La España que no reconocemos

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Nos adentramos con resiliencia —según nos pidió nuestro presidente electo— con una normalidad pasmosa en una España que no reconocemos nuestra, aunque cierto es que ni nosotros mismos sabemos qué es lo que dejamos atrás —en pocos días— hace ya dos años.

Hoy retornamos a aquello que ansiábamos con desvelo en aquellas jornadas entre cuatro paredes durante tantos meses, cuando vimos morir a más de trescientas personas al día. Esos buenos deseos que todos reforzamos con llamadas y videoconferencias sacaron acaso lo mejor de nosotros; acaso esa sensación abrupta que tuvimos cuando todo estaba perdido, y no, realmente tras todo ese tsunami de emociones y dolor, no salimos mejores.

En la España que retorna a esa pasmosa «nueva normalidad» vemos cómo los bares están apagando sus luces a las once de la noche«porque ya no entra nadie». Barras sin apenas pinchos, sin oferta culinaria porque nos hemos acostumbrado a tener unas patatas fritas de bolsa; unas olivas y acaso todo de papel para no contagiarnos.

Porque en estas circunstancias, todo cuanto nos rodea ya nos es ajeno y aquel país de charanga y pandereta no es nada parecido a aquello que considerábamos nuestro. No son las mascarillas, ni el postureo del gel con el que nos frotamos las manos como el tío Gilito; son las otras cosas de la vida las que nos han arrebatado y ya no identificamos como propias; esos intangibles que nos hacía ser españoles de pro.

Y entretanto desdén, pasa la vida y noviembre llega casi a su última quincena dando los coletazos de un otoño, entre el veranillo de San Miguel y el de San Martín, esperando un invierno crudo mientras un volcán se queja porque la madre naturaleza va a su bola, una vez que a todo cerdo le ha llegado su turno. Y de pronto, cuando las tardes aparecen oscuras en torno a las cinco de la tarde, nos damos cuenta que el año que teníamos delante desaparecerá en pocos días y nosotros con él —con las uvas y el champán— como decía esa canción de Mecano; quizá, la única vez que los españoles hacemos algo a la vez…

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Nos adentramos en las tripas de una nación que se hunde entre la pobreza energética, un paro descomunal, sueldos precarios, jóvenes que ni estudian ni trabajan, porque para qué; una tristeza infinita que arrastran nuestros mayores, una clase política que vive ajena a la realidad y un futuro nada halagüeño cuando escuchamos cada jornada que el covi (sin d), vuelve a aparecer en Europa. Porque España, también era otra cosa en otro tiempo pasado —esa que recuerdan los que cumplen más de cinco décadas— que tampoco identifican como propio.

La España que reía y tenía sus costumbres en cualquier rincón recóndito, se ve vaciada no solo de personas, sino también de pareceres; vacía de aquellos ritos y canciones que nos hacían ser únicos, porque en nuestra unidad, rezaba siempre aquello del «yo soy, español, español, español».

Y con tanto desvarío, amanecemos cada día con desgana en una nueva jornada agazapados en una próxima amenaza en forma de sexta ola, esperamos sin duda a que el año de los dos patitos nos dé al menos, paz y algo de seguridad. Y mientras también, nuestros mayores, esos que vivieron entre bombas, pasaron hambre y levantaron a un país, malviven con una pensión indigna y rezan para que el pan de hoy no lo tengan que compartir con sus hijos y nietos que todos, de paso, están en paro.

Atrás se quedaron las fiestas, la juerga y lo que nos hacía ser distintos. Ahora todos hablamos reconociendo quizá, que cualquier tiempo pasado fue necesariamente mejor y ciertamente, nos quedamos esperando en la soledad de nuestra habitación a que una película o una serie de más de media docena de temporadas nos aísle lo suficiente como para no tener que asomarnos más a esa España vaciada que nos da vértigo y no reconocemos ya nuestra. Ahora no nos confinan.

Hoy nos confinamos nosotros mismos porque así no percibimos lo que tenemos delante y de esa forma nos decimos para adentro «sálvese el que pueda».

Para ese viaje no necesitábamos alforjas…

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