La ecolocalización es un sistema sensorial que permite «ver» con el oído en la oscuridad, tratándose de personas con discapacidad. Toda una precisión del oído para orientarse mejor.

La ecolocalización: escuchando hablar al mundo

La vista no es el único sentido a través del cual contemplar el mundo. El tacto toca y mira y analiza, el oído escucha y observa y retiene. Murciélagos, delfines, ballenas, belugas y hasta las personas entrenan el sentido del oído para ver. Es el caso de quienes tienen ceguera o resto visual bajo, planteándose la ecolocalización como un apoyo para realizar sus actividades cotidianas. Conozcamos entonces su ecolocalización.

¿Qué es la ecolocalización?

Aclaremos primero este término: la ecolocalización es un sistema sensorial, consistente en localizar un objeto emitiendo un ruido, recibiendo después su reflexión, lo que en jerga cotidiana llamamos eco. Distancias, tamaño, velocidad, dirección… todo eso vibra en el sonido, se transmite al oído pendiente de información en forma de ondas acústicas, y se vuelca en el cerebro, que lo retiene, discrimina y localiza.

En el mundo animal, la ecolocalización es una herramienta de emisión de clics para crear el mapa de su topografía. Lo que no sorprende, si tenemos en cuenta que los animales tienen diez a la hora de aprovechar los recursos naturales de su medioambiente.

Los murciélagos, que recurren al oído y al sonido para cazar a ciegas insectos voladores, van en cabeza de esta disciplina. Y en el mar, donde las ondas de sonido viajan por el agua, supone una estrategia básica y natural de supervivencia.

«Por ejemplo, el delfín mular o delfín de nariz de botella (Tursiops truncatus), el cetáceo mejor estudiado, se sabe que emite «clics» a frecuencias comprendidas entre los 15 y 130 KHz, mientras que la orca (Orcinus orca) emite «clics» a una frecuencia media de 14 KHz«. (A. W. Ambler, National Audubon Society, 1980). La Teoría de la Evolución de Darwin se confirma una vez más: en la naturaleza sobrevive quien mejor se adapta.

Una sensibilidad sensorial

A los humanos se les da muy bien eso de adaptarse. Con más razón, si les falta alguna capacidad sensorial y en muchos de esos casos no es la fuerza bruta quien les trae el desarrollo y adaptación, sino la habilidad neuronal, una mayor sensibilidad sensorial. De hecho, numerosas gammagrafías cerebrales han demostrado en su estudio que los humanos que ecolocalizan, utilizan la parte del cerebro que procesa la visión, es decir, las áreas relacionadas con la vista, al hacer ecolocalización.

No es un sexto sentido, sino una habilidad. Con paciencia y práctica diaria, los invidentes o personas con resto visual bajo han adiestrado a su cerebro a ecolocalizar. Han aprendido con los oídos lo que les ha sido vetado por una vista no cualificada e incapaz. Lore Thaler, experta en ecolocalización humana e investigadora del departamento de Psicología de la Universidad de Durham (Reino Unido), compartió con OpenMind, la Comunidad del Conocimiento del BBVA, un método de entrenar la ecolocalización en los seres humanos:

«En mi laboratorio entrenamos a personas, por ejemplo, pidiéndoles que realicen una tarea concreta de ecolocalización, como detectar si un objeto está delante de ellos o no, y diciéndoles después si la respuesta era correcta». En suma, es cuestión de cerrar los ojos y taparlos con una venda, si uno ve, para empezar a entrenar el cerebro a ver con los oídos, y suplir así la falta de visión.

¿Qué se necesita para ecolocalizar?

Un oído con el que captar el sonido emitido, principalmente, y un cerebro entrenado en destripar y analizar el sonido recibido. A la lista se suma la boca y las manos o los pies para emitir el sonido, si este no llega de forma natural del exterior.

Por ejemplo, cualquiera sin problemas de audición puede emplear el eco de su propia voz para saber, con las reverberaciones, el tamaño (grande o pequeño) del cubículo o de la estancia o calle donde se halla, o si la habitación donde se encuentra en ese momento está abarrotada o vacía, ruidosa o silenciosa. Y eso, es ecolocalización; básica y simple, sí, pero imperceptible en el día a día por quienes ven.

Por eso, para ecolocalizar bien, no basta con emitir un sonido y sentarse a la espera de la lectura de sus reverberaciones. Se necesita ir más allá, recibir la información de señales activas como el chasquido de la lengua o el chasquido de los dedos, para comenzar a detectar objetos, obstáculos, aberturas, y empezar a ser capaz de orientarse uno con esta habilidad sensorial.

