Jardín Umbrío y el relato «El miedo» de don Ramón del Valle-Inclán (III)

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*Miguel Díez R. para Prensa Social Díez R. 

En 1903 publica Valle-Inclán un libro de cuentos titulado Jardín umbrío que en sucesivas ediciones irá ampliando el número de relatos hasta llegar a la reedición completa y definitiva en 1920. El título es una expresión familiar de la literatura decadente-modernista de fin de siglo, que sugiere, estéticamente, algo secreto, sombrío, lejano y fantástico, y que pertenecen a la órbita de voces usadas frecuentemente por Valle-Inclán como vago, oscuro, misterioso, lejano, etc., de clara filiación simbolista. Es muy frecuente en las obras de la primera época de don Ramón las referencias al «jardín viejo y umbrío«, «silencioso«, «misterioso«, «oscuro«, «sugestivo y evocador«.

Eliane Lavaud-Fage, refiriéndose a las propias palabras de Valle-Inclán en el prólogo de Jardín umbrío, escribe:

«Los cuentos permanecieron en la memoria del autor, como las hojas secas que, en otoño, tapizan los senderos de los jardines abandonados y umbríos. En efecto, las sombras alcanzan un protagonismo esencial. No estamos en esos jardines en los que el sol hace resplandecer la alegría de los colores y de la vida. La felicidad y, más concretamente, el amor, no tienen cabida en estos cuentos que evocan preferentemente todo lo sombrío, lo desconocido, el misterio que a la vez aterra y atrae al hombre»

En una breve nota preliminar, el escritor gallego declara que Micaela la Galana, una vieja doncella de su abuela, le contaba cuando él era niño «historias de santos, de almas en pena, de duendes y de ladrones. Ahora yo cuento lo que ella me contaba […] Aquellas historias de un misterio candoroso y trágico, me asustaron de noche durante los años de mi infancia y por eso no las he olvidado». Y también su hijo Carlos del Valle-Inclán habla del ambiente que su padre vivió de pequeño en el valle de Salnés:

«Ciegos con lazarillos, cargados de alforjas y seguidos de un can, recorren este valle cuajado de leyendas. Las gentes tienen una fe ingenua. Se santiguan ante los cruceros. Son sencillas, reservadas, temen el mal de ojo y afirman agüeros y hechicerías. Por las noches de invierno, junto a las lareiras, mientras entra el viento por la chimenea, viejos y rapaces rinden comento a las brujas y almas en pena. En este valle de Salnés y ante este mar de la Arosa, en este ambiente de misterio y leyenda, pasa Valle-Inclán la niñez. Sus ojos se abren a la luz entre brumas y lluvias, y lo primero que oye son historias de trasgos y aparecidos» 

En varios de los títulos de Jardín umbrío, particularmente en los cuentos de ambiente gallego, se adivina fácilmente ese mundo oral popular -a veces real, otras imaginado o más bien presentido- de las viejas historias contadas que tanto atraían a don Ramón. Sin embargo, conviene dejar muy claro que todas las historias, incluso las que más se acercan a la tradición oral, son marcadamente literarias, al pasar ineludiblemente por una voluntad de estilo tan poderosa como la de Valle-Inclán. Serán, por tanto, cuentos de procedencia o con presencias más o menos populares, pero reelaborados con absoluta libertad y escritos con esmerado cuidado literario, aunque, eso sí, continuamente se tenga la impresión de que el autor desea que nunca se olvide del todo el carácter oral.

Jardín umbrío es un libro de cuentos gallegos de misterio, superstición y de violencia. Con muy pocas excepciones, las narraciones se desarrollan o ambientan directamente en Galicia y están de tal manera impregnadas de su paisaje, tipos, lengua, costumbres y misterios, que es la Galicia mítica y ancestral la verdadera protagonista del libro, como lo es de las demás obras de nuestro autor que forman el ciclo galaico.

El paisaje no es el de la Galicia marinera, la de la abrupta «Costa da Morte» o la suave de las rías y valles de ribera; es, como dijo G. Díaz-Plaja, «la tierra sobresaltada de montes», la de los pazos y jardines señoriales y misteriosos con sus capillas húmedas y tenebrosas, la de los molinos con «el rumor de la corriente aprisionada en los viejos dornajos», las viejas iglesias y rectorales, los hondos caminos rurales; la de las masas oscuras de los carballos, «la soledad del campo, aterido por la invernada» y los horizontes altos de brezos, tojos y linares.

