*Miguel Díez R. para Prensa Social

El poema Ítaca de Cavafis, una de las joyas de la poesía universal, es iluminador y menos sencillo de lo que aparentemente parece. 

Tiene como referente el mítico viaje de Odiseo (Ulises): el camino por un mar «espumoso, del color del vino» (curiosamente en toda la Odisea nunca aparece el color azul, ni en otros textos griegos clásicos; los eruditos intentan explicarlo) en el que, «el viento hincha la vela y las purpúreas olas resuenan a los lados de la quilla», un mar plagado de dificultades: naufragios, furia del dios marítimo Poseidón, los Cicones, los Lotófagos, Polifemo en la isla de los Cíclopes, Circe, Calipso, las tentadoras sirenas y sus cautivadores cantos, Escila y Caribdis, el campo de Asfódelos, las cavernas del Hades, …Todo se conjura contra Ulises y los suyos en este periplo por el mar o ponto como lo llama Homeroun mar no tranquilo, sereno y luminoso sino un mar infinito, violento y caótico, de tal modo que Ulises tardó diez años en arribar a su isla, su reino, y su familia: Ítaca.

Sin embargo, en el poema de Cavafis, Ítaca es un símbolo del destino final de un largo camino que es la vida misma (navigatio vitae), y lo verdaderamente importante, lo maravilloso no es la llegada a ese final del camino, sino el viaje en sí mismo como forma de conocimiento, de sabiduría y enriquecimiento personal.

Ítaca, la impulsora y la razón del viaje, adquiere un nuevo significado, no como un lugar concreto, que nada puede ofrecer salvo la visión de un hermoso atardecer, sino como un cúmulo de experiencias (“las Ítacas») que el viajero ha recibido a lo largo de la travesía de ese viaje, símbolo de la misma vida, la de cada uno de nosotros, y nunca se debe olvidar la meta, el final, pero sabiendo disfrutar y enriquecernos del recorrido, distinto para cada uno, pero siempre el verdadero secreto de nuestro breve tránsito por este mundo.

Como Ulises todos queremos algunas cosas: volver a nuestra niñez («la niñez es la patria perdida del hombre«, Rilke) a nuestra casa, el lugar donde nacimos, las mujeres y amigos que amamos…Por esta razón Ítaca es la mejor metáfora de aquellas cosas que nunca dejaremos de buscar desde el mismo origen, desde el principio hasta el destino final.

El camino no es fácil como no lo fue para Ulises. Los enemigos (Cíclopes, Lestrigones y el fiero Poseidón) acecharán por doquier, pero los peligros solo serán invencibles si los «estibamos», los alentamos dentro de nosotros: son los demonios interiores que únicamente la visión larga e ilusionante del destino final (Ítaca), podrá vencerlos o. por los menos, domeñarlos.

Cuando salgas en tu viaja hacia Ítaca,

haz votos para que el camino te sea largo,

lleno de aventuras, lleno de conocimientos.

A Lestrigones y a Cíclopes,

al iracundo Poseidón no temas

jamás se cruzarán en tu camino,

si tu pensamiento permanece elevado, si refinada

emoción guía tu espíritu y tu cuerpo.

Jamás encontrarás a Lestrigones

ni a Cíclopes, ni al salvaje Poseidón

si no los estibas dentro de tu alma,

 si tu alma no los planta ante ti.

Haz votos para que el viaje te sea largo.

Que sean numerosas las mañanas estivales

en las que con felicidad y con alegría,

 arribes a puertos nunca antes vistos.

Que te detengas en bazares fenicios

y que adquieras buenas mercancías,

perlas y corales, ámbares y ébanos;

gasta tanto cuanto puedas 

en voluptuosos y delicados perfumes.

Irás a muchas ciudades egipcias  

a conocer y a aprender con avidez de los sabios.

Y siempre en tu mente tendrás a Ítaca,

porque llegar a ella es tu destino,

pero por nada apresures tu viaje.

Mejor es que dure largos años

y, anciano ya, fondees en la isla,

rico con cuanto ganaste en el camino,

sin esperar que Ítaca te enriqueciera.

Ítaca te regaló un maravilloso viaje.

Sin ella no te habrías puesto en camino,

pero ya nada más puede ofrecerte. 

Aunque la encuentres muy pobre, Ítaca no te engañó.

Ahora, sabio y rico en experiencias, 

ya comprenderás lo que significan las Ítacas.

(Versión muy libre y personal, sin pretensión filológica alguna)

*Miguel Díez R., el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

Fragmento del libro en preparación: Los Mares y Nuestro Mar

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