II. Un cuento perteneciente a Industrias y andanzas de Alfanhuí. Rafael Sánchez Ferlosio (España, 1927-2019)

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*Miguel Diez R. «El Viejo Profesor». El Albir en La Bahía de Altea: «la millor terreta del mon» 

[La historia de don Zana]

El cuento al que pongo por título La historia de don Zana se encuentra en la segunda parte, en el capítulo: I. Donde se inicia al lector en la persona de don Zana, y en páginas posteriores.

Si el Maestro del relato anterior es el más bueno de todo el libro, como ya escribí, don Zana es un extraño personaje, descrito con las notas más peyorativas. El encuentro de Alfanhuí con Don Zana no puede ser más calamitoso, ya que el hombre marioneta muestra su irascibilidad, y su violencia desatada al golpear salvajemente a una mona con su temible mano de madera. Sin embargo, Alfanhuí acepta que Don Zana le guie por Madrid, aunque enseguida se percata del verdadero y amoral carácter de aquel odioso personaje. 

No se llega a saber nunca si Don Zana es un hombre que parece una marioneta o una marioneta que parece un hombre; su descripción y figura están totalmente muñequizados (a la manera de Valle Inclán), pero es capaz de hablar y de moverse autónomamente en un mundo de seres humanos. El propio autor afirma que Don Zana despertó un día de un polvoriento almacén en el que se encontraba junto con otra marioneta que no pudo cobrar vida al igual que su compañero, y da una descripción del personaje propia de un muñeco, aunque este, al fin y al cabo, se trata de un muñeco con vida que vive entre los humanos como si tal cosa

Don Zana era apodado “el marioneta”, (una marioneta que sabe de todo un poco), un personaje antipático, un hombre que rompía los corazones de las muchachas que lo amaban,un muñeco vivo que asusta a las gentes danzando por tejados, que da porrazos, a diestro y siniestro, con su dura mano de madera; por no mentar otros vicios del tal señor. Se ha dicho que es muy posible que Don Zana sea una amarga crítica al chulo madrileño de la primera mitad del XX: el chulapo castizo, sin moral, guiado por la ambición, con escasos principios, pero al mismo tiempo carismático y querido por algunos por su condición de simpático caradura. También se ha escrito sobre que él que era una especie de personaje barriobajero, pero caricaturizado en una suerte de Arlequín o Polichinela de una ciudad de Guiñol.

Don Zana será castigado por Alfanhuí cuando este, harto de su mediocre inhumanidad lo destroza como marioneta que es. Alfanhuí lo mata, pero no parece haberse convertido en un asesino, simplemente el cree que ha hecho lo correcto en el acto final de una simbólica obra de teatro en donde la máscara que representa al villano muere. Es como el niño inocente frente a su odiado y horrible muñeco. Don Zana parece tener sangre, pero puede ser el tinte de los zapatos color corinto del personaje, o la sangre del propio Alfanhuí al herirse golpeando al duro muñeco de madera. Alfanhuí puede incluso que no haya matado a nadie.

Era don Zana un hombre guapito y risueño, flaco y con los hombros anchos y angulosos. Su pecho era un trapecio. Vestía camisa blanca, una chaqueta de franela verde, corbata de lazo, pantalón claro y zapatitos de color corinto en el pie pequeño y bailarín. Este era don Zana “El Marioneta”, el que bailaba sobre las mesas y los ataúdes. Despertó un día, colgado en el polvoriento almacén de un teatro, junto a una señora del siglo XVIII con muchos bucles blancos y cara de cornucopia. La señora, aunque había bailado con él en los teatros de París, no despertó, porque tenía menos temperamento. Por un ventanuco, al tejado se fue don Zana, y anduvo algunos días bailoteando por las tejas, asustando a las gentes en los áticos y en las buhardillas.

Don Zana rompía los floreros con su mano y se reía de todo. Tenía una voz antipática, como un quebrarse de cañas secas; hablaba más que nadie y se emborrachaba en los taburetes de las tabernas. Tiraba los naipes por el aire cuando perdía, y no se agachaba a recogerlos. Muchos probaron su seca bofetada de madera, muchos escucharon sus odiosas canciones, y todos le vieron danzar sobre las mesas. Le gustaba discutir, ir a las casas de visita. Bailaba en los ascensores y en los descansillos, vertía los tinteros, aporreaba los pianos con sus rígidas manitas duras y enguantadas.