Por este paisaje gallego desfilan abades y capellanes de «ojos enfoscados y parduscos como de alimaña montés», muchachas delicadas e inocentes; condesas de rancios linajes, mayorazgos y escribanos; servidores, labriegos, pastores y mendigos; bandidos y conspiradores; mozos mordidos por el lobo rabiosos, mujeres poseídas por el Enemigo, saludadoras y adivinas; y mujerucas «tocadas sus cabezas con los mantelos, rezando en la sombra del muro».

En cuanto a la lengua, también el castellano está salpicado de galleguismos léxicos y sintácticos que le confieren un carácter arcaizante o, como el propio Valle entendía: El sentido labriego de la fabla antigua”: (agora, mismamente, nos, arrenegado, escura, neno, aturujo, barullar, un anochecido, salíme un momento hace..)Unamuno decía que “lo galaico va en el ritmo, en la marcha ondulatoria y, a veces como oceánica de su prosa”, a lo que también contribuye los abundantes topónimos gallegos que no sólo pretenden determinar concretamente un lugar, sino que, además de ayudar a configurar el tono galaico general, buscan la cadencia, la sonoridad y la eufonía: (Las Gándaras de Barbanza, Bradomín, Barbanzón, San Rosendo de Gondar, Céltigos, Santa Baya de Cristamilde…). Lo mismo sucede con los antropónimos que rezuman sonoridades gallegas y que, como en el caso de los topónimos, se repiten insistentemente en muchas de las obras de Valle-Inclán: (Serenín de Bretal, Milón de la Arnoya, Micaela la Galana, Don Manuel Bermúdez y Bolaño, Doña Soledad Amarante, Pedro Aguiar de Tor…)

En Jardín umbrío se hacen continuas referencias a las costumbres y modos de vida gallegos: las murgas y mascaradas de las fiestas del antroido (carnaval), los cantos populares de Nochebuena al son de las conchas y los panderos, los velatorios de difuntos, “el chocleo de las madreñas en las escaleras del patín”, las viejas hilando los copos, el pan de borona, el vino agrio y fresco de la propia cosecha, el cuenco de la leche presa y las rubias filloas.

En cuanto a la Galicia trágica y misteriosa, se puede afirmar que a este libro de Valle-Inclán, plagado de escenas dramáticas y escalofriantes, conjuros y supersticiones, ambientes tenebrosos y de oscuros presagios, le corresponde muy de lleno lo que, con acierto y maestría, escribió Azorín de nuestro autor:

¡Teño medo d´unha cousa que vive e que non se ve!”-exclamaba Rosalía- y la originalidad, la honda, la fuerte originalidad de Valle-Inclán consiste en haber traído al arte esta sensación de la Galicia triste y trágica, este “algo que vive y que no se ve”, esta difusa aprensión por la muerte, este siniestro presentir de la tragedia que se avecina, esta vaguedad, este misterio de los palacios centenarios y de las abruptas soledades.

“¡Teño medo d´unha cousa que vive e que non se ve!”. Toda la obra de Valle-Inclán está ya condensada en esta frase de Rosalía: “Non se ve…”, no se ve el dolor que nos cerca; no se ve el drama que está en suspenso en el aire; no se ve la muerte, la escondida e inexorable muerte, que nos anuncia el peregrino que llega a nuestra puerta, como en el siglo XII, o el can que aúlla lastimeramente de noche 

La edición definitiva de Jardín umbrío (1920) recoge exactamente tres novelas cortas o cuentos largos (“Rosarito”, “Beatriz” y “Mi hermana Antonia”): dos escenas dramatizadas (“Tragedia de ensueño” y “Comedia de ensueño”) y doce cuentos (“Juan Quinto”, “La adoración de los Reyes”, “El miedo”, “Un cabacilla”, “La misa de San Electus”, “El rey de la máscara”, “Del misterio”, “A media noche”, “Mi bisabuelo”, “Milón de Arnoya”, “Un ejemplo” y “Nochebuena”).