Los invidentes (ciegos totales o gente con resto visual bajo) entrenan su ecolocalización con señales artificiales y orgánicas, hasta el punto de convertir esta habilidad neuronal en uno de los aliados naturales más demandados por las personas con discapacidad visual, en cuanto al modo de captar información del entorno se refiere.

»Las personas invidentes suelen usar señales de eco de determinadas maneras que la mayoría de las personas sin entrenamiento no pueden igualar», destaca a OpenMind Santani Teng, investigador del departamento de Psicología de la Universidad de California (Berkeley, EEUU). Él lo llama «agudeza ecolocalizadora».

La ceguera favorece esta disciplina

Cuanto mayor sea el grado de ceguera, mejor se desarrolla la ecolocalización. Por la sencilla razón de que quien ve, tenderá primero a ver y luego a escuchar, relegando la captación de sonidos a segundo lugar; mientras que quien no ve no tiene más alternativa que ir directo al mensaje de los ruidos, abrir los oídos, mantenerse al acecho en todo momento de toda la información que estos le transmitan, y empezar a partir de ahí a moverse, orientarse, localizar su destino u objetivo.

Los videntes pueden ecolocalizar, sí, pero su cerebro procesa la información de un modo diferente a los invidentes. Para empezar, su ecolocalización se procesa en la corteza motora del movimiento, contrario a los ciegos, que lo digieren en la corteza visual, las áreas de la vista. Y no lo decimos por decir. Científicos de la Universidad Ludwig Maximilian (Múnich) publicaron un estudio con este mismo tema en el Journal of Neuroscience, explorando los espacios cerrados a través de la ecolocalización humana, demostrando con su estudio que el cerebro humano actúa según las condiciones, aunque puede alcanzar el mismo objetivo con mucho trabajo, entrenamiento y constancia.

¿Cómo utilizan los invidentes la ecolocalización?

 Laboratorios y estudios universitarios aparte, a los invidentes les basta con emitir un ruido, usando el bastón blanco, generalmente, para orientarse en función del eco resultante del sonido. Daniel Kish es el ejemplo más famoso de ecolocalización entre los ciegos.

Decir que la ecolocalización es un mero apoyo para los invidentes, es decir poco, muy poco. Va más allá. Supone un refuerzo sonoro, un grado de soltura en su autonomía personal y diaria, una técnica de orientación que aúna fuerzas con su independencia y movilidad.

No, no les ayuda a esquivar ramas o bolardos o pelotitas de papel u otros objetos pequeños, aunque sí les viene muy bien para percibir puertas y árboles y muros vecinos, la abertura cercana de espacios grandes, la velocidad del andar de una persona o un objeto que se acerca rodando, y hasta para detectar a veces vehículos estacionados. Cuanto más grande sea el objeto u obstáculo, mayor honda acústica emite y, por tanto, mejor su ecolocalización.

Mitos fuera

Así, puede decirse que la ecolocalización es dirección: dice si el sonido llega por la derecha o por detrás (como ejemplo, el ruido que viene de la calle paralela, el chirrido de una puerta al abrirse y que se tiene que esquivar, el sonido de la voz de la persona de al lado). Es distancia: notifica a cuántos centímetros o metros está la persona del objeto emisor, de modo que solo quede mover las manos o los pies o el cuerpo entero hacia allí (como ejemplo, el tintineo de una llave al caer). Es espacio aproximado: la entrada de un garaje o de un callejón al doblar la esquina.

Es velocidad: alerta, con ruido, de la rapidez de un objeto al rodar, e incluso si algo se precipita hacia uno (como ejemplo, la pelota con cascabeles que usan los jugadores de golbol o goalball, o el perro que a ladridos o fuertes jadeos se acerca corriendo). Es tamaño: la duración de la reverberación de un objeto al contactar con otro y chocar chiva, si uno está atento, de lo groso o fino o grande que es, cComo ejemplo, una moneda al caer tiene un sonido agudo, tintineante; un cuerpo al derrumbarse, en cambio, levanta un eco sordo, más contundente).

Como ven, aquí no entra ni la magia ni los superpoderes, ni los sextos sentidos ni una excusa para admirar a quienes lo practican. La ecolocalización en personas con discapacidad visual no viene unido automáticamente a la ceguera. Es una cualidad adquirida, no heredada, una habilidad latente que se debe despertar y afinar con la práctica diaria, igual que sucede al aprender un idioma nuevo, o al rehabilitar un miembro atrofiado.

Una cualidad, en suma, que se debe conocer y adiestrar, si es posible, no engordar y alabar. Después de todo, la ecolocalización es una posibilidad autodidacta, no una capacidad de legado; una habilidad que debe levantar apoyo y respaldo, no aplausos ni adulación.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí