imprescindible establecer una estrategia nacional sociosanitaria de atención al daño cerebral adquirido (DCA) que incluya una sección dedicada específicamente al daño cerebral en la infancia y en la adolescencia.

El informe sobre la atención específica al daño cerebral adquirido infantil, encargado por Marugán dice: «Sorprendentemente, la puesta en marcha o el desarrollo de recursos sanitarios y sociales pensados para atender a las personas afectadas por el daño cerebral adquirido en nuestro país no han tenido en cuenta, especialmente, a los niños y adolescentes como posibles afectados. Más aún, la experiencia recogida por la institución indica que, por razones de planificación y, probablemente, ante el menor número de casos, algunos recursos sanitarios especializados existentes para la atención al daño cerebral no atienden a los menores de 16 años»

Según la neuróloga del Hospital Universitario Niño Jesús, María Luz Ruiz Falcó:

 «Aunque la incidencia del ictus pediátrico es inferior a la del adulto, no es menor ni su importancia ni sus consecuencias, siendo también una patología tiempo-dependiente».

En esta línea de trabajo se creó dentro del Observatorio de Daño Cerebral Sobrevenido surgido dos grupos de acción: el de DCA en la Infancia y Código Ictus Infantil, ambos orientados al abordaje integral de los menores afectados.

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