Las tres novelas cortas son, seguramente, las mejores que escribió Valle-Inclán, de lo que parece que era consciente el propio autor al seleccionarlas, entre las anteriormente publicadas, para incluirlas en esta última edición de sus cuentos, además de otro motivo: el de estar ambientadas en Galicia como casi todas las demás historias de este libro.

Las tres narraciones presentan varias características comunes. Además de desarrollarse en Galicia, como ya se ha apuntado, el asunto es parecido, las protagonistas son jóvenes y bellas muchachas de clase alta -cuyos nombres aparecen en los títulos- que serán víctimas inocentes de un sortilegio o embrujamiento del poder egoísta y perverso masculino que las arrastrará fatalmente a un amor destructor y trágico, con referencias a lo diabólico o satánico. Son historias fantásticas, entroncadas en las viejas supersticiones galaicas, como el hechizo de la manzana reineta, el gato negro y los exorcismos. Otro aspecto común a las tres novelas cortas, y que hay que extender a los demás títulos de Jardín umbrío, es el extraordinario cuidado formal con que están escritas y en el que vamos a detenernos.

Como ya he indicado anteriormente, en la primera etapa de su producción literaria Valle-Inclán es dueño y señor de una prosa modernista, poética y estilizada, volcada sobre sí misma, en la que destacan el uso acertado del lenguaje figurado, la adjetivación enumerativa y la expresividad de las comparaciones e imágenes. Pero lo más sorprendente de su estilo es la musicalidad y el ritmo armónico conseguido. Ya Manuel Murguía, en el prólogo a Femeninas (1985) hablaba de una “prosa encadenada, blanda, cadenciosa, radiante de luz; por esencia descriptiva y a la cual sólo falta la rima”; y William L. Fichter afirma que “la selección de ciertas palabras, la disposición de los adjetivos, la distribución de las cláusulas y de las series de adjetivos, sustantivos y veros, se deben a una intención de efectos melódicos”El duro y bronco idioma castellano se ablanda y se convierte en inusualmente melodioso y dulce -incluso lánguido- gracias a la sensibilidad lingüística, a la musicalidad y al ritmo, propios de la lengua gallega que Valle supo insuflarle.

“Tragedia de ensueño” y “Comedia de ensueño”, aunque participan de muchos rasgos de los cuentos fantásticos o de misterio, son piezas dialogadas y no narrativas que pertenecen, por tanto, al género dramático y se adscriben a un tipo de teatro poético-simbolista muy de moda en la Europa finisecular. Las dos escenas transcurren en ambientes, tiempos y lugares no especificados, un tanto etéreos, ajenos, desde luego, a la inmediata realidad del lector, con una intención claramente simbolista. Es la suya una estética de matiz y sugerencia, de atmósfera y ambiente, de detalles cuidadosamente elaborados, basado todo ello en el misterio. 

Los doce restantes cuentos de Jardín umbrío tratan variados temas, aunque unificados por su relación con el mundo gallego. Hay cuentos predominantemente costumbristas; de ocultismo, almas en pena y endemoniados; cuentos sobre el miedo, el misterio y sobre asesinatos en distintas circunstancias; cuentos de ladrones y bandidos e ingenuas leyendas religiosas; cuentos, en fin, sobre la crueldad, la justicia primitiva y elemental o sobre las burlas maliciosas populares. Todos están escritos en pasado y, en cuanto al punto de vista narrativo, predomina la apariencia autobiográfica en primera persona. Como muy bien resume. Eliane Lavaud-Fage:

“Los relatos de Jardín umbrío poseen el tono oral compuesto y estilizado en el cual reside en gran parte el arte del cuento: todo se dice, no sólo los acontecimientos, sino también el decorado, las emociones, los rostros e incluso las ideas. Efectivamente, uno puede contar de viva voz cualquier relato de Jardín umbrío, casi sin quitarle ningún aderezo. Dichos cuentos poseen a su vez la frescura de la creación original recién acabada, como si la voz del narrador vibrase todavía, y un perfume tradicional y familiar”

                                                                                                     El miedo

El cuento titulado “El miedo” se publicó por primera vez el 27 de enero de 1902 en el periódico El Imparcial. Valle-Inclán lo incluyó, apenas sin variantes, en todas las ediciones de los Jardines (Jardín umbrío y Jardín novelesco) hasta la última de 1920. Además fue pródigamente reproducido en numerosos periódicos y revistas de la época. Si contamos la inclusión del cuento en Flores de almendro, una cuidada e importante recopilación de todas las novelas cortas y los cuentos publicados en libro, realizada por Juan B. Bergua en 1936, dos meses después de la muerte de don Ramón, pero que había merecido su visto bueno, “El miedo” fue editado veinte veces en vida de Valle-Inclán. 