La niña de un frutero se enamoró de él y le regalaba albaricoques y ciruelas. Don Zana guardaba losp ipos parar hacerle creer que la quería. La niña lloraba cuando pasaban días sin que don Zana fuera por su calle. Un día la llevo de paseo. La niña del frutero con sus labios de membrillo, sin sangre besó ingenuamente aquella risa de sandía rachada. Volvió a su casa llorando y, sin decir nada a nadie, se murió de amargura.

Don Zana solía andar por las afueras de Madrid y pescaba peces sucios y pequeños en el Manzanares. Luego encendía un fuego de hojas secas y se los freía. Dormía en una pensión donde no paraba nadie. Todas las mañanas se hacía limpiar, puestos, sus zapatos de color corinto. Desayunaba una taza grande de cacao y no volvía hasta la noche o la madrugaba.

Trabajaba don Zana en una fábrica de chocolates, y nadie tenía mejores manos para batir la pasta. Las suyas eran como palmetas de madera, y tenían los dedos rígidos y extendidos, pegados entre sí, esbozados apenas. Trabajaba con una maravillosa rapidez; tomaba la pasta, la batía y la volteaba en el aire como nadie. Se meneaba como un malabarista, como si estuviera en el circo, y daba un ritmo a los golpes de sus manos que parecía mover el trabajo de toda la fábrica.

El gerente no había tenido nunca un obrero tan bueno, y el chocolate batido por don Zana se conocía entre todos los demás. Tanto que lanzaron un tipo de libreta para crudo, que se llamó “Libreta Donzana”, tan homogéneo y apretado que se paría como el regaliz, con fractura concoidea, y qe ganó una medalla de oro en la Exposición Mundial de B.arcelona. Con esto, LA SABROSA, S. A. tomó un auge que nunca hubiera sospechado su humilde director-gerente; amplió sus talleres, centuplicó sus ingresos. Fue en el mejor momento cuando don Zana quiso marcharse, pretextando que se le astillaban las manos al batir el chocolate. De nada sirvieron los ruegos del director-gerente y de todo el Consejo de Administración, al que había llegado a pertenecer el mismo don Zana. Éste se subió en la mesa y, ante el escándalo de los miembros, hizo su danza:

                                                            Traque, traque, traque

                                                          Traque, traque, tra

luego, sin que nadie pudiera detenerle, tomó el portante y se marchó.

Todavía durante algunos meses mantuvo la Empresa su prestigio, a duras penas, falsificando las “Libretas Donzana”; pero el público no se dejó engañar, y al poco tiempo LA SABROSA, Sociedad Anónima dio en quiebra, se cerraron los talleres y se disolvió la Sociedad.

Don Zana andaba ahora libre por las calles, al antojo de sus zapatos color corinto, sin que nada ni nadie lo retuviera. Otras muchas cosas, ninguna de buen recuerdo, hizo don Zana “el Marioneta”, tristemente famoso en Madrid en el tiempo en que  había geranios en los balcones, puestos de pipa en la Moncloa, rebaños de ovejas churras en los solares de la Guindalera.

[…]

Alfanhuí y don Zana [que antes… al caer la noche se hallaban en dos extremos opuestos de la ciudad. Don Zana, al mediodía; Alfanhuí, en el septentrión, del lado, del lado del viento”.] avanzaban ahora el uno hacia el otro. Don Zana hubiera querido huir, pero la mirada de Alfanhuí lo tenía clavado.

Junto a lo oscuro de una esquina se juntaron. En los ojos amarillos de Alfanhuí había ira. Agarró a don Zana por los pies, lo levantó en el aire y comenzó a sacudirlo contra la esquina de piedra. Se soltó la redonda cabezota y la risa pintada de don Zana fue a estrellarse rodando contra los adoquines. Sonaba y botaba como la manera. Alfanhuí golpeaba con furia  y don Zana  se destrozaba en astillas. Al fin quedaron en las manos de Alfamhuí tan sólo los zapatos los zapatos color corinto. Los tiró al montón de astillas y respiró hondo, apoyándose en la pared. Un sereno venía corriendo y gritó:

      -¡Eh, ¿qué jaleo es ese?

Alfanhuí dijo apenas:

      -Nada, yo.

El sereno vio los restos de don Zana, esparcidos por el suel.

– ¿Qué es eso?

– Ya lo ve. Astillas y trapos.

Dijo Alfanhí, mientras los empujaba, como distraído, hasta la boca de la alcantarilla.

*Miguel Díez R, el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

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