Las letras amables del escritor Juan Carlos Chandro

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Juan Carlos Chandro y su hijo Samuel en una presentación literaria.

Juan Carlos Chandro lleva a La Rioja por bandera y a su pueblo en el corazón con el orgullo de la pertenencia. Su mundo gira en torno a las letras infantiles; especialmente, las de su Samuel.

Juan Carlos Chandro (Ausejo, La Rioja, 1963), licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza, es escritor infantil y juvenil de éxito desde hace más de dos décadas. Entre sus obras se cuentan treinta y seis libros; y entre éstos cabe citar: ‘Un sueño redondo’ (Premio de Literatura Infantil Ilustrada Tombatossals), ‘El huevo más famoso de la ciudad’, ‘Paquito y Paquete’, ‘Te quiero un montón’, ‘Los besos mágicos’, ‘Las canciones mágicas’, ‘Runrún cataplum’, ‘Una niñera de cuidado’, ‘Maripuzzle la destrozona’, ‘Rosa está hecha un lío’, ‘El cumpleaños de Rosa (y de Victoria)’, ‘Rosa contra los guarrocacas’, ‘Tú eres mi héroe’. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y actualmente compagina su actividad como escritor con su trabajo de traductor.

Juan Carlos Chandro
Juan Carlos Chandro, en una foto reciente.

Prensa Social: «Siendo nieto de labradores, me sentía formando parte de la aristocracia». ¡Qué verdad y qué honor poder decir esto!
Juan Carlos Chandro: Sí. Mis abuelos eran dos hombres queridos y respetados en el pueblo. Eso hizo que, desde bien pequeño, me sintiera formando parte de la aristocracia. De la aristocracia de la buena gente. «Nos no venimos de reyes, que reyes vienen de nos», reza el escudo de Corera [pueblo cercano a Ausejo]. Seguro que es así.

PS: Máximo Chandro y Pío Ramírez: de los dos se siente orgulloso. Ser parte de una familia y estar orgulloso de los que nos preceden es una talismán que nos acompaña siempre. ¿Le marcó alguno de sus familiares a la hora de romper a escribir?
J.C.C.: En mi familia siempre ha habido buenos contadores de buenas historias, y a mí me gustaba oírlas. Cuando te gusta oír buenas historias, acaba por gustarte contarlas, luego pasas a mejorarlas… y de ahí a crearlas sólo hay un paso.

PS: ¿Qué recuerdos le trae Ausejo, su villa natal?
J.C.C.: Viví en Ausejo hasta los 14 años, cuando me fui a estudiar. Tengo tantos recuerdos de mis primeros años, que sería imposible enumerarlos, pero pueden resumirse en uno: el recuerdo de una infancia feliz.

PS: Lleva a gala La Rioja, donde nació y pace. ¿Es tan cómodo vivir en una ciudad pequeña como Logroño o prefiere el bullicio de ese Madrid, donde vivió unos años?
J.C.C.: Prefiero no pensar en lo que me pierdo por no vivir en Madrid y disfrutar de lo que he ganado viniendo a vivir a Logroño.

PS: ¿Cómo fueron sus comienzos?
J.C.C.: Empecé en la Literatura Infantil un poco por casualidad. En 1999, entre otras cosas, escribía guiones de humor gráfico para el dibujante Guillermo Ferreira y, como siempre me ha interesado el mundo de la infancia, un día decidimos escribir un cuento para niños utilizando las técnicas del humor gráfico para que las ilustraciones fueran tan divertidas como el texto. Así nació Paquito y Paquete. El hecho de que me lo publicaran enseguida y que gustara mucho, me animó a seguir por esa vía.

PS: ¿Por qué escribe para niños?
J.C.C.: Me siento muy a gusto escribiendo para niños porque compartimos gustos literarios.
Cuando los niños empiezan a dominar el lenguaje, les encanta jugar con las palabras, esas herramientas que acaban de adquirir. A mí también me encantan las palabras.
A los niños les gusta el humor absurdo, a mí también.
A ellos les gusta la imaginación y la fantasía, a mí también.
Además, los niños tienen una lógica implacable, todavía no alterada por los prejuicios, gracias a la cual muchas veces ponen en evidencia los comportamientos ilógicos de los adultos, y a mí me divierte jugar con este recurso.