La mayoría de los cuentos de Jardin umbrío se presentan en una forma narrativa que participa de los rasgos estructurales de lo que conoce como Memorias: relatos con presencia del narrador, escritos en primera persona, aunque esto no signifique que sea una persona pura, es decir el propio autor, puesto que ese yo es tan inventado como cualquier otro personaje de ficción. Es este el tipo más corriente de narración, la narración a posteriori, es decir, relatos que miran el pasado a partir del presente. Esto sucede en “El miedo”: la narración de un suceso pasado contada en primera persona por un yo ficticio desde una larga distancia temporal y espacial. Cuando el que narra es el propio protagonista de la fábula, como en el cuento que nos ocupa, nos encontramos con lo que en narratología se conoce como un relato autodiegético. Y hay que resaltar que en nuestro caso la participación del protagonista es continua y fundamental en el relato y que todo el suceso se focaliza únicamente a través de sus ojos.

La acción se desarrolla según el esquema clásico de presentación, nudo y desenlace. La presentación o introducción, muy breve, ocupa la mitad del primer párrafo, y es una declaración del anciano yo narrador-protagonista previa a los hechos que se van a narrar. El nudo, la parte central y la mas extensa, cuenta el incidente que provoca el pánico al protagonista, origen del título del cuento, durante su vigilia en la capilla del pazo solariego. En la página y media final, sobreviene el desenlace: el conflicto se resuelve drásticamente protagonizado por la figura, llena de empaque y autoridad, del Prior de Brandeso. Una breve conclusión pone término final al cuento; se trata de la reflexión moral del narrador-protagonista con una referencia a la muerte que enlaza con la introducción y configura el carácter circular o cerrado del relato.

Destaca en “El miedo” la cuidadosa y morosa presentación de la escenografía en la que se va a desarrollar la acción: la capilla del pazo de Brandeso, con el retablo, el sepulcro y la lámpara, descritos con prosa recamada en un juego de luces y colores, de joyeles, de túnicas bordadas de oro, de áureos racimos muy al gusto decorativista parnasiano y que se contraponen a las sombras ambientales del recinto. Las sensaciones auditivas y visuales cobran singular relieve, especialmente aquellas que van a servir para conseguir una atmósfera de misterio, tétrica y sobrecogedora en aquel ambiente húmedo y crepuscular de la capilla tenebrosa y resonante, apenas iluminada por la luz de la lámpara (elemento varias veces recurrente), los rezos que resonaban hondos y tristes, los murmullos, los suspiros, el viento que mecía la cortina de un alto ventanal, la luz de la luna pálida y sobrenatural…

Esta ambientación crepuscular es una preparación previa, magistral y cuidadosamente elaborada y recreada, para sumergir al lector en un escenario propicio a la aparición de fenómenos inexplicables en el desarrollo y posterior desenlace de los acontecimientos; ambientación que se rompe hacia la mitad del cuento, en el instante preciso en que suenan los gritos de las niñas en la capilla y el protagonista se despierta sobresaltado.

Tres son los personajes del relato. El protagonista, futuro granadero del rey, es muy joven -apenas le apuntaba el bozo- y aparece parco en palabras, sumiso y obediente, inexperto, inseguro, temeroso y cobarde. Como ya hemos indicado es, al mismo tiempo, el narrador de la historia que, desde la vejez, refiere un suceso que se le ha quedado indeleblemente grabado. Aquel hecho y las rotundas palabras finales del Prior, siempre presentes, le sirvieron para nunca más sentir miedo y sonreír a la muerte como a una mujer en su larga y valerosa vida de militar.

