*Javier Sánchez-Monge Escardo para Prensa Social

Me dices que lloraste, y que lo hiciste como el niño soldado de 11 años que eras. Gritabas, pero tras el tiroteo tu batallón se esfumó en la jungla, y sabías lo que restaba. Afirmaste que en ese momento toda tu corta vida desfilaba ante tu mente, y que entre esos recuerdos prevalecían esas zambullidas tuyas en el río con tus amigos mientras la cascada se derramaba sobre vuestras cabezas.

Las caricias de tu madre al despertarte, las historias de tu abuela, aquella chavala de la estabas enamorado, y el cacareo de las gallinas por la aldea. Luego la guerra, las interminables marchas por la jungla a la zaga de los jemeres rojos con ese AK-47 que casi pesaba más que tú, y ahora ese resorte, y tras elevar tu pie, la certeza de que no saldrías intacto. Posiblemente la vida, una pierna, las dos, o también los brazos y las piernas. Gritabas, llorabas, y tras tu inconsciencia vino tu despertar sobre los pupitres ensangrentados de una vieja escuela de aldea. Serraron tu muñón emborrachándote para que no lo sintieras, pero si no lo hiciste fue porque perdiste el conocimiento.

Al menos esos antibióticos te salvaron la vida, pero mientras te debatías entre ésta y la muerte, varias veces situaste tu AK-47 bajo tu mentón entre la duda de si seguir aquí hasta que te lo quitaron. Años de tristeza, de trauma, de devastación psíquica, de ese sentimiento de inferioridad que enferma a los amputados separándolos de los demás, pero al menos no lo hiciste Kim, no te reventaste la cabeza con tu fusil, y por eso pudimos ser amigos.

(Dedicado a mi amigo camboyano Kim, hoy activista por los derechos humanos).

Javier Sánchez-Monge es fotoperiodista. Filósofo y activista por los derechos humanos.

Instagram: @javiersanchezmonge

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