PS: ¿Qué hacían los niños que hoy se pierden con la tecnología?
J.C.C.: Teníamos dos juguetes fantásticos: la imaginación y los amigos. Los mejores juguetes que existen y los más baratos. Cuando no estábamos en la calle jugando con los amigos, estábamos en casa jugando con la imaginación, que en mi caso convertía las cerillas en muñecos, los corchos en barcos y los tapones en naves espaciales.

PS: Se dirige a ellos, pero en estos dos decenios largos ¿considera que ha cambiado su forma de escribir para las nuevas generaciones, o no?
J.C.C.: No. Con los niños ocurre como con los adultos. Las costumbres cambian, pero nuestra esencia es la misma. Por eso a los adultos nos gustan las obras que han sabido tocar esa esencia, sea una película de los años 50 o una novela del siglo XIX. Y a los niños les sigue gustando Caperucita Roja, Pippi Calzaslargas o los libros de Roald Dahl.

PS: De los títulos que ha publicado, ¿cuál les recomienda a nuestros lectores de más edad para iniciar en la lectura a sus nietos?
J.C.C.: Tú eres mi héroe (Barco de Vapor, 2009). Es un libro que les dice a los niños algo que conviene decirles de vez en cuando: que sus vidas están llenas de logros, que constantemente están enfrentándose a sus miedos y venciéndolos, y que esto los equipara con los héroes de ficción que tanto admiran.

PS: Samuel casi no tiene miedo (Bruño, 2017) fue ganador del IV Premio del Libro Ateneo Riojano. También ganó el X Concurso de cuentos infantiles Félix Pardo. ¿Qué otros premios ha recibido?
J.C.C.: Unos cuantos, pero el que más satisfacción me produjo no fue exactamente un premio. En el año 2004, el Gobierno de La Rioja regalaba a cada recién nacido en los hospitales de la Comunidad una canastilla con productos de bebé. Ese año, decidió incluir en cada canastilla un ejemplar de uno de mis cuentos: Te quiero un montón (Bruño, 2016). Me hizo mucha ilusión saber que el primer libro que iban a tener en sus manos todos estos paisanos iba a ser uno de los míos.

La villa de Ausejo (La Rioja), en una vista parcial.

PS: ¿La infancia le marcó tanto como relata? Su maravillosa infancia en Ausejo, entiendo.
J.C.C.: Lo ideal es ser niño en un pueblo y adolescente en una ciudad. Tuve la suerte de lo primero, con la libertad de movimientos y las oportunidades de aventura que eso implica. Fui un niño feliz y eso marca para bien.

PS: Usted escribió:
«Este libro empezó a gestarse hace unos cuarenta años. Cuando era pequeño comencé a fantasear con la idea de que mi cerebro era una gran casa llena de habitaciones. Con una especie de laboratorio, que es la imaginación. Con una mazmorra donde encerraba mis miedos y las cosas en las que no quería pensar. Con una chimenea donde guardaba mis recuerdos más entrañables. Esta fantasía me duró muchos años, y cada vez iba añadiendo más habitaciones, pero mi habitación preferida siempre fue ese cuarto con chimenea en el que me refugiaba cuando las monjas me castigaban en el cuarto oscuro y donde solía meterme cuando me iba a la cama y se apagaba la luz».
Definitivamente su lugar era Ausejo, su luz, su paisaje, los recuerdos de las cuevas, el campo, los viñedos, las champiñoneras… Quizá su imaginación volara en ese entorno tan propio. ¿No lo cree así?
J.C.C.: Quizá. Pero creo que mi imaginación voló más con las historias que mi familia y los amigos de mi familia contaban durante las comidas en las bodegas, que es como aquí llamamos a los merenderos.