La madre del protagonista, la señora del pazo, es apenas sugerida mediante breves pinceladas más narrativas que descriptivas, pero que manifiestan una personalidad fuerte y segura que, sin la presencia del marido supuestamente difunto, dirige y decide el futuro de su hijo, organiza su confesión, se muestra muy piadosa y, en definitiva, desencadena los hechos que provocan el terror del protagonista. Las niñas son personajes desdibujados con una función simplemente decorativa -como las rosas que han recogido en el jardín para adornar el altar- con sus vestidos albos, sus sombras blancas, sus cabelleras sueltas. En el momento crucial del relato estos personajes, la madre y las niñas, desaparecerán de la escena para dejar solo al joven protagonista, sobrecogido por el horror y el miedo.

El tercer personaje es el Prior de Brandeso, una especie de monje-soldado en el que, frente a la cobardía y el miedo del futuro granadero, se evidencian la autoridad y el poder del mundo eclesiástico y la impasibilidad y firmeza del militar ante una situación terrorífica -había sido Granadero del Rey en sus años juveniles. Uno de los aciertos del cuento es la magistral irrupción del Prior, su presentación y su actuación. Impresiona la figura segura y llena de empaque, rodeado de sus lebreles; con el vuelo de sus hábitos talares blancos. La voz grave y solemne, los gestos decididos e intransigentes, dinamizan la acción y la precipitan rápidamente hasta el obligado enfrentamiento del joven protagonista con la pavorosa situación. La reacción de este y las palabras tajantes del inflexible clérigo ponen punto final a la escena. Se trata, pues, de una figura poderosa que llena con toda su fuerza la escena y la dota de un dinamismo que contrasta con la situación anterior más estática El componente dialógico, la rapidez de la acción y la tensión explican el tono fuertemente dramático de esta última parte de “El miedo”.

El cuento “El miedo” participa de la voluntad de estilo característica de cualquier obra literaria de Valle-Inclán. Hay, por lo tanto, un cuidado estilístico que se percibe desde el comienzo hasta el punto final, pero no se aprecia, tanto como en otras obras de esta primera etapa, la preeminencia formal sobre la fábula contada. Prima aquí la historia en sí, y el estilo únicamente pretende potenciarla, estar al servicio de ella. La descripción de la capilla, -el lugar, el ambiente y el momento- está, como ya hemos indicado, literariamente muy cuidada, pero como una preparación de la escenografía para enmarcar en ella la situación dramática posterior, es decir, en función del desenlace del cuento, mucho más directo y efectivo.

En el conjunto de la narración predominan las frases cortas, y en el uso de las figuras retóricas se distinguen varios símiles o comparaciones (“labrado como joyel de reyes”; “que parece al mensajero de la muerte”; “albos como el lino de los paños litúrgicos”; “las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas”), alguna metáfora (“la luz de la lámpara…tenía el tímido aleteo de pájaro prisionero”), personificaciones (“la tarde agonizaba”; “una sombra que rezaba”) y el uso muy abundante del grupo binario de adjetivos (“la faz de la luna, pálida y sobrenatural…”; “Una voz grave y eclesiástica”; “La voz …trémula y asustada”; “Arrogante y erguido”; “El hueco, negro y frío”;. “Hueco y liviano son”; “árida y amarillenta calavera”). Curiosamente el uso del triple adjetivo, tan característico del estilo de Valle, en este cuento sólo se aprecia en tres ejemplos (“los lados del rostro iguales, tristes y nazarenas”; “La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante”; “Los rezos resonaban…hondos tristes y augustos”).

“El miedo” es una narración que manifiesta las características propias de todo buen cuento literario: la concentración e intensidad, la tensión, la unidad de efecto de la que hablaba Poe y el contundente golpe final. Está considerado como uno de los mejores y más famosos cuentos de su autor y por esta razón ha sido incluido frecuentemente en las antologías de la obra de Valle-Inclán y en las principales selecciones de relatos españoles del siglo XX.

     Ramón del Valle-Inclan,   Jardín umbrío. Historias de santos, de almas en pena, de duendes y ladrones. EdicMiguel Díez R.,Madrid, Espasa Calpe, 1994

*Miguel Díez R, el Viejo Profesor, es licenciado en Teología, Filosofía y Filología Hispánica (Especialidad Literatura Hispánica).

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