La España de la polio

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Hablamos de la covid porque no conocimos la polio, o sí. Esas personas que se vieron presas de ese virus entre los años 45 y 65 arrastraron sus piernas porque no hubo nada para ellos, ni siquiera el mero gesto de considerarlos personas con discapacidad; esas que tantos derechos tienen reconocidos hoy en día.

Si nos remontamos a las noticias que entonces hablaban de esa rara enfermedad, encontramos términos referidos a la parálisis infantil, a la poliomelitis o Heine Medin, pero rara vez supimos qué fue de esas personas afectadas por semejante enfermedad.

Los españoles se vieron contagiados por ese virus de la polio que afectó a una generación tras la posguerra. La vacunación masiva nunca llegó a España y cuando lo hizo, allá por 1964 ya eran muchos los daminificados. Apostar entonces por la vacuna fue un duelo entre el Seguro Obligatorio de Empleados (SEO) y la entonces Dirección General de Sanidad (DGS), algo que nos recuerda a los encontronazos habidos con la gestión de esta pandemia, 55 años después.

Lo que si es indiscutible es que entonces existía una posibilidad: la de vacunarse de forma privada, cuando hoy, gracias al sistema público tenemos acceso a las mismas y las despreciamos y además, entonces no había dinero, por lo cual, fueron muchos, muchísimos los aquejados.

Y de igual forma, lo realmente irrefutable, es que esos afectados por la polio perdieron su niñez, acaso juventud; una vida por crear y una realidad que les truncó muchas de sus esperanzas; ese futuro que en nada se parecía al que habían proyectado.

Reinventarse —como se dice ahora— no era una opción, porque las ayudas para las personas que entonces eran inválidas eran escasas; las consideraciones, apenas eran ciertas y el menosprecio fue una circunstancia con la que tuvieron que convivir, precisamente porque la discapacidad no se contemplaba entonces.

Y entretanto, el devenir: la España que poco a poco emergía y la lucha por salir de los estragos de una guerra y una necesidad que postró a un país más de veinte años. Esos niños pasaron a tener trabajos menores, muchos de ellos, incapacitados de por vida y sin más oportunidades que la de ser minusválidos por la mala pata de haber contraído ese virus; el de la poliomelitis.

Esto que hoy nos parece imposible, hizo que algunas de esas personas se pusieran al mundo por montera y salieran adelante sin sus piernas, solo con muletas, con unos hierros en los que sostenerse y una silla de ruedas— si tenías la suerte de alcanzar a comprarla—.

África fue declarada libre de polio en agosto del año 20 cuando nosotros solo hablábamos de la covi, sin d. Tal vez no nos damos cuenta que gracias a esa pequeña vacuna ingerida por vía oral, millones de niños podrán andar en ese continente y no sumarán al dolor de verse presos de la hambruna, el hecho de arrastrar las piernas por ese virus, no como esos españoles de bien.

Tampoco nos damos cuenta que las vacunas, todas, evitan males mayores, pero eso sí, hablamos de no vacunarnos porque estamos en el primer mundo y podemos elegir; acaso ya no le tenemos miedo a la polio porque nos dan esas gotitas de niños. Qué cosas…

Esas personas siguen entre nosotros, o ya no; esas personas fueron nuestro ejemplo y sobre las que se construyó ese mundo de derechos que ampara a parte de las personas con discapacidad en este país que hoy van en silla de ruedas. Esas personas tenían un nombre que hoy nos hace palidecer. A esas personas les brindo mis letras y toda la admiración. Ellos lucharon por vuestros derechos; esos construyeron un mundo mejor. Ellos, los afectados, no tuvieron plan b y continuaron viviendo. Ellos, pudimos ser nosotros. Vosotros luchasteis por todos los que hoy ya tienen derechos y un espacio reservado para aparcar. Total nada.

Gracias por tu ejemplo de vida, papá.

Requiescat in pacem.

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