PS: Entre sus libros también se encuentra uno titulado Los amigos de los niños para el Hospital Imaginario, esa asociación de voluntarios que cuentan cuentos a los niños ingresados. ¿Nos habla de él?
J.C.C.: Como formo parte de Hospital Imaginario, me encargaron que escribiera un libro para regalárselo a los niños ingresados y que sirviera para dar a conocer la labor de sus voluntarios. El libro cuenta que la Asociación de Amigos de los Niños, formada por los Reyes Magos, Papá Noel, el ratoncito Pérez y diversas hadas y trasgos, se dan cuenta de que hay una laguna en su misión: ninguno de ellos se dedica específicamente a ayudar a los niños cuando están ingresados en un hospital, que es cuando más los necesitan. Y deciden que a ningún niño que esté hospitalizado le falte nunca un libro que leer ni un cuento que escuchar. A tal fin, crean una red de pajes para que vayan contando cuentos y repartiendo libros por los hospitales. El cuento acaba diciendo que, en La Rioja, esos pajes están agrupados en Hospital Imaginario.

PS: En sus obras también caben las adaptaciones teatrales de cuentos que ha escrito. ¿Escribe pensando en ello o es una mera casualidad?
J.C.C.: Nunca escribo pensando en ello, pero me alegro al enterarme de que alguna compañía ha adaptado uno de mis libros al teatro o de que un cuentacuentos ha incluido uno mis cuentos en su repertorio. Y si me pilla a mano, procuro ir a verlos por la curiosidad de ver a mis personajes en tres dimensiones y de ver cómo reaccionan los niños ante mis historias.

PS: ¿Qué quiere aportarles a los niños con sus cuentos?
J.C.C.: Procuro que los libros que escribo reúnan una o varias de las siguientes características:
Que el niño se sienta identificado con los protagonistas.
Que le ayuden a comprender aspectos de sí mismo y del mundo en que vive.
Que sean divertidos, con humor, ingenio, sorpresa…
Que tengan intriga: que al acabar de leer una página sienta ganas de pasar a la siguiente.

PS: Su mejor lector es Samuel. ¿Piensa en él cuando escribe o trata de llevar sus letras a todos los niños que no son Samuel?
J.C.C.: La mayoría de mis libros los escribí antes de que naciera; pero, desde que nació, utilizo lo que aprendo de y con él en mis libros.

PS: Al parecer, un chiste suyo fue impreso en un billete de la ONCE. Cuéntenos cómo fue aquello, por favor.
J.C.C.: En el año 2001, la ONCE quiso rendir homenaje al humor gráfico imprimiendo durante una temporada chistes gráficos en sus cupones. Guillermo Ferreira y yo, que por aquel entonces nos dedicábamos al humor gráfico bajo el nombre de Ferreira y Chandro, fuimos seleccionados para crear el chiste de uno de esos cupones.

PS: ¿Es necesario ilustrar un libro para niños o depende de la edad es éstos y la trama de aquél?
J.C.C.: Para los más pequeños, es recomendable que los libros esté ilustrados; para los más mayores, es preferible que el niño dibuje los personajes y las escenas con su imaginación.

PS: ¿Qué ha encontrado cuando escribe para ellos?
J.C.C.: Mientras escribo libros para ellos, encuentro diversión. Cuando veo que ellos se divierten con mis libros, encuentro una íntima satisfacción.

PS: Dice que escribe para los prelectores. ¿Qué quiere decir?
J.C.C.: Los prelectores son los niños que aún no saben leer. Los cuentos dirigidos a ellos deben tener en cuenta que se los tiene que leer alguien, generalmente sus padres y, por tanto, incorporo en ellos elementos que eviten una lectura monótona, para que los padres tengan que hacer un poco de teatro, imitar sonidos y, a veces, hasta cantar.

PS: ¿Quién disfruta más, el autor o el lector?
J.C.C.: Yo disfruto más como autor que como lector. Ocurre que las ideas son como los hijos: las tuyas siempre te parecen maravillosas. Cuando se me ocurre una buena idea para un cuento, o escribo una frase que me parece brillante, o un párrafo que creo que me ha quedado redondo, experimento un placer con mayúsculas. Cuando leo una frase genial que ha escrito otro o un relato magistral, también experimento placer, pero con minúsculas.

I had a line about my waist. Ilustración para La isla del tesoro, por Robert Louis Stevenson (J M Dent, 1948).
I had a line about my waist. Ilustración para La isla del tesoro, por Robert Louis Stevenson (J M Dent, 1948).

PS: Su historia favorita, dice, es La isla del tesoro. ¿Qué encuentra en ella?
J.C.C.: Le tengo mucho cariño porque es el primer libro que leí. Después de estar muchos años leyendo tebeos, me regalaron La isla del tesoro y me atrapó. Con este libro descubrí que también era divertido leer sin dibujos.

PS: Escribe también para adultos. ¿Es más gratificante, distinto?
J.C.C.: Es distinto. Cuando escribes para niños pequeños, debes renunciar muchas veces a utilizar la palabra exacta porque sabes que ellos no la conocen. Y si leer ya les supone un esfuerzo, procuro no incrementarlo empleando palabras que desconocen. Con los más pequeños, tampoco puedes utilizar recursos como la ironía, el sarcasmo o los juegos de palabras rebuscados. Con los adultos, puedes explayarte a gusto.

PS: ¿Qué tipo de libros son?
J.C.C.: Para adultos, sólo escribo por encargo. Una editorial me encargó hace unos cinco años que escribiera libros recopilatorios de historias. Historias de amistad para regalar a un amigo, historias de abuelas para regalar a una abuela…. Como parece que tuvieron buena acogida, me sigue encargando más y más libros de ese estilo. Creo que ya debo de andar por el duodécimo. Se trata de buscar buenas historias reales y contarlas de una forma amena. La verdad es que me lo paso bien escribiéndolos.

PS: Nos gustaría que les aconsejara a los lectores de Prensa Social qué podrían leer para tener y mantener el hábito de la lectura cuando ya son mayores. Actualmente se lee poco y se ve mucha televisión. ¿Qué tiene que decirles?
J.C.C.: No lo digo yo, lo dicen los neurólogos. Está comprobado que si una persona mayor no hace ejercicio, no se relaciona con los demás y se queda en casa viendo la televisión, lleva el modo de vida perfecto para que su cerebro se deteriore a marchas forzadas. Hacer ejercicio oxigena el cerebro, hablar con los amigos estimula la mente y la lectura es la gimnasia cerebral más completa. Judith S. Beck, una psiquiatra estadounidense, escribió que cuando se habla a la gente como si fuera estúpida, se matan células de su cerebro. Muchos programas de televisión tratan a los espectadores como si fueran tontos. Los buenos escritores se dirigen a lectores inteligentes.

PS: ¿Cómo es Juan Carlos Chandro cuando no es autor de cuentos infantiles y juveniles?
J.C.C.: Como dijo Mark Twain, intento ser de esas personas que, cuando se mueren, hasta el de la funeraria lo siente.

PS: ¿Cuál es el último libro que ha escrito para niños?
J.C.C.: Se titula Superpedo, el más ruidoso de los superhéroes. Esta basado en una fantasía que me acompaña desde la infancia. Como todos, yo también fantaseaba imaginándome que tenía algún superpoder: que era invisible, que era superfuerte… Un día se me ocurrió un curioso superpoder: la facultad de hacer que quien yo quisiera se tirara pedos sin poder evitarlo; y esa fantasía me proporcionó momentos muy agradables. Por ejemplo, si un profesor me castigaba, me imaginaba que le provocaba un descomunal ataque de pedos en medio de la clase y, recreando en mi mente las consecuencias, se me pasaba el enfado. Siempre tuve ganas de escribir un libro sobre ello, pero no lo hice porque temía que, dado el tema, nadie me lo iba a publicar. Al final me decidí. Me lo pasé genial escribiéndolo y los niños que han leído el original se ríen a carcajadas. Ya veremos si alguna editorial se anima a publicarlo.

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