Kim Beek: una figura de maestría, una vida para recordar

0

Kim Beek: cuando la discapacidad rompe el papiro del prejuicio y escribe con tinta de ejemplo y pluma de superación su propia historia de vencimiento.

Retardo mental. Eso fue lo que diagnosticaron a Kim Beek nada más nacer, en 1951. Retardo mental, una discapacidad frente a la que los médicos sólo tuvieron a bien recomendar un ingreso definitivo e inmediato en un centro especializado.

Kim Beek: porque la discapacidad no es sinónimo de fracaso ni abandono, al revés.

Un hijo es un hijo, tenga o no discapacidad. Disfrutar del niño recién parido y acurrucado entre los brazos es una sensación a la que pocas madres se resisten, no importa lo mucho que haya costado traerle a la vida, ni las ominosas advertencias de dificultad perfiladas en el futuro por la detección de una discapacidad.

Tal fue el caso de Kim Beek, cuya familia rehusó categóricamente separarse del pequeño, descartando las palabras poco halagüeñas de los médicos y manteniéndole con ellos hasta el final.

Lo que no pudieron rechazar fue la macrocefalia que Kim Beek padecía, sin embargo, ni el lote de desarrollo físico y mental incompleto que llega sujeto al mismo paquete de la enfermedad.

Un cerebro grande en exceso, desprovisto de cuerpo calloso, y con los hemisferios conectados de forma inusual, propiciaron el diagnóstico médico y poco favorable de Kim Beek, detectándole una enfermedad de salud infantil. Una mente que, no obstante, tardó poco en hacer patente que era extraordinaria.

Así, si bien los padres de Kim Beek nunca dudaron que su hijo fuera especial, enseguida se percataron de que lo era en más de un sentido. Contaba apenas con año y medio de vida cuando demostró que era capaz de memorizar cada uno de los libros que le leían. Una habilidad que levantaba la misma proporción de asombro y desconcierto entre sus padres, que se sintieron desorientados, sin saber cómo gestionarlo.

Kim Beek: una discapacidad fulminante, un cerebro maravilloso, una capacidad superdotada

Ya de joven ganó soltura y práctica en retener por completo el texto de los libros que consultaba o le leían; apenas bastaba una escucha o una ojeada a sus contenidos y ello era suficiente para que los memorizara, sin necesidad de revisarlos ni una sola vez más.

De hecho, sólo tenía tres años cuando aprendió a consultar el diccionario por su propia cuenta. Una lectura a una palabra y a su significado y ello bastaba para aprender lo leído y definido.

9.000 libros, o más bien su contenido, llegaron a quedar almacenados en su cerebro, o eso se cuenta. Se dice, asimismo, que entre sus capacidades se contaba reseguir las líneas del texto a un ritmo muy veloz, junto a la habilidad de leer simultáneamente las caras de dos páginas abiertas ante él, revisando una con el ojo izquierdo y la otra con el derecho, y todo en apenas 10 segundos.

Con las matemáticas su proeza era otro cantar, uno igual de extraordinario, manifestado en la capacidad de sumar en segundos los números alistados en la columna de un listín telefónico, resolver complejas operaciones matemáticas en un tiempo récord, y controlar la contabilidad total de una empresa sin echar mano de papel o calculadora.

Afectuoso, respetuoso, comprensivo y amante del contacto social, todo aquel que se dirigiera a Kim Peek obtenía una respuesta cariñosa. Un hombre con un cerebro grande y una personalidad aún más grande que, sin embargo, no aprendió a beneficiarse de sus propias capacidades en terrenos alejados de la lectura y el cálculo.

Kim Peek: ser superdotado no lo es todo

Profunda era su discapacidad, que le planteó varios problemas motores a lo largo de su vida, desde el dejar de caminar a los cuatro años hasta la incapacidad de abotonarse la camisa por sí mismo, o anudarse los zapatos, ni siquiera cuando alcanzó la edad adulta.

Conoció la fama, sin embargo. Un reconocimiento popular que, en palabras de su propio padre, ejerció una influencia positiva en su vida, brindándole la oportunidad de disfrutar del contacto con los demás hasta el día de su muerte por una parada cardiorrespiratoria en 2009, cuando apenas contaba con 58 años.

El dicho popular dice que algunos nacen con estrella, y que otros nacen estrellados. Kim Peek fue una de esas personas que vino a demostrar que, de las paradojas humanas, sin embargo, siempre se puede sacar una enseñanza única, una lectura maravillosa: la confirmación de que la discapacidad es poder, poder de superación.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí